Mis Amigos

martes, 9 de junio de 2026

ENTRE DOS MUNDOS Y EL REGRESO

ENTRE DOS MUNDOS Y  EL REGRESO 

 




         Entre dos mundos

De la niebla de Góriz a los andenes de Zaragoza

Pudimos descansar y dormir relativamente bien.

Creo que lo hubiéramos conseguido incluso de pie.

El cansancio acumulado durante aquellos días reclamaba descanso a cualquier precio, y los bancos de la sala nos parecían ahora más cómodo que muchas camas.

Me recliné ligeramente en uno de ellos.

Observaba a mis compañeros, mientras mi cabeza seguía repasando los acontecimientos de aquel larguísimo día.

La salida de Góriz.

La niebla.

La lluvia.

La torrentera.

La llegada a Torla.

La noticia del autobús.

Ignacio.

Pedro.

La estación de Zaragoza.

Parecía imposible que todo aquello hubiera ocurrido en apenas unas horas.

También recordé que, desde aquel café con leche y las galletas en el bar de Ignacio, prácticamente no habíamos vuelto a comer nada.

El cansancio, unido al hambre, empezaba a pasar factura.

Ramón y Toni dormían atravesados entre dos bancos.

Alguien roncaba suavemente.

Las mochilas hacían las veces de almohadas improvisadas.

Miré el reloj.

Pasaba de la una de la madrugada.

Finalmente me acomodé como pude sobre uno de los bancos y el sueño terminó por vencerme.

No sé cuánto tiempo pasó.

Un ruido lejano, o quizá una mala postura, me despertó sobresaltado.

Intenté incorporarme y un dolor punzante me recorrió la espalda.

Había pasado media noche con medio cuerpo fuera del banco.

Miré el reloj.

Las seis y media.

Aún era completamente de noche.

Intenté volver a dormirme.

Fue inútil.

Mis compañeros seguían durmiendo plácidamente 

así que decidí salir a dar una vuelta.

El aire fresco de la madrugada me despejó de inmediato.

Cerca de la sala comenzaban a abrir la cafetería de la estación.

Algunos empleados colocaban mesas y sillas.

Otros preparaban el servicio del día.

Todo parecía despertar lentamente.

Caminé entre los andenes hasta las taquillas.

Quise cerciorarme de que había leído bien, y que abrían a las 8, una hora antes de la salida de nuestro tren.

Después me senté unos minutos en un escalón.

Y simplemente observé.

Había algo extraño en aquella situación.

Menos de veinticuatro horas antes me había despertado bajo una tienda de campaña empapada por la lluvia y envuelta por la niebla, a los pies de Monte Perdido.

Ahora estaba sentado en una estación ferroviaria contemplando el ir y venir de empleados, viajeros y locomotoras.

Dos mundos completamente distintos.

Y, sin embargo, ambos formaban parte de la misma aventura.

Mientras observaba aquel despertar ferroviario me sorprendí pensando algo curioso.

Si hubiera podido elegir entre estar allí o volver a despertar bajo la lluvia en Góriz, habría escogido la segunda opción sin pensarlo demasiado.

Aquello me hizo sonreír.

Porque comprendí que ya empezaba a echar de menos la montaña.

Ordesa.

Los senderos.

Los refugios.

Incluso las incomodidades que durante tantos días habíamos maldecido.

También pensé en Jaca.

Ese lugar entre montañas al que pertenecemos Pablo y yo, y al que nos gustaría volver algún día para siempre.

Con mi pequeño paseo y mis reflexiones ya había pasado un buen rato.

Hasta que un aroma inconfundible comenzó a extenderse por la estación.

Café recién hecho.

Tostadas.

Bollería caliente.

El estómago reaccionó inmediatamente.

Después de tantos esfuerzos y tantas horas casi sin comer, aquello era una llamada imposible de ignorar.

Regresé a la sala.

Mis compañeros ya comenzaban a desperezarse.

Algunos bostezaban

--Donde estabas, creíamos que te habías fugado, me soltó Pablo.

--No, casi me caí del banco, y ya no pude coger el sueño, Sali a tomar el aire.

-- vosotros sí que habéis aprovechado bien la “suite” que nos regaló el director, bromee.

-- Si, “cinco estrellas ferroviarias” … casi nada, siguió Ramon.

-- Al menos hemos estado tranquilos, y se agradece... comparado con lo que nos podía haber fastidiado el empleado con cara de pocos amigos.

--¿Qué tal el tobillo Germán?

—Ahora mismo me duele todo por igual. Pero lo llevo mejor…

¿Qué tal si nos adecentamos un poco y desayunamos en la cantina que está aquí al lado? supongo que estaréis hambrientos.  Propuse...

