Mis Amigos

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Aquellas tormentas de Jaca

Tormenta en jaca:  (años 60)
Una tarde cualquiera de un  día cualquiera de aquellos veranos jaqueses:
Jugaba con  mis hermanos y  varios amigos en el canal; arrojábamos piñas de pino por las ranuras del respiradero que el canal  posee en su paso subterráneo, a la altura del paseo, y rápidamente corríamos para  ver que  piña  salía la primera,  una vez que la acequia a través de su largo conducto oscuro volvía a asomar de nuevo a cielo abierto.
Eran casi las cinco y media de esa tórrida tarde veraniega, soplaba una ligera brisa procedente  de  san Juan de La peña; el cielo se iba tapando;  poco a poco, y  por encima de nuestras cabezas  se espesaba  rápidamente de unos enormes nubarrones negros: Apenas nos dimos cuenta, seguíamos en el inacabable juego de recoger las  piñas del canal una y otra vez,  y volver a lanzarlas de nuevo, cuando repentinamente en unos segundos, el ligero viento se convirtió en una  fuerte corriente de aire,  las nubes se cerraron de golpe  y  comenzaban a caer unos grandes goterones.  
Rápidamente dejamos nuestros juegos navales, salimos corriendo hacia nuestras casas,  las piñas sin nadie que las recogiera y abandonadas a su suerte, siguieron un rumbo incierto; mientras, la tierra del camino comenzó a impregnarse de ese olor tan característico a tierra mojada al recibir  las primeras  gotas de la incipiente tormenta.
Enseguida, ya en nuestra casa y aun empapados un poco por la lluvia,  preparábamos entre todos y rápidamente nuestro particular campamento de visualización de tormentas. (Lo que por aquel entonces era algo impresionante, ver y disfrutar en directo a través de nuestro balcón, una tormenta en directo, pero dándole con nuestra imaginación y fantasía,  el ambiente y el toque especial al  escenario).
Para ello, los mas mayores, Sergio, Jorge y Pablo, con el refuerzo de nuestro padre,(los pequeños,  Queco, Chiqui, Nana y Pico se limitaban a mirar),  montábamos alrededor y de frente al  balcón,  una especie de barricada circular con sillas; luego dos escobas, eran los mástiles sobre los que colocábamos encima de ellas unas mantas a modo de toldos, y las sujetábamos con pinzas de la ropa  a las sillas: así recreábamos con mucha imaginación y toda nuestra fantasía, una gran tienda de campaña en medio del comedor, donde nos apostábamos para ver las tormentas de frente, a través del ventanal del balcón de nuestras casas militares.
Ni que decir tiene que mientras estábamos en pleno zafarrancho de combate, nuestra madre se encargaba de toda la intendencia; recuerdo perfectamente, los bocadillos de chistorra  que nos merendábamos mientras observábamos embobados y pasmados,  a través de los cristales  lo que la  naturaleza nos regalaba;  un espectáculo insuperable, pleno de luces, ruidos y acción constante.
Se veían  llegar nítidas las tormentas: Entonces, la panorámica era total, no  había nada que  impidiera la vista; kilómetros de campos verdes  hasta las montañas mas lejanas, y mucho paisaje enfrente de nuestro balcón. Era nuestra gran pantalla de cine natural, (La televisión aun no había llegado a nuestra civilización)
Los gigantes y recios  chopos de enfrente, apostados a la orilla del canal en su escenario natural y  acunados por el fuerte viento, danzaban a la vez y al mismo son,   armonizados en una espectacular danza sutil enfocada e iluminada por la intermitencia de los relámpagos y acompasada por el resonar del eco sordo y largo de los truenos.
Sentados en el suelo, dentro de la improvisada “tienda de campaña”,  en silencio algunas veces y otras apuntando hacia donde caían los rayos, o señalando las culebrinas que los relámpagos  caprichosamente dibujaban en el cielo pasábamos el resto de la tarde; luego, casi siempre, cuando la tormenta amainaba, y el cielo se abría aun con cierto recelo, y entre la tenue cortina de agua del horizonte, se perfilaba y dibujaba un precioso arco iris  en el cielo como un epilogo final  al espectáculo ofrecido en nuestra gran pantalla; Así, disfrutábamos toda la familia de esa función que la naturaleza  nos regalaba de vez en cuando alguna de las tardes estivales en Jaca;  para mis padres mis hermanos y para mi,  aquellas tormentas veraniegas fueron unas experiencias  inolvidables, compartidas juntos, en unos momentos sublimes también, en un paraje aun hoy  muy especial en nuestros corazones  y en una  época ideal , aquellos años únicos, irrepetibles… los años de nuestra infancia.
 
Hoy en día, cuando observo una tormenta, de vez en cuando, cierro los ojos, abro la cajita de mi memoria y me veo sentado bajo la carpa de aquella tienda de campaña con mis padres y mis hermanos delante de aquel balcón encantado, lleno de sueños mágicos.

