Mis Amigos

miércoles, 24 de julio de 2013

Aquellos veranos en el río Aragon





Verano en Jaca:

Julio y Agosto  de los  años  sesenta;  calor y sonidos chillones de cigarras y grillos a la vez... los veranos de  Jaca suelen  ser bastante cálidos,   pero eran  y creo que lo siguen siendo,   de un   calor  seco y soportable;  contrasta muy lejos de ese otro  calor estival  húmedo y pegajoso  del litoral Mediterráneo al que nunca me he acostumbrado y  que llevo años soportando desde que me fuí  de Jaca.

Queco, Chiqui, Nana y yo junto a las aguas del Aragon 



Hoy, cincuenta y pico años después, en el  pequeño pueblo de Tarragona, donde resido,  y mientras estoy ojeando  un libro,  observo a mis nietos como se bañan y juguetean  en la  piscina hinchable instalada  en el pequeño  jardín de mí casa.


 Sus juegos entre risas y chapoteos consiguen que por unos instantes el compartimento estanco de mi memoria, donde están guardados  todos mis recuerdos,  se libere y rescate  una época y etapa completamente diferente y casi olvidada; la de mi infancia, y la de aquellos veraneos en el río Aragón con mis padres y hermanos.  

Recuerdo bastante  bien, la que fue primera vez que fuimos  a bañarnos a  “la playa” en Jaca. Papá nos había hablado muchas veces que en verano nos llevaría a una “playa” especial  que hay en Jaca, rodeada de montaña,  prados de hierba  y árboles,  con unas aguas cristalinas y  frescas, y  que no hay en ningún otro lugar, solo allí.
Pablito, Chiqui, Nana y Queco; al fondo el viejo molino

 Un sábado de Julio de ese verano. Papá nos propuso  que  nos llamaría a las siete de la mañana del domingo para preparar con tiempo todos los trastos y bártulos que nos hacían falta para pasar el día en la “playa.”

A las siete y un minuto de la mañana,   y al toque de diana de papá,  saltamos como gatos de las literas al suelo para  coger rápidamente turno para el lavabo; (siendo tantos hermanos había que espabilarse bastante para no ser el último, y a veces hasta entrabamos al WC de dos en dos );  necesidades fisiológicas urgentes, asearse, peinarse, y colocarse el bañador eran las tareas inmediatas, y acto seguido en fila hacia el “comedor-cocina” para un desayuno rápido y frugal ; mamá ya estaba en guardia desde hacía una hora antes y lo tenía todo controlado…
Cinco hermanos, rodeando a
 Ballesteros, amigo de mi padre

 Una taza de café de puchero y  una tostada de pan untado en aceite para cada uno - puedo decir con cierta satisfacción- que por entonces era el desayuno más rico que se podía tomar en aquel momento (eran otros tiempos, pero -¡¡qué bueno estaba Dios!!-   (muchas  veces he hecho mía la frase de mi padre,  –mirando hacia aquellos duros tiempos) -decía, que éramos muy pobres, sí, pero muy felices también-

En  la puerta de la calle, apilados, unos cestos de mimbre  y alguna mochila con la comida preparada por mamá, mas la bebida (agua)  y trastos para subsistir en la “playa”, íbamos a pasar el día entero y no podíamos dejarnos nada, ni las gorras para el sol, ni los flotadores ni la colchoneta  hinchable para navegar.
 Surcando las aguas del Aragón

Era la primera vez, tanto mis hermanos como yo estábamos fascinados e ilusionados con esta novedosa  aventura, hasta ahora los únicos chapuzones  que nos hemos dado han sido en el canal que transita al lado de nuestras casas militares y por otro lado, si  Jaca no tiene mar… entonces ¿a qué playa nos llevan Papá y Mamá?, a nuestras edades que oscilaban desde los dos  años hasta mis once, apenas  nos habíamos  alejado por nuestra cuenta,   más allá del paseo y  los glacis y ya digo,  aparte del canal no habíamos visto otra corriente ni masa de agua en nuestro entorno; solo postales de Barcelona y su puerto, y otras de playas de Málaga,   en fin, pronto saldríamos de dudas, pero no dejábamos de hacer preguntas sin parar a papá, que miraba de reojo a mamá y sonreían con un  cierto grado de complicidad.