El aroma del café, y las pastas que hay en el aparador os va a abrir el apetito de golpe… 

Yo, el estómago lo tengo ya en los tobillos dijo German…

La ocurrencia hizo que soltáramos una carcajada general… 

Pues yo me comería un toro, dijo Toni.

A mí me da igual si tengo que comerme un chusco con moho bañado en el café, bromeó Pablo.

Ramón fue más original.  –¿te has fijado si tienen churros?

Martin sonreía, mientras decía, si... sí., vosotros mucho cachondeo, pero si seguimos aquí de cháchara, nos va a dar la hora de salir, sin comer nada.

Y aún hay que sacar los billetes ...

---venga, tienes razón, vamos que se enfría el café…

Recogimos el equipaje, cerramos las mochilas y salimos al pasillo.

Nos sentamos en una mesa justo a la ventana de la cantina.

Pedimos café con leche, galletas, croissants y algunas milhojas de crema.

Eran ya las 8.10, y las taquillas ya estaban abiertas.

Mientras preparaban los desayunos me acerque con Martin a comprar los billetes.

Desayunamos saboreando la bollería y el café con leche, en animada charla entre bromas y ocurrencias sobre algunas de nuestras andanzas.    

 

El regreso

Estuvimos sentados en la terraza de la estación escuchando los distintos avisos de llegadas y salidas hasta que, de pronto, los altavoces anunciaron:

—Próxima entrada por vía 3. Tren expreso con destino Barcelona. Salida a las 9:05.

Miré el reloj.

Las 8:50.

Había llegado el momento.

Recogimos las mochilas con rapidez y atravesamos el paso subterráneo que comunicaba los andenes. En menos de cinco minutos ya estábamos esperando junto a la vía de salida.

La locomotora apareció poco después.

Su silbido característico resonó por toda la estación mientras arrastraba aquellos viejos vagones de madera que tan familiares nos resultaban ya.

Cuando el tren se detuvo, subimos rápidamente y buscamos asiento junto a las ventanillas.

Detrás de nosotros fueron entrando más viajeros que se acomodaban tranquilamente en los distintos compartimentos.

Por un instante nos miramos sin decir nada.

Empezábamos a comprender, sin necesidad de palabras, que algo estaba llegando a su fin.

A las 9:05, puntual, el tren arrancó con cierta parsimonia, como si la máquina también se hubiera contagiado de la misma nostalgia que comenzaba a instalarse dentro de nosotros.

Zaragoza apareció brevemente al otro lado de los cristales.

Por primera vez la veíamos de día.

No dejaba de ser curioso.

Habíamos atravesado la ciudad dos veces en apenas unos días y ambas veces bajo la oscuridad de la madrugada o de la noche.

Aquella rápida visión de calles, edificios y avenidas iluminadas por la luz de la mañana nos mantuvo unos minutos absortos junto a las ventanillas.

Pero pronto la ciudad quedó atrás.

El tren comenzó a cruzar las interminables llanuras aragonesas rumbo al este.

Y el silencio volvió a instalarse en el vagón.

Alguno ya empezaba a cabecear vencido por el cansancio cuando Toni, como tantas veces, rompió la monotonía.

—Bueno... ¿y la francesita que ligaste a la ida, Pablo?

Pablo soltó una carcajada.

—¡Qué más quisiera yo!

Ramón levantó la vista hacia el techo y añadió teatralmente:

—Yo me quedo con Helen, la chica del camping. Qué guapa era... Me enamoré.

—Y no le pediste el teléfono —remató Martín.

—Ni falta que hacía —intervino Toni—. Su hermana ya te tuvo bastante entretenido metiéndote goles.

La ocurrencia provocó una carcajada general.

Aquella risa fue como una señal.

De repente comenzaron a reaparecer recuerdos de todas partes.

—Mira que nos han pasado cosas —comentó Pablo.

—A mí la tormenta no se me olvidará jamás —dije—. Si Pablo y Ramón no llegan a sujetar los mástiles de la tienda...

Negué con la cabeza.

—No quiero ni pensarlo.

—Ni yo —añadió Germán—. No me gustan las tormentas. Y menos en mitad de la montaña.

—¿Y los pajarracos? —recordó Ramón.

—Aquellos ya venían a por nosotros directamente.

—Calla, calla... ¿y el refugio bajo la piedra? —añadió Pablo.

—¡¡Que viene el monstruo de Ordesa!! —gritó Toni.

Las risas volvieron a llenar el vagón.

Poco a poco comprendimos algo curioso.

Ya no hablábamos de las dificultades.

Nadie mencionaba el cansancio.

Ni el frío.

Ni el hambre.

Ni las ampollas.

Ni los momentos de preocupación.

De todo aquello solo parecíamos conservar las anécdotas.

Las bromas.

Los disparates.

Las situaciones absurdas.

Los momentos compartidos.

Era extraño.

Apenas habían pasado unos días y la memoria ya estaba haciendo su trabajo.