 Por eso también éste capítulo lo incluyo, como otro de mis mejores recuerdos de Jaca.
 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

otoño y setas en Jaca


1960: Es otoño en Jaca:

El paisaje comienza a adquirir sus característicos sabores y colores otoñales; Sus montañas se tiñen de matices excepcionales, las últimas lluvias de Septiembre y Octubre han regado y empapado profundamente sus laderas y dejado sus bosques impregnados de la humedad justa para que de su frondosidad retoñen de nuevo las setas y hongos amagados durante el resto de las estaciones del año..
Es el momento ideal para salir a buscar setas: Hasta ese momento, yo con apenas ocho años y pico de edad, no había ido nunca a coger setas; Mi padre y mi hermano Sergio eran los que siempre lo habían hecho y quienes traían a casa cada año cestones inmensos de ellas: casi siempre las recolectaban en la ladera norte de Rapitán, justo cerca de Castiello de Jaca; mi madre las aliñaba y cocinaba con su delicado toque en el vetusto y achacoso fogón de leña de nuestras casas militares.

Recuerdo que mi hermano Sergio me llamó; -¿Tote, quieres venir a buscar setas-? … yo estaba jugando con unas canicas de barro que había comprado el día anterior en “la Casita”, y ni me lo pensé; -¿Dónde me llevas Tate? -¿vamos a la montaña-?, para mi era una aventura y un orgullo salir con mi hermano mayor a la montaña a buscar setas, (por otra parte lo mas lejos que había ido yo por entonces era al rio Aragón cuando íbamos a bañarnos con mis padres y el resto de la familia):

Me puse las botas de agua, pillé una mochila y me subí de paquete en el asiento trasero de nuestra semi-nueva bicicleta azul, (único y por aquél entonces todo un lujo de medio de transporte) mientras mi hermano pedaleaba con soltura y periciaentre las calles de Jaca; pasamos al lado del Gran hotel, luego la carretera de Francia y después hacia el árbol de la Salud… No se hizo muy largo el trayecto: enseguida comenzamos el puerto de Somport y nos adentramos entre montañas; cerca ya de Castiello mi hermano dejó la bicicleta apoyada en una caseta que había al lado de la carretera, cruzamos la carretera hacia la montaña y de pronto nos vimos metidos en un oscuro túnel; apenas se veía la boca de salida del otro lado: yo iba temblando, abría todo lo que podía los ojos, casi se me salían de las órbitas, buscaba la mano de mi hermano a tientas; él iba muy seguro, hablándome de que por allí había animalejos de los que yo nunca había oído hablar, pero que con él, a mi lado no me atacarían… eso me aliviaba, a mi tierna edad imaginaba los mas atroces y raros bichos revoloteando por la caverna, quería atravesar cuanto antes ese túnel con el que no contaba de antemano; además también discurría a nuestro lado aunque sin verlo, tan solo oírlo e intuirlo, el cauce de un rio que ayudaba mas a fantasear mis miedos.

Cuando salimos por la otro boca, de pronto, el paisaje me sobrecogió; entramos en un frondoso bosque de pinos, lleno de musgo y hierba alta; casi no veía donde ponía los pies, estábamos en semipenumbra, no había sendas ni pisadas; seguía las huellas que Sergio aplastaba en la hierba , mientras subíamos la ladera hacia la luz; a veces me tenia que ayudar a subir los repechos que yo no podía superar; por la velocidad que imprimía íbamos directos a un lugar que sólo él conocía, o en el que ya había estado antes, no había duda, ya que ni siquiera miraba, ni por casualidad si nos dejábamos alguna seta atrás, -venga Tote, que ya falta poco-, -un poco mas y ya verás- me decía para animarme.

De pronto llegamos a una parte del monte semiplano, donde el sol entraba con más facilidad, los pinos eran mas desiguales y la vegetación mas escasa… entre la hojarasca del suelo de color parduzca, se adivinaba, lo que a mi se me me antojaban unas manchitas grises oscuras de diferentes tamaños; -quieto, estate quieto- -no pises ahí-, me soltóde golpe… -¿ves?.. Todo eso son setas, y eso, y eso y aquello,- estábamos rodeados de una autentico vergel de setas, todas juntas, todas formando un entramado gris oscuro, y en una cantidad increíble, yo nunca había visto ni me había imaginado algo parecido; creía que las setas se cogían una a una en cada pino, pero nunca en manadas así.

Me enseñó a recolectarlas, -¿ves?- -levanta la hojarasca así, la cortas con cuidado por la base, y la colocas con suavidad en la mochila-; a cada metro que nos movíamos, había otro bosquecillo de setas, era un mina, no había fin, sin duda era un sitio idóneo donde siempre se daban ese tipo de setas y mi hermano y mi padre lo conocían de siempre.

Sin prisa, poco a poco, con mucha paciencia y no menos a satisfacción íbamos llenando y apurando la mochila hasta rebosar; hubiéramos podido llenar tres o cuatro mochilas más si las hubiéramos llevado, estaban a rebosar en ese punto la montaña.

