Mis Amigos

miércoles, 10 de octubre de 2012

AVENTURA EN ASIESO

 Asieso: la noche que nunca se fue

Hay noches que no buscan explicación. Solo quedarse.


“El misterio de aquella noche en Asieso” 

Prólogo

Hay recuerdos que no se disipan con los años. Permanecen ahí, quietos, esperando. Basta una mirada en la dirección adecuada para que regresen con toda su fuerza.

Asieso, visto hoy desde Jaca, es un lugar tranquilo. Pero cada vez que mis ojos se posan en ese punto del paisaje, vuelve una noche sin luna, una oscuridad cerrada y tres muchachos convencidos de que podían con todo.

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Esta es la historia de aquella noche. O, mejor dicho, del recuerdo que nunca se terminó de disipar.

Se nos ocurrió de repente, como se les ocurren las cosas importantes a los quince años: con mucha ilusión, sin medir consecuencias.

Asieso desde Jaca en 1969
Fue Lorenzo quien lanzó la idea, casi como un reto arrojado al aire: acampar en la montaña, cerca del pueblecito de Asieso, pasar la noche solos, sin luna, sin adultos, sin más compañía que nuestra temeridad. O nuestra supuesta valentía.

Nunca habíamos montado una tienda de campaña. No sabíamos leer el campo, desconocíamos todo, pero con nuestro arrojo y mucha ignorancia,  creíamos saberlo todo.

Vivíamos los tres en las casas militares de Jaca. Éramos amigos inseparables. Vicente consiguió la tienda de campaña, por aquellos medios que solo funcionan cuando uno es joven y no hace demasiadas preguntas. Lorenzo y yo aportamos los víveres, obtenidos a hurtadillas de las alacenas de nuestras casas. No había otra manera de hacerlo, cualquiera le explicaba a nuestro padres lo que pretendíamos hacer 

Salimos a media tarde, cargados como podíamos; contentos y riendo, emocionados y la intriga por compañera 

 Rellenamos las cantimploras en la fuente del Rompeolas, donde el agua brotaba fría y clara de un caño oxidado. Vicente llevaba la tienda a la espalda. Yo cargaba un cesto con pan, queso, chorizo pamplonica, un par de tortitas más dos paquetes de galletas María.

Lorenzo caminaba delante,  orgulloso, con sus armas improvisadas: cañas afiladas  a modo de lanzas, un arco fabricado a base de  ramas de fresno, tres flechas recién acabadas y una navaja enorme para nuestras manos adolescentes. Repetía una y otra vez, que aquel armamento bastaría para ahuyentar lobos, jabalíes o cualquier bicho que se atreviera acercarse a nuestro “campamento”. Siempre creímos que el campo estaba lleno de aventura y peligros invisibles.

Atravesamos el Rio Aragón por el puente San Miguel, y en poco estábamos en la zona escogida.

Lorenzo y Jorge montando la tienda (1969)

Nos llamó la atención una pequeña explanada, cerca de Asieso, junto a una espesa arboleda y una tapia que separaba un huerto. Montamos la tienda como pudimos, ayudándonos más de la intuición que del escaso conocimiento. 

Al caer la tarde nos sentamos a su lado, orgullosos, contemplando el mundo como si fuera nuevo.

El río Aragón, a unos pocos cientos de metros, murmuraba sin pausa. Los grillos y las cigarras impregnaban el entorno. Los olores del campo y de la montaña nos envolvían. A lo lejos sobre la meseta, divisábamos Jaca, nuestras casas, nuestra seguridad.

—Qué valientes somos —dijo Vicente riendo—. Nuestra primera noche fuera de casa, solos y sin que nadie nos mande.

Reímos los tres. Aún no sabíamos.

La puesta de sol, desde esa ubicación, fue lenta y hermosa. El cielo se llenó de nubes rosadas que se diluían en tonos más suaves, y se deshacían poco a poco. Las sombras avanzaron sin prisa y las primeras estrellas aparecieron, tímidas.

Vicente y Jorge  reposando despues de montar la tienda (1969)
Cenamos bocadillos improvisados, bebiendo a sorbos de la cantimplora. Las galletas y los sobrantes comestibles quedaron en el cesto, a un lado de la tienda,  por si antes de ir a dormir teníamos algún capricho, además de reservar algo para reponer fuerzas a la vuelta.  

La noche cayó de golpe. Y entonces nos quedamos a oscuras.

No había luna. Nada. Solo estrellas que apenas iluminaban. La oscuridad era tan espesa que no podíamos vernos las caras. Hablábamos intranquilos para no perdernos. Nos tocábamos las manos para asegurarnos de que seguíamos siendo tres.

El desasosiego llegó despacio, sin avisar. Una inquietud que crecía. Pensamos en encender las velas, pero queríamos guardarlas. Aguantar un poco más.

Entonces algo pasó.

No sabemos a qué hora. Solo que el aire se movió con estrépito. Escuchamos ramas crujir. Un batir de lo que parecían alas sobre nuestras cabezas. Una sombra imponente cruzó la espesa penumbra. Y aquel sonido… un rugido grave, antiguo, imposible, que nos atravesó por dentro.

El campo ya no estaba vacío. Y nosotros lo supimos sin necesidad de ver nada.

Poco antes de anochecer, Vicente y Jorge (1969)

No pensamos. Corrimos. Nos metimos en la tienda atropelladamente, uno sobre otro. Gritamos. Nos abrazamos con una fuerza desesperada. La tienda se convirtió en refugio, en trinchera, casi en un túnel donde escondernos del mundo.

Las horas pasaron lentas y muy largas. Afuera, la noche se llenó de ruidos, no se callaba: ramas crujiendo, jadeos irreconocibles, ladridos lejanos, grillos interminables. Cada sonido era una amenaza. 

Susurrábamos teorías: lobos, jabalíes, algo peor. Ninguno dormía. Esperamos el amanecer como quien espera una liberación.

Cuando la primera luz afloró, por las rendijas de la cremallera de la tienda, y un gallo cantó a lo lejos, el campo volvió a parecer tranquilo. Salí con cautela. Todo estaba en su sitio. O casi.

La comida, abandonada por las urgencias en el exterior de nuestra tienda, había desaparecido. Y aquel detalle, pequeño en apariencia, terminó de sellar el misterio.

Las galletas, el chorizo, el queso.

 Nadie tocó ni rozó la tienda. Nada dejó huellas claras. Nos miramos en silencio. No había explicación sencilla.

Recogimos todo atropelladamente, no queríamos estar más tiempo allí, De nuestra osadía y valentía no quedaba ni rastro. Regresamos a esas tempranas horas sin cruzarnos con nadie. A paso ligero.  La incógnita quedó para siempre.

Con el tiempo, las anécdotas de aquella noche se convirtieron en historia compartidas, repetidas y narradas ya sin miedo, entre nuestra cuadrila, pero con cierta reticencia. Pero el misterio nunca se fue.

Hoy sé que hay noches que no buscan respuestas. Aquella nos enseñó el valor de la amistad, el peso del miedo compartido y la forma en que algunos recuerdos, precisamente por no entenderse del todo, nos acompañan toda la vida.

Asieso ya no es solo un lugar. Es una noche que sigue caminando conmigo.

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A Vicente Prieto Saturnino y a José Manuel Lorenzo Tato. Amigos, compañeros y hermanos de una noche que nunca se apagó.


Jorge de Aragón



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