Ya no hablábamos de lo que nos esperaba en Barcelona.

Hablábamos de lo que dejábamos atrás.

Entre conversación y conversación apenas nos dimos cuenta de que el tren avanzaba rápidamente hacia Tarragona.

Entonces fue Germán quien interrumpió las risas.

—Mirad... el mar.

Todos giramos la cabeza.

Y allí apareció.

El Mediterráneo.

Azul.

Inmenso.

Brillante bajo la luz de la mañana.

Su aparición tuvo algo de despertador.

Durante horas habíamos seguido hablando como si todavía estuviéramos en Ordesa.

Como si las montañas continuaran acompañándonos.

Pero aquel horizonte azul nos devolvió de golpe a nuestra realidad cotidiana.

Barcelona estaba cerca.

Demasiado cerca.

Ver aquella costa nos produjo una sensación difícil de explicar.

Solo veinticuatro horas antes estábamos bajo las nieblas del Perdido.

Atravesando el Circo de Soaso.

Pisando barro.

Salvando torrentes.

Ahora contemplábamos playas tranquilas y un mar sereno.

El contraste era tan enorme que costaba asimilarlo.

Quizá por eso seguimos observando el paisaje en silencio durante largo rato.

A escasos metros de la vía, el mar nos acompañaba como un cómplice más de viaje.

Las playas aparecían todavía poco concurridas a aquellas horas.

Muy distintas a las que habíamos visto repletas de gente el día que partimos hacia Ordesa.

Y, sin embargo, nuestra cabeza seguía allá arriba.

Entre montañas.

Entre refugios.

Entre senderos.

Entre recuerdos.

Poco después el tren comenzó a internarse en los alrededores de Barcelona.

Las edificaciones fueron multiplicándose.

Los barrios aparecieron uno tras otro.

Y finalmente el convoy se adentró en los túneles de acceso a la ciudad.

Todo quedó sumido en la oscuridad.

Hasta que, de repente, la luz regresó.

La Estación de Francia.

Habíamos llegado.

El tren se detuvo con un golpe seco.

Y durante unos segundos nadie se movió.

Habíamos pasado diez días deseando volver.

Sin embargo, ahora que por fin estábamos allí, ninguno parecía tener demasiada prisa por levantarse.

Quizá porque todos sabíamos que al cruzar aquellas puertas algo terminaría definitivamente.

Permanecimos sentados unos instantes más.

Mirándonos.

Sonriendo levemente.

Como si el viaje estuviera todavía suspendido en una especie de paréntesis.

No recuerdo quién se levantó primero.

Pero finalmente comenzamos a bajar uno tras otro.

Con cierta desgana.

Cargamos las mochilas sobre los hombros y mientras caminamos hacia la salida de la estación alguien comentó…

—Lo primero que hay que hacer es revelar los carretes —

—Como no haya salido ninguna foto, después de todo lo que hemos pasado...

—Pues tendremos que volver a Ordesa a repetirlas —remató Toni.

Las risas volvieron a estallar.

Aún no lo sabíamos, pero aquellas fotografías terminarían convirtiéndose en uno de los tesoros más valiosos de toda la aventura.

Ya en la calle acordamos volver a vernos un par de días después en la buhardilla.

Había que recoger material.

Devolver la tienda alquilada.

Revelar las fotografías.

Y, sobre todo, volver a reunirnos para seguir hablando de todo aquello.

Nos despedimos con un sencillo:

—Nos vemos en la buhardilla.

Martín y Germán se dirigieron hacia el metro de Las Ramblas.

Ramón tomó otra dirección.

Pablo, Toni y yo emprendimos el camino de regreso a pie por las mismas calles desde las que había comenzado la aventura.

Y antes de desaparecer entre la gente, todos nos volvimos una última vez.

Levantamos la mano.

Sonreímos.

Y seguimos nuestro camino.

Sin saberlo, acabábamos de cerrar una de las aventuras más importantes de nuestra juventud.

Aunque entonces ninguno podía imaginar que, más de cincuenta años después, seguiríamos recordándola.

 

EPÍLOGO

Cuando regresamos a Barcelona aquella mañana de septiembre de 1972, creíamos que todo había terminado.

La excursión había concluido.

Habíamos vuelto a casa.

Delante de nosotros nos esperaban nuevamente las obligaciones, los estudios, el trabajo para algunos, las rutinas de siempre y la vida cotidiana que habíamos dejado aparcada durante unos días.

Recuerdo que nos despedimos en la calle con la naturalidad propia de la juventud.

Con la sensación de que volveríamos a vernos muy pronto.

Y así fue.

Todavía quedaban las fotografías por revelar.

La tienda que devolver.

Las anécdotas que comentar.

Y muchas horas de conversación reviviendo cada episodio de aquella aventura.