Sin duda ese día y los siguientes, tuvimos setas en nuestro menú diario, y dicho sea de paso, de la manera que las guisaba mi madre, con su toque especial exquisito y el fuego de leña aun tengo el regusto y el sabor en la boca como si hubiera sido ayer mismo…
Así fue como descubrí por primera vez como son las setas en su hábitat, el suave y agradable aroma a monte que deja impregnado en las manos mientras las acaricias al cogerlas, y el encanto y la aventura de atravesar los bosques y descubrirlas de la mano de mi hermano, es por eso que este articulo lo incluyo como uno de mis mas bonitos recuerdo de Jaca.

miércoles, 10 de octubre de 2012

AVENTURA EN ASIESO (1969)

Asieso (actualmente) visto desde Jaca
 
Se nos ocurrió, como casi todo, de repente…  Lorenzo Tato,  amigo, y coleguilla  común,  de Vicente Prieto y  mío, (vivíamos los tres en las  casas militares) tuvo la idea… ¿porqué no hacemos una acampada  cerca del pueblecito de Asieso?   así  experimentamos  que es lo que  se siente al  estar solos en  una  noche oscura sin luna y  en pleno campo, sin mas apoyo ni compañía que nuestros desasosiegos ,nuestros  miedos,  o tal vez…¿con nuestra valentia y  coraje.?
Era una manera de valorar hasta donde seriamos capaces de aguantar… con nuestros recién  quince años, nunca habíamos salido de excursión al campo, ni por supuesto, sabíamos como se montaba una tienda de campaña, y mucho menos jamás habíamos estado al raso completamente solos,   aunque la verdad en ningún momento llegamos a valorar semejante situación... ya veriamos como afrontariamos las situaciones.
Vicente Prieto y Jorge Ochando acampados cerca de Asieso
 Vicente Prieto fue quien suministró la tienda, por aquel entonces tenia mano "ancha" para poder agenciar algunas "pequeñeces"  (para él) del Regimiento (Cuartel de la Victoria), y Lorenzo y yo suministramos los víveres, agenciados de las alacenas de nuestras casas, y a hurtadillas de nuestras madres, no había otra forma de hacerlo, cualquiera les explicaba a nuestras familias lo que pensábamos hacer…
Salimos hacia Asieso a eso de las cinco de la tarde, camino del Rompeolas y dirección al Puente de San Miguel; llenamos las cantimploras en la fuente de debajo del  Rompeolas, agua cristalina y limpia que brotaba de las piedras por  un caño oxidado de aluminio; Vicente portaba la tienda a lomos de su espalda, yo llevaba en una mano un cesto de la compra con víveres (dos medias barras de pan, un trozo de queso, un chorizo pamplonica, dos tortetas de sangre de cerdo  y recuerdo también  dos paquetes de galletas “María”
Lorenzo cargaba unas cañas a modo de lanzas, recién afiladas  y bien puntiagudas , limpias de hojas;   colgado al hombro, (a lo Robín Hood)  un arco de ramas  de fresno, y tres flechas recién hechas esa misma mañana y una navaja de 4 palmos; tenia la convicción, y repetía, muy  seguro de si mismo,  que nos servirían de armas mortíferas contra los posibles bichejos o  lobos si estos osaban acercarse a nuestro campamento… (Siempre, no sé muy bien porqué,  imaginábamos que los habría por esos contornos)

Decidimos acampar cerca de Asieso, en una explanada, cercano a  una arboleda y al lado de una tapia que separaba un huerto de nuestro campamento …  Vicente nos guio mas o menos  en el montaje final de la misma; sobre las ocho y pico de  esa estival, calurosa y agradable tarde, sentados al lado de la tienda,  nos pusimos a contemplar,  extasiados,  todo lo que por allí sucedía…  El murmullo cercano y continuo de las aguas bravas del Aragón, mezclado con los cantos de los grillos y las cigarras, nos  llegaba nítido a nuestro refugio,  también los olores y aromas del campo y de la cercana montaña, se fundían y nos envolvían con su manto prodigioso ;  desde allí podíamos observar a lo lejos,  la  meseta donde esta instalada  Jaca, y en primera fila, nuestras casas militares; -qué valientes somos, vamos a pasar nuestra primera noche fuera de casa, en una tienda de campaña, solos y sin nadie que nos mande-  explicaba Vicente, mientras le seguíamos con nuestras risas Lorenzo y yo…

Jaca desde Asieso (Actualmente)
Contemplamos una preciosa puesta de sol, única porque desde allí jamás la habíamos presenciado; un cielo con alargadas nubes  rasgadas, de color rojo intenso y por momentos tonos sonrosados, que lentamente se iban desintegrando y  apagando  poco a poco;  las sombras iban ganando en intensidad y  el cielo se teñía de pequeñas y luminosas y estrellas …
Aprovechamos esos momentos tan seductores  para hacernos un bocadillo de chorizo pamplonica, mezclado con tortetas y aderezados con un cacho de queso,  entre trago y trago de agua de la cantimplora… las galletas las dejaríamos para el desayuno  antes de volver a nuestras casas,  y hacer el camino más llevadero; las dejamos a un lado de la tienda dentro del cesto a mano por si luego teníamos algún capricho antes de irnos a dormir; la noche se iba echando encima casi sin darnos cuenta, nos quedamos a oscuras.


Esa oscuridad a nuestro alrededor era total y absoluta; No, no había luna (mejor dicho había luna nueva, o sea nada), y la única iluminación eran esas estrellas tintineantes allá arriba, pero que no daban luz,  ni suficiente resplandor para ni siquiera vernos la caras; habíamos traído un par de velas, ni siquiera teníamos dinero para comprar linternas, y no queríamos quedarnos a medianoche sin tener algo con que alumbrarnos, por lo tanto teníamos que aguantar lo máximo de tiempo sin encenderlas, y empezó a entrarnos algo así como un canguelo incontrolado,  que crecía por momentos , pues aunque nos hablábamos y notábamos nuestra propia respiracion entrecortada, y estábamos casi pegados, no llegábamos a vernos y teníamos que darnos la mano a tientas para saber que estábamos los tres allí, “hermanados”… que rabia que a ninguno se nos ocurriera hacer una hoguera, mejor dicho cuando se nos ocurrio fue en aquellos instantes de ansiedad, y no habia forma de ver ni a un paso lo que teniamos delante...