Papá navegando tambien a favor de corriente
Papá y Mamá se repartieron entre los dos, los cestos más voluminosos, y mis hermanos y yo, llevábamos cada uno parte de los bártulos playeros. Nos pusimos en marcha caminando hacia el paseo, lo cruzamos,  luego tomamos una bajada de pista forestal  hacia la izquierda, camino de  Asieso: creo que quienes nos miraban al pasar (éramos un tropel caminando en masa) se deberían preguntar si no nos habíamos escapado de algún cuento, comparándonos seguro, con  la divertida familia Ulises del TBO; entonces no había apenas  coches, bueno quizá media docena en todo Jaca, pero no recuerdo ni que modelos se fabricaban entonces.  Creo que eran grandes, negros y muy cuadrados los que había visto un par de veces circular por alguna calle, pero desde luego ni pensar que pudiéramos disponer de alguno… eso era un lujo inalcanzable.

Una vez abajo del todo, al final de la cuesta, en un recodo hacia la izquierda, aparece de pronto un puente y a sus pies el enorme  río Aragón; desde nuestra perspectiva, mis hermanos y yo  quedamos  sobrecogidos en un primer instante, nunca habíamos visto tan de  cerca  un  río ni en sueños y la realidad nos superó con creces la imaginación que teníamos  de un río. La corriente del agua en esa época del año, era mansa y serena,  la  presa que retenía las aguas,  a nuestra derecha rugía  suavemente   y  acompasaba  al murmullo del silencioso paisaje de su alrededor.
Papá enseñándonos a saltar de cabeza

-Aquí está la “playa”- dijo papá, esta es la playa “especial”  de la que os hablé,  y os lo vais a pasar estupendamente:  vamos a ir a ese sitio y  acampar cerca de la orilla:-  poco a poco fuimos bajando y caminando  por el escarpado sendero que serpentea las aguas del río Aragón; El sendero curveaba entre maleza y zarzamoras;  nos fuimos abriendo paso hasta llegar  a un prado de hierba,  rodeada de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino, allí el río  en un suave meandro, configura una estupenda “badina” de aguas frías,  claras y serenas  perfectas para nadar. Nos encontramos en ese punto, con otras familias, vecinos nuestros de las casas militares,  que acababan de llegar también y que habían quedado con papa y mama para pasar el día todos juntos.

Acampados, y organizados, nos fuimos de cabeza al río; ninguno sabíamos nadar; así,  con los arcaicos  flotadores ajustados a  nuestro pecho  nos lanzamos desafiando  a las frías aguas del Aragón, una y otra vez, disfrutando por primera vez de un baño en la “especial playa” de Jaca. Papá y mamá sonreían y seguían todos nuestros juegos, papá se unió a nuestras travesuras  y era el primero en lanzarse al agua, nadar y darnos los primeros consejos acuáticos.

Enseñando músculos

con Rapitan detrás de mi
Por turnos nos alternábamos para navegar con la única colchoneta hinchable, deslizándonos por la suave corriente; era una delicia navegar con las manos como improvisados remos, con los ojos fijos en la superficie e  imaginar  o distinguir por debajo del agua las siluetas de las truchas acompañando nuestra travesía fluvial. 

