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Recuerdos de Jaca: La Voz del Pirineo: historia y memoria de Radio Jaca (1958–1965)
Recuerdos de Jaca es un espacio personal donde vuelvo la vista atrás para rescatar vivencias, lugares y sensaciones de la infancia y juventud en la Jaca de los años 50 y 60. Historias sencillas, contadas desde la memoria y la nostalgia, que hablan de una ciudad, una época y una forma de vivir que aún permanece en el recuerdo.
Mis Amigos
martes, 24 de marzo de 2026
miércoles, 25 de febrero de 2026
LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE
Hubo un tiempo, en que un patio era un mundo entero.
Una mirada adulta a los recintos donde la infancia dejó su huella,
y a los tesoros invisibles que permanecen bajo sus baldosas.
Los patios no son solo espacios vacíos;
algunos guardan memoria y fantasías que aún susurran.
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El de las Casas Militares fue, durante un tiempo, un territorio sin fronteras: un suelo de cemento abierto a la imaginación, con aceras que nacían desde los portales y huecos preparados para árboles que nunca llegaron a nacer.
Para los adultos, un lugar de paso más.
Para nosotros, los niños de los años cincuenta y sesenta que jugábamos allí, era un escenario inmenso de aventuras y experiencias diarias. Todo un mundo.
Hubo un tiempo en que el patio no tenía límites.
Era un lugar fascinante e indómito, un reino cambiante, donde cada día se reunía toda la chiquillada, como una gran familia, para inventar mundos nuevos a través de juegos tan variados como nuestra imaginación pudiera crear.
Bastaba cruzar la puerta, para que la realidad se transformara: una cuerda se convertía en una serpiente dormida, un balón era un planeta errante, y las sombras del atardecer se convertían en gigantes que solo obedecían nuestras reglas.
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Así era la vida en el patio de nuestra infancia |
Con el paso de los años, sin darnos cuenta, dejamos de entrar corriendo en el patio.
Un día fue la última vez que bajamos a jugar, aunque entonces no lo supimos.
El espacio seguía allí, idéntico en apariencia, pero algo había empezado a cambiar: nosotros.
Las Casas Militares continuaban intactas, firmes y silenciosas, y parecía que ya no guardaban secretos.
Hoy las miro con ojos cansados y las encuentro distintas: más pequeñas, más grises, más reales. Ya no hablan, ya no esconden dragones bajo las escaleras, ni castillos en los portales. O eso parece.
Porque hay lugares que no se retiran del todo.
Hoy, bajo los suelos pulidos y las puertas cerradas, permanece intacto un tesoro invisible.
No está guardado para protegerlo del olvido, sino para que el olvido no pueda alcanzarlo jamás.
Está bajo llave y cien candados, sellado en la memoria del lugar.
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Allí, silenciosos, siguen nuestros juegos inocentes, los heredados y los inventados: las canicas, el escondite, la comba, las tabas, los cromos; las chapas de Mirinda, las carreras sin destino… junto a risas que no sabían de relojes ni de despedidas.El patio, aunque ahora parezca quieto, todavía respira. Cada baldosa conserva la huella de un salto, cada esquina guarda un secreto compartido.
Y cuando el viento lo cruza, si uno se detiene lo suficiente, puede escuchar el eco de aquella infancia feliz, susurrándonos en voz baja, recordándonos que alguna vez fuimos invencibles.
Quizá —solo quizá— seguimos siéndolo cada vez que regresamos a ese lugar, no con los pies, sino con el corazón.
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Cuando vuelvo hoy a ese patio ya no entro corriendo.Camino despacio, casi en silencio, como si temiera despertar algo que aún sigue latente en su memoria
Las Casas Militares me observan con una calma antigua y familiar, pero algo es distinto.
Sin embargo, al cruzar el umbral, algo reconoce el lugar antes incluso que mi memoria.
Aquí aprendí a inventar.
A transformar lo cotidiano en extraordinario, sin esfuerzo ni permiso.
Éramos exploradores, héroes improvisados, habitantes de mundos que nacían y morían en una sola tarde.
No sabíamos que aquello era felicidad; simplemente ocurría.
Ahora el patio parece más pequeño, como si se hubiera recogido en sí mismo.
El cielo queda más lejos, los edificios más bajos.
Pero sé que no es el lugar el que ha cambiado.
Bajo este suelo —lo presiento— siguen enterrados mis primeros sueños.
Intactos.
Esperando no ser rescatados, sino recordados.
En el silencio del patio, nuestros juegos permanecen vivos.
Porque hay lugares que no desaparecen: solo se repliegan.