José Manuel Lorenzo y Jorge Ochando en Asieso (1969)

No sé que hora seria, quizá medianoche o antes, empezamos a escuchar sonidos raros mezclados con el cri -cri de los grillos; cerca de los arboles, ramas crujiendo;   hacia arriba;  ecos incongruentes con  los que no estábamos familiarizados…   algo voló por encima nuestro un par de veces;  la segunda vez una sombra grande se hizo patente sobre el cielo estrellado,  las alas hacían un ruido sordo, intermitente,  repetitivo  y lo que fuera o  fuese desgranó un rugido gutural  increíble que nos estremeció… Ni  siquiera nos acordamos del arco ni las lanzas, lo unico que pasó rápidamente por nuetras cabezas, los tres al mismo  tiempo, fué entrar a toda prisa alocados  y atropelladamente en la tienda, uno encima del otro, y gritando sin saber qué… permanecimos así varias horas, nos pareció una eternidad; abrazados muy estrechamente, juntos y lo único que llegábamos a vernos era el blanco de los ojos y el resplandor de nuestras propias pupilas.
El resto de la noche fue un suplicio; las velas habían quedado fuera y ninguno se  atrevió a salir a buscarlas; solo acertamos con algo de paciencia y  a tientas a cerrar la cremallera de la tienda,   y aislarnos de todo lo que se moviera por ahí afuera…esperar a que amaneciera, y que nada entrara en la tienda, pues no sabemos que hubiera pasado.
Los sonidos nocturnos fueron incesantes, creímos escuchar  jadeos de animales muy cerca de la tienda;  mas sonidos de ramas rotas;  ladridos a lo lejos;  el cri-cri continuo, y varios ruidos indeterminados que ya nos daban igual, todo era una sinfonía folclórica que forjaba que la noche se nos hiciese interminable y desde luego, en alerta máxima y sin pegar un ojo; nuestros valores quedaron por los suelos… y nuestro sueños desarbolados… agarrados,  abrazados,  sentados, uno contra el  otro transcurrio el resto de la noche, solo nos dirigiamos la palabra para decir´-¿has escuchado eso?- -creo que es un lobo- -yo creo que es un jabalí-  entre otras frases, todas del mismo estilo.





Jorge Ochando y Vicente Prieto (Asieso 1969)

Al apuntar el alba, con las primeras luces y el inconfundible canto lejano de un gallo de corral,  los ruidos nocturnos  se apagaron.. Solo se escuchaba nítido de nuevo  el murmullo del rio,  y el silencio a nuestro alrededor; bajé la cremallera de la entrada a la tienda poco a poco, mire con mucho sigilo  a derecha e izquierda, arriba y abajo y salí con cautela de la tienda.. lo primero que hice fue evacuar, desde la medianoche me estuve aguantando,  ya casi ni podía ya.

 
Luego miré alrededor de la tienda, me pareció no ver nada raro, las velas estaban ahí, la navaja el cesto todo mas o menos igual;  fue Lorenzo quien dijo –¡¡¡ Hostia!!! Se han “jamao” (comido), las galletas, el chorizo pamplonica, y el trozo de queso que quedó- ¿quién  o qué habrá sido?- ... -nos miramos a los ojos los tres, y solo el silencio como respuesta- (hoy en día, mas de 40 años después,  tengo aun la duda, pues no pudimos ver nada de nada en aquella noche oscura, ni siquiera tengo una hipótesis, pues a la tienda no intentaron entrar ni la tocaron, pero muy  cerca a sólo unos centímetros si estuvieron…!!!) 
 
Tal vez fueran lobos, tal vez jabalies, tal vez perros vagabundos, quien sabe que pudo ser, por la mañana muy temprano de regreso, no nos cruzamos con nadie ni vimos a nadie a quien preguntar, por lo que nos quedó esa incognita para siempre; tambien la experiencia divertida e incierta a la vez,  de algo que nunca habiamos compartido y que nos dejó con ese sabor de boca agridulce a la vez.
Dias y semanas después,  el tema  salia en casi todas nuestras conversaciones.. ahora ya sin ningún miedo y casi alardeando de aquella noche increible..
Fue una aventura que a mi, me quedó grabada en la memoria siempre, por eso la encuadro dentro de mis mejores "Recuerdos de Jaca", y espero que os haya distraído este ratillo;  os doy las gracias por dejarme compartirla tambien con vosotros.
Un recuerdo especial para Vicente Prieto Saturnino  y José Manuel Lorenzo Tato, mis mejores amigos y siempre compañeros de muchas más aventuras vividas juntos,  en las Casas Militares de Jaca.