Nadando, jugando y buscando madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando, y solo el ronroneo  acompañado  de ese vacío inequívoco del estómago nos avisó de la hora de comer: papá ya nos estaba llamando y pronto nos reunimos en la pequeña pradera, -sentados en improvisadas sillas de piedras- todos alrededor de nuestros bártulos. Mamá ya había preparado una copiosa y suculenta ensaladilla de tomate con atún acompañada de un no menos sabroso  bocadillo de tortilla de patatas que había cocinado la noche anterior, y que estaba de miedo.
Queco, buscando renacuajos 

Nunca lo supe y aun no sé porque será, pero esas ensaladillas de tomate aderezadas en el campo, y esos bocadillos de tortilla de patatas que hacia mamá, jamás han tenido el mismo sabor  que la que haces y comes en casa habitualmente,  aunque tienen los mismos ingredientes. Todavía hoy, tantos años después, aún sigo "viendo oliendo y saboreando" aquellas comidas campestres que repetimos cada domingo que bajamos al río, en  los veranos que compartimos  en esa preciosa tierra.

Luego había que esperar tres horas para la digestión si comías tomate,  tampoco nunca supe porque regla de tres, era así… si no comías tomate  eran dos horas solamente. Papá nunca me lo aclaró del todo, me decía  que era así y ya está.

Papá llamándonos; es la hora de comer
Esas horas de espera las dedicábamos a buscar renacuajos, grillos y pececillos un ratillo, y luego mirando como jugaban los mayores  al “remigio” o al “guiñote” hasta la hora del nuevo y ultimo baño, sobre las seis de la tarde. Así -mirando- aprendí yo a jugar al “remigio”, papa decía que era cosa de mayores y que me limitara a mirar como jugaban ellos; el caso es que miré tanto y aprendí tan  rápido que me encapriché en que me dejaran jugar una partida: Todos se reían y accedieron a que –solo una-, ¿vale?-; una hora después había dejado a todos fuera de la partida, y papá me dijo que había sido –solo mucha suerte-, yo también lo he creído siempre, pero no me dejaron jugar más por si acaso… hoy día mi nieto Albert, -seis años- también me gana al domino, al parchís y la oca, -me pregunto si también será solo suerte-.





Es la hora de regreso tras un día
 inolvidable en el río Aragon 
Así acababa un día de “playa” en el río Aragón. Ultimo baño con los últimos rayos del sol penetrando a través de las copas de los árboles; recogida de bártulos y utensilios, y encaminarse de nuevo hacia el puente, subir el empinado sendero hasta la carretera, y hacer de la vuelta un paseo apacible y tranquilo, contándonos las distintas peripecias que habíamos vivido en la “playa”,  mientras el sol en el horizonte, se diluía en un tono rojizo, despidiéndonos también con su particular  acto vespertino y  dibujando  mil colores en el cielo jaques.

Papá y Sergio en el puente
nuevo del río Aragon





Papa nos preguntó por la noche; -¿os ha gustado la playa ?... –Claro, respondimos-, papá siguió,  -aunque no sea la auténtica  playa del  mar que conocéis por las postales,  podéis estar seguros que sois unos privilegiados por poder bañaros en estas aguas  claras y cristalinas del río Aragón, que llegan desde el mismo  corazón de los Pirineos  y que siempre recordareis con cariño y apego a estos lugares y a estos paisajes que tenéis la suerte de conocer y compartir; acordaros  siempre, estéis donde estéis.-
Toda la cuadrilla posando
a los pies del puente Nuevo
Su mirada y el brillo de sus ojos hablaban por si solos, más que su propia voz. Fue toda su vida un contumaz y férreo  enamorado de Jaca, de sus montañas, de su querida Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de sus marchas por Ordesa y los Pirineos , de sus escaladas y del ski, todo un deportista y un apasionado de la naturaleza, y aun mejor padre,que nos supo transmitir  esos valores y ese  sentir y aprecio tan especial por una tierra a la que amó hasta el último instante de su vida.