Y ese tiempo, sigue vivo cada vez que lo miramos con los ojos de entonces.
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Este recuerdo no es solo mío.Pertenece a todos los que crecimos en aquellos patios de las Casas Militares durante los años 50 y 70, compartiendo juegos, ilusiones y una forma sencilla de ser felices.Fuimos parte de una generación que aprendió a imaginar sin pantallas y a convivir sin prisas.Si estas líneas despiertan una sonrisa en alguno de vosotros, entonces el patio habrá vuelto a latir una vez más.Porque en el fondo, nunca terminamos de irnos.
Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca
artículo publicado también en "Jacetania Express"
Un paseo por los recuerdos de Jaca: los patios donde la infancia aún late. Por Jorge de Aragón
martes, 16 de septiembre de 2025
JACA: TORMENTAS DE INFANCIA
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| Tormenta en el cielo de Jaca (Foto: Tere Castán) |
Con las últimas bocanadas del verano, desde mi retiro en un pequeño pueblecito de Tarragona, me descubro observando, a través de la cristalera del ventanal de mi buhardilla, una tormenta que ha nacido en cuestión de minutos.Casi sin darme cuenta, pegado al cristal, mi memoria se desliza hacia atrás en el tiempo y abre, como quien levanta la tapa de un viejo baúl, escenas entrañables de mi infancia: momentos que tuve la fortuna de compartir con mis padres y hermanos en nuestra patria chica, Jaca.
Tormentas de infancia en Jaca
Hubo veranos en Jaca en los que el tiempo parecía fluir más despacio, como si la infancia obedeciera a un reloj secreto.
En aquellas vacaciones de verano, los niños vivíamos invariablemente en la calle. Nuestra imaginación no conocía límites.Una tarde incipiente, aún con la manzana del postre en la boca, mis hermanos y yo corrimos hacia la ribera del canal que pasaba frente a casa. Allí inventábamos juegos que nacían de la nada.
Uno de nuestros favoritos consistía en recoger del suelo piñas de los pinos del Paseo de Jaca y arrojarlas al agua. Cada piña era un barco con destino incierto.
Corríamos tras ellas con la impaciencia de los niños; las recogíamos una y otra vez durante horas y volvíamos a lanzarlas sin sospechar que, en lo alto de nuestras cabezas, el cielo estaba preparando otro juego, mucho más grande que el nuestro.
La llegada de la tormenta
“El verano que olía a lluvia”
La brisa que soplaba de San Juan de la Peña llegaba primero como un murmullo, y en un instante se volvía vendaval.
Nuestro campamento en el balcónLos nubarrones cerraban el horizonte, y las gotas —gordas como almendras de cristal, empezaban a empaparnos sin compasión, obligándonos a huir a toda carrera; el cielo comenzaba a rugir y nuestras "naves" quedaban abandonadas, a la deriva.
La tierra, agradecida, se impregnaba de ese aroma a lluvia recién nacida que aún hoy me persigue como un murmullo cómplice
"La infancia sabe escribir poesía con lluvia, familia y un balcón en Jaca."Ya en casa, nuestro sencillo comedor con balcón al exterior se transformaba en un improvisado campamento. Bastaban unas sillas, sabanas y escobas para improvisar y levantar una tienda imaginaria frente al ventanal.Desde allí presenciábamos fascinados la frenética tormenta, privilegiados espectadores de la gran función de la naturaleza.
Los chopos de la ribera del canal se volvían danzarines solemnes al compás del viento; los relámpagos dibujaban culebrinas de fuego sobre el cielo, y los truenos, con su voz grave, marcaban el ritmo de la obra.Mientras tanto, mi madre repartía bocadillos de chistorra y mi padre se sumaba a la complicidad de la tropa. Nosotros, embobados, nos dejábamos envolver por aquel teatro infinito, nuestra gran pantalla de cine que la naturaleza nos regalaba .
Éramos un campamento familiar unido bajo un mismo asombro. Y nada más nos parecía necesario
El arco iris"En cada tormenta aprendí que la felicidad puede caber en una tarde de verano, bajo un cielo de tormenta y que siempre regala su arco iris."
Después, casi siempre, llegaba la calma: cuando la tormenta amainaba y el cielo se abría aun con cierto recelo entre la tenue cortina de agua del horizonte, un arco iris tímido se tendía sobre el valle, como si la tormenta pidiera perdón por su violencia.
Ese arco iris era nuestro premio, nuestro epílogo de luz.