miércoles, 4 de enero de 2012

INVIERNO DE 1958

Aquel invierno fue muy frio, el  primer recuerdo que me viene a la memoria de ese invierno, data  de mi ingreso en los colegios nacionales en  Enero de 1958, lo recuerdo bien;  Era el primer lunes después de las fiestas Navideñas y después de  Reyes; en el aula de primaria, y alrededor de una vieja estufa cilíndrica de serrín nos congregábamos unos 30 chiquillos con bata azul,  entre siete y ocho años de básica  o de EGB (no recuerdo ahora como se llamaba entonces a esa primera fase docente)
Acababa de aterrizar yo  procedente de las Escuelas de los  Escolapios,  en los que coincidí apenas unos meses con mi hermano Sergio; Fui de la mano de mi padre que me acompañó y me presentó al Director del colegio;  Recuerdo bien al que fue mi primer maestro, (Don Florencio), un señor ya mayor, de pelo  muy canoso y con un expresivo  talante de bonachón, tan  comprensivo, como fraternal con toda aquella chiquillería; con su infinita paciencia, y conocimientos docentes, aprendí con él las primera lecciones de mi vida. Al año siguiente y posteriores, también fue el primer maestro de mis hermanos, Pablo, Gustavo y Alberto

Mas tarde cuando pasé de cursos, y ya estaba en tercero recuerdo me llamaba algunas veces, para que le ayudara a dar repaso de geografía, (mi fuerte) a unos cuantos de sus  peques en algunos de los  ratos en los que yo podía echarle  un capote. (Creo que ha sido la única vez en mi vida que he ejercido de “maestrillo”, y fue para mí, una experiencia muy gratificante y positiva compartir con Don Crescencio aquellos momentos tan especiales) Lo recuerdo siempre con cariño, sobretodo por lo buena persona que fue.

Ese mismo día había amanecido Jaca con un inmaculado manto blanco; estuvo nevando toda la noche y la espesa capa de nieve de unos veinte centímetros había cubierto el paisaje por completo;   los campos tenían un manto reluciente y alisado , la peña Oroel blanqueada y magnánima,  mostraba su  sombra mas gélida,   los glacis me  hacían imaginar inmensos  desiertos blancos,  todo a mi alrededor desde mi infante estatura de siete años se me hacia titánico, caminar y avanzar sobre aquella capa de nieve con mis botas de agua, era toda una proeza, me hundía hasta las rodillas.
En el recreo, conocí a los mejores amigos que he tenido nunca, y con los que estuve compartiendo diferentes cursos y clases, y más tarde también,  algunos años  en el bachillerato en el  instituto Domingo Miral: Recuerdo ahora mismo a  Ernesto Ara, J.Luis Zamborain, Rafael Puyuelo,  Enrique Piedrafita, entre otros muchos mas, con los que además compartí equipo y muchos partidos de futbol los domingos en los glacis, (después de haber asistido invariable  e imperativamente  y muy “devotamente “a la  misa de las doce en la Catedral) ,  y otras muchas actividades que ya iré narrando en otros capítulos.
Aquel  día invernal,  también experimenté (que yo recuerde), los primeros juegos de invierno en el colegio; guerras  de nieve (los mayores contra los más  pequeños) a bolazo limpio, las manos se nos  congelaban al punto que nos hacían llorar, patinaje sobre espejos en el suelo ( largos charcos helados y limpiados de nieve con mucho esmero), había que tomar mucha carrerilla e  impulso y dejarse deslizar manteniendo el equilibrio, pero  siempre llegábamos al extremo opuesto, (sin frenos) , y los topetazos sobre la nieve acababan en humorísticos batacazos y  caídas de todos los calibres;  muñecos de nieve con escoba y nariz  de zanahoria, y trineos improvisados sobre nuestros propios anoraks deslizándonos y bajando las escaleras del colegio hasta la carretera, (entonces apenas había tránsito, algún 600 y poco mas)

Asi era yo cuando estudiaba bachillerato
 ( Jorge Ochando Fernandez )



Fue el primer invierno del que tengo recuerdo fidedigno, y todavía echo de menos aquellos juegos, aquellos amigos y aquellos recuerdos imborrables de mi primer invierno

domingo, 1 de enero de 2012

Nuestro Belen de papel

Otro de los recuerdos que perduran  en mi memoria,   también imborrable y muy sentimental, era el Belén, que  mi hermano Sergio, el mayor,  con su imaginación y fantasía y también con un poco de nuestra ayuda  inventaba y creaba siempre que se acercaba Navidad.
Consistía en montar un bonito decorado a base de musgo (que encontrábamos  en las laderas del paseo de la Cantera), cortezas de pino  con las que improvisaba el pesebre y arenilla de varios colores para construir el camino y los  campos de tierra;  con una tira de  papel de plata  simulaba un riachuelo al lado del portal, donde se añadía un pequeño  puentecillo por donde pasaban los Reyes Magos;  el firmamento era una lamina grande de papel celeste, donde pegaba estrellitas de cinco y seis puntas recortadas  de papel de plata: Al lado del portal, justo encima brillaba con luz propia otra estrella, con una gran estela …
Todas las figuras, desde el Niño Jesús, San José, La Virgen hasta los Reyes Magos, pasando por los pastorcillos, ovejas y  demás habitantes del Belén, eran  siluetas perfectamente coloreadas de papel, recortadas con tanta habilidad como paciencia de aquellos inmortales  recortables que comprábamos por aquellas fechas,  (quiero recordar) en la librería Abad de la calle Mayor de Jaca.
Una vez repartidas  por todo el decorado, y con todas las figuras en su lugar, añadía unas casitas de papel (también recortadas, ensambladas y pegadas con el singular e inolvidable tubito de  Pegamento y Medio). Recortaba la base de las casitas, y le ponía en el interior unas bombillitas para iluminarlas, con lo que al observarlas y en la semi-penumbra,  daban la impresión algo irreal pero original, de que Belén en aquellos tiempos  poseía luz eléctrica.