Hoy, en que he narrado uno de mis recuerdos favoritos, y desde lo más íntimo de mi corazón   y de mi memoria le digo a mis padres; Gracias, muchas gracias por haber compartido con nosotros ese sentimiento tan vuestro, y dejarnos  en  herencia   esa huella  de emoción y pasión  que nos enseñó para siempre a  amar, querer y sentir esta tierra como la sentíais los dos. Hoy nuestro querido río Aragón, sus aguas limpias y cristalinas, con su particular y característico murmullo, sus prados siempre verdes y esos  árboles  que nos cobijaron y nos conocieron,  conversan en mutua complicidad   de tantas vivencias y de tantos momentos felices compartidos juntos.
Mamá y papá a la izqda. con sus buenos amigos..
 (yo seguía mirando)

un beso papá... un beso mamá... gracias por aquellos tiempos tan felices a vuestro lado.





                                                         

  
                                                                                                                     

                                      

jueves, 25 de abril de 2013

Mis primeros viernes de mayo



Una de las fiestas más bonitas y de la que mejores recuerdos tengo guardados en mi corazón jaques , es sin duda la fiesta grande de Jaca:  la conmemoración  del Primer Viernes de Mayo, pero sobre todo  la de aquellos añejos “Primeros  Viernes de Mayo” de los años cincuenta y  sesenta, los de mi infancia;  los Primeros Viernes de Mayo, sobre todo los de  hoy día son totalmente diferentes e incomparables, más vistosos, más coloridos y mejor simbolizados  e interpretados conforme  a los tiempos modernos, nada que ver con las imágenes que conviven en mi memoria, aunque mis sentimientos  y mis emociones  cuando llega este viernes tan señalado,  cohabitan por igual… antes y ahora.

Siempre esperaba con inmensa  ilusión ese día;  Jaca y su gente, la que vive siempre allí y la que vive lejos y  regresa  el primer viernes de Mayo expresamente para vivirlo y disfrutarlo con la emoción propia, le dan un aura único e  incomparable a la ciudad ese día,  mezclando   con sus sentimientos  y colorido el ambiente y emoción tan personal de esa fiesta tan jacetana.


El desfile marcial de labradores y artesanos comandados por el Conde Aznar y  secundado por las bellas labradoras y artesanas jacetanas;  el himno de Jaca entonado con sentida emoción   a las puertas del Ayuntamiento,  acompañado por la multitud que ocupa todo el ancho y largo de  la calle Mayor;  el saludo cruzado de banderas y los sonidos y el sabor a pólvora  de los disparos de los arcabuces de las hermandades en los lugares más emblemáticos del recorrido, consiguen  que la sangre  baturra fluya a borbotones y se desborde  incontroladamente a la sombra del Monte Oroel.



Días antes, -en aquellos años-  prácticamente todos los niños nos preocupábamos de tener nuestro particular bastón de hierro al que llamábamos   “matamoros” ... si no recuerdo mal, era  un hierro de casi un metro de largo;  en la punta le colocábamos un fulminante explosivo y el mango,  una empuñadura en forma circular; cuando lo accionábamos  contra el suelo el pistón hacia explosión e  intentábamos sincronizar el sonido explosivo con los de  las descargas de los arcabuces  de las hermandades de artesanos y labradores en el desfile.

Hoy creo que esa tradición del bastón  ha desaparecido; o por lo menos ha menguado lo suficiente como para pasar inadvertida; supongo que a los que sois de mi generación os sonará de algo  lo que os he comentado; en las últimas visitas a Jaca en nuestra fiesta tan propia, no he podido observar ni constatar  esta costumbre entre los chicos de hoy.


También recuerdo con nostalgia y cariño el primer viernes de Mayo del  año 1964 en particular; En el desaparecido templete de Santa Orosia, nacía  el primer grupo de Danzantes infantiles  de Santa Orosia del que fui uno de sus pioneros; unos meses antes de la fiesta, la hermandad de danzantes “mayores” de Santa Orosia,  nos reclutaron a una docena de chicos de primero de bachiller del instituto Domingo Miral para entrenar y  formar  ese singular  primer grupo de danzantes infantiles, después hubo otras “generaciones”, pero por lo que sé,  la idea  no cuajó lo suficiente  y en apenas tres o cuatro años el grupo creo que  desapareció.