Sin embargo, ninguno de nosotros podía imaginar entonces lo rápido que pasarían los años.

Ni los caminos tan distintos que terminaríamos recorriendo.

Porque la vida tiene esa extraña costumbre de avanzar sin pedir permiso.

Un día eres un muchacho que atraviesa Ordesa con una mochila al hombro.

Y casi sin darte cuenta te descubres mirando medio siglo hacia atrás.

Con los años he comprendido algo que entonces aun no pasaba por mi cabeza.

Los recuerdos más valiosos de aquella aventura no fueron las montañas.

Ni los kilómetros recorridos.

Ni siquiera las dificultades que tuvimos que superar.

Lo más importante fueron las personas con quienes compartí aquel viaje.

La amistad.

Las risas.

Las conversaciones interminables.

Las bromas que aparecían incluso en los momentos más complicados.

La solidaridad espontánea que surge cuando varios amigos avanzan juntos por el mismo sendero.

Porque las montañas eran extraordinarias.

Pero lo verdaderamente irrepetible eran aquellos muchachos que las recorrían.

A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo vernos caminando por los senderos de Ordesa.

Escucho las voces.

Las discusiones sobre el camino correcto.

Las carcajadas alrededor de la tienda.

Los comentarios absurdos que terminaban haciéndonos reír a todos.

Y entonces comprendo que el tiempo puede alejar muchas cosas.

Pero no consigue borrar aquello que quedó grabado de verdad en el corazón.

Hoy algunos de aquellos compañeros ya no están.

Pablo.

Toni.

Nombrarlos todavía despierta en mí una mezcla difícil de explicar.

Tristeza, sin duda.

Pero también gratitud.

Mucha gratitud.

Porque tuve la suerte de compartir con ellos una parte irrepetible de la vida.

Mientras escribía estas páginas me ocurrió algo inesperado.

Volví a escuchar sus voces.

Volví a recordar sus bromas.

Sus ocurrencias.

Sus gestos.

Fue como si durante unas horas hubieran vuelto a caminar a mi lado por aquellos senderos.

Como si el tiempo hubiera decidido concedernos una última excursión juntos.

Quizá por eso sentí la necesidad de terminar este relato.

Porque de algún modo estas páginas también les pertenecen.

A ellos.

Y a todos los que compartimos aquella aventura.

No he querido escribir una historia de montañismo.

Ni un libro de hazañas.

Ni una guía de excursiones.

He querido conservar un puñado de recuerdos antes de que el tiempo terminara desgastándolos.

Y también rendir homenaje a una forma de vivir que hoy parece muy lejana.

Aquellos años en los que viajábamos con poco dinero, mapas de papel, mucha ilusión y una confianza casi ingenua en que todo acabaría saliendo bien.

Mirando atrás, creo que la montaña nos enseñó muchas cosas.

Nos enseñó a esforzarnos.

A improvisar.

A convivir.

A confiar unos en otros.

Pero, sobre todo, nos enseñó algo que he seguido encontrando a lo largo de toda mi vida.

La bondad de las personas.

La encontramos en aquellos compañeros de viaje.

En Ignacio.

En Pedro y su hermano.

En el director de la estación.

Y en tantas personas que aparecieron en el momento oportuno para tender una mano cuando más la necesitábamos.

Por eso, si hoy tuviera que resumir aquella aventura en una sola enseñanza, no hablaría de montañas.

Hablaría de personas.

Porque las cumbres impresionan.

Los paisajes deslumbran.

Pero son las personas las que permanecen.

Las que dejan huella.

Las que terminan formando parte de nuestra propia historia.

Han pasado más de cincuenta años.

Y, aun así, cuando vuelvo a contemplar aquellas fotografías, sigo viendo algo más que montañas, senderos o refugios.

Veo rostros.

Escucho voces.

Recuerdo risas.

Y siento el mismo agradecimiento que sentí entonces.

Porque tuve la suerte de vivir aquella aventura.

Porque tuve la suerte de compartirla.

Y porque, después de tantos años, todavía he podido regresar una vez más a aquellos caminos.

Aunque esta vez el viaje no haya sido por los senderos de Ordesa.

Sino por los senderos, mucho más frágiles y misteriosos, de la memoria.

 

 A Pablo, mi hermano.

A Toni, Ramón, Germán y Martín.

Compañeros de camino.

La vida nos llevó después por senderos diferentes.

Algunos quedaron lejos.

Otros permanecieron cerca.

Y algunos emprendieron demasiado pronto el último viaje.

Pero cuando vuelvo a recorrer aquellos días de Ordesa, todos regresáis.

Jóvenes.

Sonriendo.

Con una mochila al hombro.

Como si el tiempo no hubiera pasado.

Gracias por aquella aventura.

Cuando vuelvo a Ordesa, siempre os encuentro allí.