Era y fue nuestra particular manera de monta r nuestro Belén y duró bastantes años; Aun no conocíamos las figurillas de barro, ni siquiera que existieran. Cada Navidad, mi hermano mayor nos reunía a los otros seis pequeñajos, nos encomendaba las tareas que nos tocaba  a cada uno, y esos días los pasábamos en grande recortando, pegando y amontonando todos los aparejos que concluían siendo nuestro Belén.
Alrededor de aquel  decorado, con mis padres y mis hermanos, cantábamos villancicos y celebrábamos las mejoras Navidades de nuestras vidas; cada día acercábamos un poquito los tres camellos con sus Reyes y pajes de papel,  y la ilusión y nuestros sueños eran cómplices de la sonrisa del Niño Jesús esperando a sus Majestades de Oriente.

También había otra curiosa y divertida pasión de mi hermano Sergio… Consistía en disfrazarnos de reyes Magos a Pablo Queco y a mi; a mi  de Melchor, Pablo de Gaspar y al pobre Queco le tocaba siempre ser Baltasar, con lo que su cara siempre acababa llena de tizne de carbón, y de no ser por que sabíamos que era blanco y que era nuestro hermano, bien parecería que hubiera llegado en un patera, solo que entonces aun no se conocía esa palabra.

Mi  hermano Sergio Ochando Fernandez
en aquella epoca y ahora todo un artista

Recuerdo con una sonrisa aun, cuando Sergio cogió ese día en brazos a Queco, lo alzo como casi dos  metros, llamó a la puerta de nuestra vecina Elena con el cuerpo medio escondido a un lado de la puerta… cuando Elena abrió la puerta, y mi hermano asomó al “negrito”,  ésta pegó un grito que aun hoy me zumba en los tímpanos, fue una anécdota que aun hoy recordamos con cariño y nos reímos aun al recordarla.



Aun con el paso de tantos  años, mi hermano sigue siendo un entusiasta de los recortables:

viernes, 21 de octubre de 2011

El gato Serafín.



Otro de mis recuerdos imborrables de Jaca, un recuerdo indeleble sentimental y lleno de cariño a un animal de una nobleza total, y fidelidad  hasta el final
Esta es la historia real del vagabundo Serafín, un gato de color marrón parduzco, algo andrajoso,  muy avispado y también muy  decidido; con una “personalidad gatuna”, sorprendente, y que compartió un cortito pero muy valioso tiempo en nuestras vidas, durante unos meses; Sucedió hace mucho tiempo, pero nunca se me olvida;  jamás he conocido desde entonces o tenido otra mascota tan  leal, obediente y noble como Serafín. Seguramente en su deambular por las afueras de Jaca la vida no le había tratado demasiado bien, pero su comportamiento su fidelidad y su complicidad no dejo a nadie indiferente. No era un gato normal, su actitud distaba mucho del estereotipo de los gatos comunes, desconfiados, suspicaces y recelosos en general.
Recuerdo que incluso  me esperaba a la salida del colegio, y saltaba sobre mí dándome lametones y pequeños mordiscos de alegría como si fuera un perro en vez de un gato, ante la mirada atónita y un poco envidiosa  de mis compañeros: era un gato ya adulto cuando lo encontré en unas obras cerca de mi casa. Nos tirábamos desde  un primer piso en construcción, mi hermano Pablo y yo a una montón  de arena repetidas veces, protagonizando una película de gánster, yo te disparo y tú retorciéndote de dolor  caes, y luego al contrario, ganaba quien mejor escenificaba la parodia y “moría” mejor..
 En un momento dado, paramos a comernos la merienda que mi madre (como siempre) nos había preparado, consistente en sardinas enlatadas, entre dos rebanadas de pan, cuando en la ya penetrante semi oscuridad de la obra observamos un par de ovalados ojos azules brillantes,  que se acercan sin prisa pero sin pausa hacia nuestra pétrea posición, pues Pablo y yo nos hemos quedado de granito; hace rato que estamos allí y nadie se ha acercado a husmear en nuestros juegos, por lo que la sorpresa es total y nos da cierta desazón:  Por fin,  ante nuestros ojos aparece la silueta de un gato mas bien grande, ya adulto, tono  marrón,  caminando en plan solemne,  -algo chulesco diría yo-  mirando descaradamente  nuestros bocatas: -yo quiero pensar  que le ha atraído el olor a sardina en aceite-: sin perder la compostura, se sienta frente a nosotros,  a un par de metros de donde estamos todavía  absortos,  aun sin reacción; con aire ceremonioso como si de una reverencia se tratase al más puro estilo Luis XV, suelta un sonoro, claro,  largo y conciso, ¡MIAAAUU! ¡MIAAAUU!, -Que  para mí está  muy claro lo que quería decir-,  (traducción literal), ¡tengo hambre! ¿Me invitáis?
Era un gato muy listo, y lo demostró en repetidas ocasiones;  Yo, con cierto tembleque, le tendí la mano con el  medio bocadillo que me quedaba, y él hábilmente pero con decoro, eso sí, sin moverse del mismo sitio se lo comió, pan incluido en unos treinta segundos aproximadamente, luego repitió plato con el resto del bocata de Pablo y desde entonces ya pasó a engrosar la lista de nuestros amigos y coleguillas,  con el respetuoso nombre de Serafín. Desde entonces, nos acompañaba a todos los sitios, se tiraba igual que nosotros a la arena desde el primer piso, pero no ganaba nunca porque siempre caía de pie, y eso no valía. Sí que nos ganaba,  cuando hacíamos carreras, y  jugábamos al escondite, pero  porque era más ágil y más pequeño, pero el caso es que nos escoltaba allá donde fuéramos, incluido al colegio. No sé bien porque,  pero sabia que él no tenia que entrar, nos esperaba a la salida y luego hacía el trayecto acompañándonos a casa y compartiendo nuestras meriendas;  participaba en todos nuestros juegos y dormía en el sótano de nuestra casa, donde además se atiborraba de ratones el muy astuto: fue como un juguete para todos.
Un mal día, y viendo que no estaba a la salida de las clases, nos dio mala espina,  y efectivamente, cuando llegamos cerca de las casas militares, en un charco de agua y barro, sin vida,  estaba el pobre Serafín, apaleado, y apedreado sin piedad por los arrogantes y   envidiosos hijos de los oficiales, nuestra banda rival por  proximidad directa, y que además se jactaban de su hazaña riéndose de nosotros porque éramos más pequeños. Serafín jamás los odió, jugaba también con ellos aunque no fueran nuestros amigos, para él no había distinción, creo que pensaban que todos lo seres humanos le tratarían como nosotros, él se veía como uno mas, no huía nunca de nadie, ni siquiera cuando le apedrearon, murió por ser tan leal.
Aquél día, tuvo lugar una de las batallas más cruentas que yo recuerde  entre hijos de oficiales y suboficiales, luchamos a pedrada limpia, también con nuestros rudimentarios arcos y flechas e  hicimos prisionero y arrojamos  al canal  al jefe de su banda;  luego destrozamos (y después pagaron nuestros padres) los cristales de su elegante portal. Hubo magulladuras y contusiones, cabezas abiertas por certeras  pedradas (“cuqueras” se llama cuando la cabeza se abre por esta razón) en ambos bandos, y  aunque invariablemente en nuestras particulares guerras,  parábamos cuando se producía la primera “cuquera”, la batalla duró hasta que no quedó ningún hijo de oficial sin su brecha sangrante; aquel día les  dimos una buena lección y aunque la  triste victoria cayó (como siempre solía  ocurrir)  de nuestro lado, eso no nos devolvió a la vida al pobre Serafín.
Después, al caer la noche, al lado de los chopos del canal,  en una gran pira de fuego, incineramos y despedimos  a Serafín en un gran silencio  con honores “militares”.
Aunque tan solo era un gato, aunque solo estuvo con nosotros un par de meses,  nos dio una gran lección de fidelidad, nobleza y compañerismo al significado de la palabra amistad…
Nunca olvidé eso Serafín, nunca…!!! Ni a ti,  amigo mío!!!