Con palos secos preparados de  fresno en ambas  manos, con nuestras zapatillas de cáñamo,  y con nuestro típico traje,  morada y ancha  faja de  baturro y pañuelo rojo sobre nuestros hombros, nos esforzamos y “combatimos” con ardor y mucha ilusión en las diversas danzas al compás del sonido de la   traca del “paloteau” por las calles de Jaca;



Lo innegable es que llamó mucho la atención el estreno del  grupito encuadrado en el desfile de ese año, incrustado entre las hermandades de artesanos y labradores;  mucha gente nos seguía por las calles de Jaca exclusivamente, para vernos  cada vez que nos tocaba actuar;  También nos invitaron a participar en el Festival Folclórico de los Pirineos y  recuerdo una de las  veces   que actuamos  en el Teatro  Olimpia de Huesca -como teloneros- delante de un selecto publico y  otras actuaciones en fiestas mayores  de pueblos cercanos. 


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De Izda a Dcha...(fila superior) Carlos De Arriba, José L. Hijós, José L. Zamborain, Jorge Ochando, Jose Mª Tomas y Ernesto Ara.
(fila inferior)     Enrique Piedrafita, Cerezo, y Rafael Puyuelo.

Mi recuerdo especial con cariño  para algunos nombres que mantengo en la memoria de aquella primera hornada, y que además también  fueron mis compañeros de instituto. 
  (Gracia Rumi, Juan José Ventureira, J. Luis Zamborain, R. Puyelo, Ernesto Ara, Hijós,  J. Mª Tomas Gracia, A. Cerezo, Enrique Piedrafita, Carlos De Arriba, J. Ochando  entre otros)…  

un abrazo muy fuerte si alguno de vosotros  leéis esto.



De nuevo este próximo primer viernes de Mayo estaré en Jaca,
 mezclado con mi gente y cantando al unísono nuestro himno...


 "Jaca libre sabe vivir, a la sombra del monte Oroel"...

Un vídeo-reportaje  corto de nuestra entrañable fiesta.



martes, 19 de marzo de 2013

Mis Semanas Santas en Jaca (principios de los 60)



 <Antes de nada, me gustaría aclarar que la vida religiosa en aquella  época era muy intensa. La asistencia en las iglesias era enorme. Los domingos, todos los alumnos, los padres, maestros e  incluso los soldados eran obligados a ir a misa. Los niños teníamos  que aprendernos  el catecismo desde pequeños, y la gente que no iba a misa los domingos era mal vistos y señalados;  la Iglesia  era muy severa,  no se podía entrar  con manga corta a la iglesia y las mujeres estaban obligadas  llevar falda larga y un velo cubriendo la cabeza; la iglesia tenía en aquel tiempo mucho poder e influencia, y la católica era la religión oficial, quedando cualquier otra relegada solo al ámbito privado.>

 Un año más, nos preparábamos para recibir y comenzar 
la Semana Santa en Jaca


 Era por aquel entonces, una semana muy especial en Jaca,  en el colegio,  y en la clase obligada de Religión en particular;   Se nos exponía y se nos advertía de forma  muy rotunda  del recogimiento y meditación al que estábamos obligados y debíamos  mostrar en todo momento;  nos preparaban a conciencia para ese periodo tan especial  de la liturgia en ese ciclo exclusivo en que los curas, los maestros y todo el personal docente, debían mostrar  al unísono;   un gran  respeto,   un total acatamiento  y pleitesía total,  a las vicisitudes de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana,  aderezado y acompañado de todos los  acontecimientos sacros y litúrgicos  que adornaban  a la Semana Santa.