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| Arco iris con Oroel de fondo. (Foto: Tere Castán) |
Hoy, al evocarlo, sé que aquellas tardes eran mucho más que veranos.Eran refugios contra el olvido, páginas doradas de un libro que ya no se escribe. La infancia pasó, las casas cambiaron, las voces se hicieron adultas.Pero aún con los ojos cerrados, puedo volver allí: al balcón, al campamento, al olor de la tierra mojada, al murmullo de la tormenta.Y pienso que quizá la felicidad no sea otra cosa que eso: una tarde en Jaca, con mi familia, bajo un cielo que rugía… y un arco iris que, invariablemente, llegaba después
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“A mis padres y hermanos, que me enseñaron que la verdadera felicidad cabía en un balcón, un bocadillo de chistorra y una tormenta de verano.”
A Jaca y a mi infancia, que aún saben traerme de regreso con solo oler la lluvia.”
Jorge De Aragón
Recuerdos de Jaca
domingo, 10 de agosto de 2025
OROEL MI DAMA
Oroel, mi DAMA
Con este post no intento describir
solo mis recuerdos ..
creo que más bien
es honrar una vida, una infancia,
un hogar y una montaña que me
abrazó como una madre de piedra y cielo.
La Máquina del
Tiempo
Si existiera la ocasión de meterse
en las aventuras de H.G. Wells y poder viajar en la máquina del tiempo, o de
montarme en un sueño mágico y conseguir que esa ilusión se hiciera realidad…
mi mejor sueño, no hay duda,
sería volver a revivir mi niñez en
estas tierras.
En aquellos años increíbles,
llenos de la más tierna ingenuidad
de mi infancia,
junto a mis seis hermanos y con
todos los amigos
que allí forjé, y que, después de
tanto tiempo,
nunca he olvidado.
AÑOS 60
Éramos siete hermanos …
Íbamos de la mano, como una cadena
humana
Sergio el mayor —“Tate”— me guiaba
a mí,
y yo, “Tote", guiaba a Pablo.
Después vinieron Gustavo,
"Queco”, Alberto, "Chiqui", Olga "Nana" y Roger
"Piko"
como notas nuevas en la melodía de
nuestro hogar.
Durante aquellos años vivimos una
infancia plena,
libre, salvaje y feliz.
Jaca aún era un pueblo grande,
envuelto en un paisaje en estado
puro,
y cada día
era una aventura dibujada por la
ilusión.
La vida en Jaca empezaba temprano.
Las mañanas olían a pan reciente, a
tierra húmeda, a leña de hogar.
Y los días eran tan largos que
cabía dentro de ellos
todo un mundo por inventar.
Mi madre, paciente y valiente,
sostenía el centro de nuestra
pequeña constelación familiar.
Mi padre, con su uniforme de
militar,
nos imponía respeto, pero también
seguridad.
Sabíamos que, aunque no lo dijera,
su amor estaba ahí, en las cosas
calladas:
en los paseos, en los silencios
compartidos,
en las veces que nos miraba sin
decir palabra.
Mis hermanos y yo éramos una tribu
salvaje.
Saltábamos acequias, trepábamos
árboles,
inventábamos guerras y reinos,
con palos por espadas y piedras por
castillos
A veces creíamos que éramos soldados como papá.
Otras, que éramos pastores
o exploradores en busca de tesoros,
y, sobre todo, siempre nos sentíamos libres,
Porque Jaca,
en aquellos años,
no tenía rejas.
Solo bosques, caminos, huertas
regadas
por el Rio Aragón y rodeada
de altas montañas.
Y la más bella de
todas… era "ella".
allí, destacando en el horizonte,
y en cada amanecer claro,
estaba su silueta.
Oroel, Mi Dama
Allí estás, serena y altiva,
Mi Dama de piedra y viento,
guardiana silente de mis juegos,
de mis pasos pequeños
sobre el mundo que apenas
comenzaba.
Tu falda, tendida de pinares,
campos y surcos
Se extendía como un manto verde y
me envolvía como un susurro antiguo
y acogedor,
y tu cima, tan alta,
parecía acariciar las nubes
mientras te admiraba,
absorto desde la estatura de
mi pequeñez
Fuiste muro y ala,
fuiste eco y promesa,
la silueta que me protegía y
abrazaba desde lejos
cuando el miedo asomaba en las
esquinas.
Hoy vuelvo a ti en mis
recuerdos,
desde la atalaya mágica de mis
sueños
Mi Dama,
con la certeza de que sigues ahí,
inmutable y sabia,
como un secreto que sólo la
infancia entiende.
Inmensa.
Firme como un juramento antiguo.
La montaña que velaba nuestros
juegos,
nuestros sueños,
nuestros pasos descalzos entre
hierba y charcos.