Grillos de la "P"



 
Otra de las “actividades” de aquellos veranos fantásticos, que nos gustaba hacer siempre  y a las que nos apuntábamos casi toda la pandilla, era la ir a  la caza del grillo de la “P”… el grillo que más y mejor canta, le llamábamos de la “P” porque  poseen en la parte superior del cuerpo un dibujo amarillo que se aproxima una “P”…
Sin duda era una actividad plenamente tan silvestre y espontánea  como la vivencia del propio grillo campestre.  Los impresionantes glacis verdes que rodean la Ciudadela (hábitat natural de nuestros queridos grillos de la P) eran el campo de operaciones, donde cada uno de la pandilla “armado” tan solo con unas finas y largas pajitas de hierba y caminando con el mayor de los sigilos, semi agachados, con la oreja tiesa, parpados entornados y vista agudizada, paso a paso, nos dejábamos guiar  hacia  el incesante  criii criii que nos trasladara hacia su madriguera: Entre el múltiple canto, había que descifrar y localizar uno en concreto para seguir su pista, no era fácil elegirlo entre tanta cantilena de  grillos y de cigarras a la vez.
Había que intentar avistarlos a una distancia de un  par de metros por lo menos, pues de lo contrario el “grillo de la P” que era muy astuto notaba nuestra insensata presencia y se mosqueaba lo suficiente para dejar de cantar y de señalar su posición, escondiéndose rápidamente en  su guarida.
Eso nos creaba un serio  problema añadido a nuestro “rastreo”; había que comenzar a remover la hierba palmo a palmo y buscar el agujero, no importaba el tiempo, ese grillo era ya un objetivo asegurado; después de estar varios minutos atentos a su canto y seguir su estela,  sabíamos por “experiencia” que no podía andar mas allá de un par de metros a la redonda…  la zona era peinada, acotada, con el mayor de los esmeros, hasta que por fin, y tras unos cuantos rodeos y movimientos de yerba,  la oscura entrada de la grillera quedaba al descubierto, con su terracilla de tierra aplanada a su alrededor, eso si, completamente nítida, donde el grillo ademas de tomar el sol,  “canta”  para atraer a la hembra.
Comenzaba entonces la operación de hacer salir al grillo de su madriguera; Se introducía la pajita poco a poco dentro del agujero, con cuidado y con tiento para notar cuando palpábamos al grillo de la P;  había que tener cierta pericia para zarandear con cariño la pajita e intentar hacerle las suficientes cosquillas y conseguir hacerle salir; a veces lo conseguíamos  enseguida, otras costaba lo suyo, pues el grillo salía, veía el plan que se le venia encima y se volvía a meter a una velocidad diabólica, sin dejarnos reaccionar, antes de que con el dedo pulgar de la  otra mano pudiésemos cortarle la retirada y tapar el agujero que era la forma mas ortodoxa de cazar al grillo de la “P”.
Otras veces no había manera de hacerle salir por la técnica tradicional; era cuando el grillo no se enteraba, o simplemente no tenía ganas de salir por las buenas, cualquiera que fuera el caso es que no estaba por la labor; entonces no quedaba otra, era cuestión de dignidad, o el grillo o yo, había que recurrir al ultimo recurso,  la técnica de orinar y atinar de lleno en su madriguera;  la cantidad mínima de orina  para que el bicho se sintiera lo suficientemente furioso e indignado y decidiera salir a pelear y morder al osado que le  ha provocado esa ducha caliente, apestosa e indeseada en plena tarde estival;  en fin era la manera menos escrupulosa, pero inevitable cuando no había mas alternativas.
Luego ya se le resarcía y premiaba en su nueva “casita”, hecha con alambres y maderita; una jaula pequeñita en la que el grillo de la P viviría como un rey, en nuestra casa y a nuestra costa el resto del verano, a base de hojas de lechuga, hormiguitas y de vez en cuando lo sacábamos a pasear al patio de nuestras casas militares… A cambio por las noches nos cantaba su incesante crii criii, y nuestros padres que no podían dormir,  nos hacían sacar al grillo de la habitación y dejarlo en el balcón..