Por norma, una semana antes, y como preludio en todas  las Semanas Santas de cada año, se nos incluía a nuestras actividades docentes diarias , otra  muy especial, y que denominaban como  "Ejercicios Espirituales"...  consistían  básicamente y como mínimo,  en que durante tres interminables días, y a todas las clases del Colegio,  se nos  enclaustraba, durante unas horas,  unas veces  en la Catedral y otras  en la misma capilla del Instituto,  para que  el mosén o el cura de turno, nos atizara   unas monumentales,  largas,  tediosas y profundas charlas de Religión; los temas siempre los mismos, nos recalcaba  una y otra vez, sobre lo que nos esperaba sin  no éramos buenos católicos,  si no rezábamos cada día, o si faltábamos un solo domingo a misa; nos alertaba sobre  los castigos más increíbles y aterradores que caerían sobre nuestras cabezas y “la condena al  castigo del fuego eterno e infinito por toda  la eternidad”… después de esas “amenazas  e intimidaciones tan religiosas” llegaba,  –para mí-  lo peor, nos decretaban  rezar, reflexionar,  meditar y  permanecer  en un perpetuo recogimiento sumido en   un silencio sepulcral durante un tiempo ilimitado,  meditando y reflexionando sobre la vida eterna, el diablo y todo lo imaginable que  nuestras mentes bisoñas y todavía  inmaduras fueran capaz de suponer e imaginar tras los secretos y ocultos efectos del recóndito sermón.


Recuerdo que me causaban  más miedo y turbación  esas horas en silencio e inmovilidad  total,  en los bancos de la catedral, saturado de cierta  congoja y melancolía y con el  ambiente oscuro y   húmedo de los arcos  de  las altas  cúpulas de las bóvedas, que todo lo demás;  asimismo, durante  esos días no podía evitar tener el estómago revuelto y  solía soñar con pesadillas extrañas,  rezaba más bien,  para que se acabasen pronto esos fatídicos “Ejercicios Espirituales”, durante los cuales mi desasosiego era total,   pero aun hoy cuando me visitan alguna que otra vez aquellos viejos recuerdos,-secuelas sin duda-,    siento en mí aun algunos escalofríos lejanos; si alguna vez, en mi niñez,  pasó por mi cabeza estudiar la carrera de teología  sacerdotal, aquellos  ejercicios obraron  el efecto contrario y  me los arrebataron  de raíz; a lo más que llegué fue a ayudar alguna vez a misa como monaguillo, y creo fue por  probar lo bueno que estaba el vino dulce, -eso si- cuando aún no estaba bendecido y a escondidas del padre Damián.

Otra de los  contextos que se daban en aquellos años, durante la semana santa,  desde el mismo  lunes Santo hasta  el domingo de resurrección, eran las emisiones radiofónicas de radio Jaca;  desde que comenzaba la transmisión,- exceptuando el diario hablado-, y  hasta  su final, -todos aquellos días- solo se emitía música sacra, y  conciertos de música clásica eternos… el ambiente invitaba irremediablemente  a tristeza,  melancolía, evocación  y aislamiento, aunque el fin,  desde luego no  fuera otro.


A los niños de entonces,  se nos prohibía radicalmente  jugar,  reír o cantar en la calle,  ni en el colegio ni en el recreo,  y menos todavía en público; nos explicaban que eso era pecado mortal y tenías que confesarte inmediatamente;  los glacis, plagados casi todos los días de niños jugando a pelota, o correteando,  quedaban completamente apáticos; la campiña verde y las almenas de la Ciudadela también quedaban ungidos del mismo espíritu sacramental que rodeaba la semana santa jacetana.


 Las visitas a las diferentes iglesias de la ciudad eran obligadas, y cada clase con su respectivo maestro se trasladaba en columnas de a dos y cogidos de las manos para recorrer cada altar (cuya imagen permanecía oculta tras una sábana de color morada) y rezar algunas oraciones, todo bajo el mismo signo de meditación,  recogimiento y respeto en el que estábamos ceñidos; concluíamos besando el  pie del Cristo en la cruz, que era lo único que quedaba al descubierto de la imagen y volvíamos al cole.