Mi Dama,
coronada de nieves o cubierta de
sol,
nos miraba cada mañana con ojos de
piedra y cielo.
Nunca hablaba,
pero yo le entendía.
Su silencio era el idioma
Solo con el susurro del
viento yo la comprendía.
y nos brindaba abrigo y protección
porque con ella cerca,
nunca estábamos solos.
A veces, cuando cerraba los ojos,
sentía que ella me llamaba desde su
cima calva,
como si me cuidara sin pedirle
nada,
como una madre guardiana, callada y
eterna.
Se alzaba sobre nosotros,
siempre firme, siempre
omnipresente.
Oroel.
Oroel.
Mi Dama.
Vestida de estaciones,
envuelta en cielos cambiantes,
inmóvil y eterna.
sin hablar,
su silencio, me susurraba.
Era una figura protectora,
como si con su sombra y su altura
quisiera asegurarse
de que nada malo nos sucediera
a los niños que jugábamos a
sus pies.
A veces creía que me conocía.
Que sabía mi nombre.
Que cuando el sol la tocaba en la
cima,
me saludaba y sonreía
con su abrazo cálido y
maternal
Y aún hoy,
cuando la nombro o la sueño,
mi pecho se llena de una paz que no
sé explicar,
como si esa montaña supiera todos
mis secretos
y los custodiara
en su pecho de piedra.
Oroel nos miraba desde lejos
Desde cualquier parte del
pueblo podíamos verla, altiva, inmóvil,
como si el cielo mismo hubiera
apoyado ahí su bastón.
Oroel. Mi Dama.
Para mí, ya desde niño,
no era solo una montaña gigante y
dormida
Era un refugio imaginario,
una promesa silenciosa,
una presencia materna que no
necesitaba palabras.
Si algún día me sentía solo,
bastaba con buscarla en el
horizonte.
Me gustaba ver como la niebla a
veces
se levantaba lentamente de su
pecho de piedra,
como un velo que se descorre
para mostrarla en todo su
esplendor
Allí estaba.
Inmutable.
Fiel.
Mía.
A veces pensé y creía que me
entendía.
Que me protegía desde esa distancia
majestuosa,
como un ángel de piedra que no
necesitaba alas
para volar por mis sueños.
Un día —aún lo
veo claro— con Pablo y nuestros amigos
subimos a Oroel con la energía
intacta de quienes no conocen el cansancio.
La caminata era larga,
pero a cada paso el mundo se hacía
más nuestro:
el bosque murmuraba leyendas,
las piedras hablaban en voz baja,
y los pájaros parecían guiarnos sin
darnos cuenta.
Llegamos a la cima justo antes de
que el cielo se volviera gris.
De pronto,
una gran tormenta nos sorprendió,
como si el cielo se hubiese abierto
de golpe
para reírse con nosotros.
Corrimos cuesta abajo,
empapados por la lluvia,
mojados hasta los huesos,
resbalando y riendo,
cantando como si el mundo se fuera
a acabar…
y no nos importara.
—“Que llueva, que llueva…”
gritábamos a coro, desafinados y
felices,
mientras el barro nos manchaba las
rodillas
y el viento nos empujaba como un
juego más.
Yo miré hacia atrás un instante.
Y allí estaba ella.
Oroel.
Mi Dama.
Rodeada y embardunada de nubes
oscuras
como si también se estuviera
riendo,
como si la tormenta fuera su forma
de jugar con nosotros.
Aquel día,
mi infancia se llenó de agua,
de barro,
de canciones…
y de eternidad.
“Es, uno de mis mejores recuerdos
que guardo de Jaca,
porque Jaca para mí
significa nobleza,
significa poesía,
significa naturaleza,
significa niñez,
significa inocencia,
y significa mantener
intactos todos los valores
que un día unos padres muy
especiales
inculcaron en esa singular y
maravillosa tierra altoaragonesa
a siete hermanos vinculados para
siempre a ella.”
.........................................................
Quiero
recordar y honrar este recuerdo tan especial
A mis padres, Luis y Antonia,
que nos dieron raíces firmes
y el amor que sostuvo nuestra
infancia
bajo la mirada de Oroel.
A mis hermanos Sergio y Pablo,
compañeros de juegos, lluvia y
canciones,
que partieron antes,
pero siguen vivos en cada recuerdo
y en cada soplo de viento
que baja desde la cima de mi Dama.
Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca
artículo publicado también en
"Jacetania Express"
https://jacetaniaexpress.com/oroel-mi-dama-por-jorge-de-aragon/