En fin, este uno de mis  recuerdos de Jaca y de mi niñez  que guardo con mucho cariño; Siempre que vuelvo a Jaca, y paseo por los glacis de la Ciudadela, no puedo evitar cerrar los ojos por unos instantes, y evocar aquellos momentos tan fantásticos .


domingo, 2 de octubre de 2011

Arcos y flechas

Coincidiendo con el final  del  verano, no puedo evitar que  dentro de mi memoria revoloteen aun muy presentes, con especial cariño y no menos  añoranza, aquellos veranos en la Jaca de mi niñez;  eran unos meses interminables;  a nuestra temprana e infantil edad, (éramos poco menos que unos críos), mis hermanos y yo disfrutábamos de  los meses de estío con especial intensidad; coincidían con los meses de vacaciones de las escuelas nacionales, y en plena edad escolar no teníamos excesivas cargas ni obligaciones especiales así que  era tiempo de inventar, de crear fantasías, de dejar  volar nuestra imaginación a cotas inverosímiles, tanto como el paisaje, la campiña, la vegetación y el horizonte jaqués  fuera capaz de estimular en nuestras mentes. (Entonces no existía ni la televisión, ni por supuesto, ningún   juego electrónico, los únicos juegos eran los que fuéramos capaces de crear o inventar desde nuestra imaginación)

Entre algunos de ellos, recuerdo los arcos y las flechas que improvisábamos, seguramente copiados de las películas de Robín Hood o de indios y vaqueros que veíamos en las salas de cine improvisadas en las aulas de los  Escolapios: muchos momentos de aquellos largos  días jugábamos a ver quien hacia volar la flecha a mas altura (para ser válidas  las flechas tenían que sobrepasar como mínimo el tejado de nuestras casas militares), para ello como “truco” le poníamos enrollado un poco de alambre en la punta de la flecha, así hacia mas peso en la punta y el aire no se la llevaba; además decorábamos los arcos y las flechas con la tinta china de colores del cole, en un alarde más de fantasía juvenil; Colocábamos latas de conservas o botellines de Zinzano vacios (sustraídos del trastero de la cocina del  recién inaugurado Gran Hotel)  a una distancia de 30 pasos junto al canal, a ver quien era el más certero de los arqueros que  además tenia el privilegio de ser nombrado y ser reconocido  como jefe de la banda mientras su arco fuera el mejor.

Nos llevaba varias horas localizar una buena rama para fabricar el arco, generalmente los conseguíamos de las ramas de lo álamos que lindaban con el canal que pasaba a escasos metros de las Casas Militares; la cuerda  (liza) la comprábamos en los almacenes “El Siglo”, le pedíamos a nuestras madres dos reales para comprar regaliz en “La Casita”, y así obteníamos la liza (cuerda fina y muy fuerte) ,  y las flechas las íbamos a buscar cerca del Regimiento, en la linde de un trigal donde había unos matorrales de vergas, unas ramitas largas y finas, óptimas para la utilidad reseñada. Siempre era así, cada uno de nosotros se afanaba por conseguir el mejor arco para comandar la banda; como broche y como reconocimiento de su categoría, al jefe y sobre su cabeza se colocaba una cinta como la que llevaban las chicas para recoger el pelo, y  dos plumas de gallina sujetadas por la cinta.
Mientras fuese el Jefe todos teníamos que ir detrás en fila india para las operaciones que hubiere menester… o las que inventase segun su imaginacion...

Era una de las actividades de aquellos increibles  veranos; había muchas más que seguiré recordando en próximos capítulos para los que como yo aun tengan fresco en su memoria y les traiga gratos momentos aquellos “recuerdos de Jaca”