Luego, después tres días de vacaciones hasta el lunes de Pascua; Las procesiones del jueves y viernes santo, eran todo un ritual que nadie podía dejar de ver;  Los penitentes encapuchados, los orgullosos romanos desfilando con paso marcial,  los pasos con las diferentes imágenes de la pasión, arrastrados por las cofradías, y la banda de música eran y son todo un precioso y admirable espectáculo en Jaca; para quien no conozca la Semana Santa Jacetana, he de proclamar que es una de las más bonitas e interesantes  de España y que vale la pena conocerla  y  vivirla.


Procesión del Santo Entierro.. Jaca-1976
Como público, recuerdo en esos años, un silencio profundo y un total respeto mientras desfilaban  los cofrades y los pasos; recuerdo cuando pasaba el cristo, y todos nos arrodillábamos y  nos santiguábamos  con gran recogimiento; los militares también hincaban su rodilla y algunos en posición de firmes lo saludaban  con orgullo. El respeto en esos años era algo que cohabitaba entre casi todos los eventos tradicionales de nuestra generación.

Hoy por la misma inercia de la vida ya no es así todo, pero estoy seguro que los que leáis este articulo y hayáis vivido en esa época, como yo, recordaréis momentos y situaciones muy parecidas, y aunque no fueran  todo lo agradable que hubiéramos deseado,  sí que nos proporcionaron y nos dieron un plus añadido a  nuestros valores morales… yo así lo creo en este recuerdo especial de mis  semanas santas jacetanas… ojalá os haya gustado.
  

jueves, 28 de febrero de 2013

Aquellas nevadas de Jaca





Al ver por la tele y también  las distintas fotos que mis amigos jaqueses han colgado en las redes sociales sobre las pasadas nevadas de este frío y borrascoso invierno en Jaca,  han acudido a mi mente,  casi como un flash  con bastante  nostalgia y una sonrisa pícara   aquellos juegos que improvisábamos los críos sobre el blanco manto que cubría las calles y envolvía el paisaje de Jaca.

Hace ya demasiado tiempo –años-  que no veo nevar; De hecho, ni me acuerdo de cuando fue al última vez que mis ojos vieron caer una nevada como la acontecida en este singular invierno jaques;  desde que me tuve que alejar por las circunstancias de la vida de Jaca , –allá por 1967-, no he podido coincidir nunca,  ni compartir,  un invierno aquí,   por tanto solo en mi memoria, -atesorada y recogida en los  años de mi infancia-  perduran aun aquellos recuerdos de aquellas  nevadas formidables y sorprendentes…
Entrecierro mis  ojos, y los recuerdos me llevan a uno de aquellos días en que salíamos del colegio, mirábamos hacia un cielo  maquillado  de un rosado blanquecino -plomizo,  el aire ni siquiera se movía y la temperatura aunque muy fría apenas hacia mella en nuestros cuerpos, aclimatados a aquella latitud y esas temperaturas normales allí en la época invernal

-¡¡Va a nevar... Va a nevar!!-  esa era la sensación que bien conocíamos y notábamos en cuanto percibíamos esa  atmósfera, sin duda conocíamos perfectamente el escenario y ese ambiente que el cielo nos regalaba  en esos instantes exactos; la temperatura a esa hora  había caído por debajo de cero y había estado todo el día lloviznando aguanieve,  se preparaba una gran nevada sin duda.

La nieve no tardó demasiado en aparecer; primero unos minúsculos copitos se agitaban en la brisa  como preludio de los que un poquito más tarde  llegaría;   copiosos y grandes copos sustituyeron a sus hermanos minúsculos, y   no tardarían en engalanar de blanco los tejados y  calles de Jaca y de dibujar  y trazar un  inmaculado  manto sobre  el paisaje;   la gran  Peña Oroel,  las montañas colindantes de toda la  Jacetania y  la cadena pre-Pirenaica, con Collarada como capitana,  se enfundaban y engalanaban con su manto inmaculado blanco  invernal .

Para nosotros, los niños de entonces, -rudimentarios hasta la saturación- una nevada así, medio metro y a veces hasta casi dos, era un regalo sublime de la Naturaleza; Nos encantaba perfilar surcos sobre el blanco nítido y suave de la nieve; las calles y aceras se  habían extraviado o no existían;   trazar auténticos  laberintos con pasillos de tabiques de nieve sin sentido en la pradera blanca que se formaba en nuestro patio, e inventar las más disparatadas aventuras  dignas de audaces cosacos bolcheviques sobre la estepa  blanca recién creada en nuestro entorno.

Con dos cañas de escobas de barrer (de las de antes, de auténtica caña “gorda”) y un cajón de madera de embalaje de frutas, los niños del pasado siglo,  inventamos y construimos los mejores y más veloces trineos  de  la historia –tracción humana-;  con bastante  ignorancia del peligro,  mucha temeridad y  osadía sin límite, fuimos sin saberlo y sin pretenderlo los primeros   expertos e  intrépidos  “bobsleighs”  (Deporte Olímpico, de descenso de trineos)

Nuestra especialidad consistía, con nuestro singular y extravagante trineo,  en deslizarnos  por las calles, pendiente abajo ,  o en largas  laderas  de monte hacia abajo,  sin frenos y sin paracaídas:  Algunas veces, (casi todas)   “aterrizábamos como podíamos”   en los zarzales, otras en charcos helados que se resquebrajaban y rompían cuando nos recibían, otras chocando contra montículos o pedruscos y que nos escupían al aire, dando varias vueltas de campana, y otras en las que el trineo, evidentemente,  al no estar diseñado por ningún ingeniero de "Ferrari," simplemente se desintegraba por la velocidad y las vibraciones descontroladas;  frenar  era otra  dificultad mas añadida, y siempre mirando de reojo, que no se cruzara un árbol  en el camino y trayectoria  elegida por la inercia del propio trineo: no teníamos noción del peligro, eso no existía en nuestro vocabulario.

Había otra opción; consistía en atarnos los anoraks, o bolsas de plástico a la cintura y sentarnos sobre el mismo; el deslizamiento y velocidad eran parecidos,  pero en este caso “la carrocería” -nuestro trasero-  si había algún obstáculo sobresaliente que no hubiéramos apercibido, acababa bastante magullado, a veces con carcajadas incontroladas al hacer impacto sobre el llamado “hueso de la risa” que se encuentra en “sacro” lugar... (Lo digo por experiencia).

Lanzarnos rodando por la pendiente del Ferial y acumular durante  la caída toda la nieve que se adhería a nuestro cuerpo, formando auténticas bolas de nieve humanas, o hacer mini-poblados de pequeños iglús escarbados sobre la nieve donde nos escondíamos en nuestros juegos: tallar toda clase de figuras  plasmadas en monigotes y muñecos de nieve compacta, con su nariz de zanahoria sombrero de paja y la escoba de fusil,  o las guerras a bolazos de nieve en los glacis,  entre las diferentes pandillas del instituto o grupo escolar..

Recuerdos que vuelvo a saborear estos días, gracias a la tecnología de hoy,   viendo las fotos de mi querido pueblo; siempre añorado, siempre amado y siempre suspirado, su hechizo pervive para siempre en el corazón de quien lo ha conocido  y disfrutado.. y yo puedo decir que fui un privilegiado con aquellas vivencias.



                                    Este  es un pequeño reportaje de las nevadas en Jaca de este pasado mes de Enero del 2013.... casi igual, pero 50 años después... algo ha cambiado, pero  todo sigue siendo increíble allí...