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miércoles, 25 de febrero de 2026

LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE


Foto propia: Fachada  frontal lado sur de las casa militares en 1962 



LOS PATIOS DONDE LA INFANCIA AÚN LATE 

Hubo un tiempo, en que un patio era un mundo entero.

Una mirada adulta a los recintos donde la infancia dejó su huella,

 y a los tesoros invisibles que permanecen bajo sus baldosas.

Los patios no son solo espacios vacíos;

 algunos guardan memoria y fantasías que aún susurran.


Foto propia: Patio de suboficiales de las casa militares en 1962 

El de las Casas Militares fue, durante un tiempo, un territorio sin fronteras: un suelo de cemento abierto a la imaginación, con aceras que nacían desde los portales y huecos preparados para árboles que nunca llegaron a nacer. 

Para los adultos, un lugar de paso más. 

Para nosotros, los niños de los años cincuenta y sesenta que jugábamos allí, era un escenario inmenso de aventuras y experiencias diarias. Todo un mundo.

Hubo un tiempo en que el patio no tenía límites.

Era un lugar fascinante e indómito, un reino cambiante, donde cada día se reunía toda la chiquillada, como una gran familia, para inventar mundos nuevos a través de juegos tan variados como nuestra imaginación pudiera crear.

Bastaba cruzar la puerta, para que la realidad se transformara: una cuerda se convertía en una serpiente dormida, un balón era un planeta errante, y las sombras del atardecer se convertían en gigantes que solo obedecían nuestras reglas.


Así era la vida en el patio de nuestra infancia
(Recreación y dibujo sobre fondo de  foto original)   

Con el paso de los años, sin darnos cuenta, dejamos de entrar corriendo en el patio. 

Un día fue la última vez que bajamos a jugar, aunque entonces no lo supimos.

El espacio seguía allí, idéntico en apariencia, pero algo había empezado a cambiar: nosotros.

Las Casas Militares continuaban intactas, firmes y silenciosas, y parecía que ya no guardaban secretos. 

Hoy las miro con ojos cansados y las encuentro distintas: más pequeñas, más grises, más reales. Ya no hablan, ya no esconden dragones bajo las escaleras, ni castillos en los portales. O eso parece.


Porque hay lugares que no se retiran del todo.

Hoy, bajo los suelos pulidos y las puertas cerradas, permanece intacto un tesoro invisible.

 No está guardado para protegerlo del olvido, sino para que el olvido no pueda alcanzarlo jamás.

 Está bajo llave y cien candados, sellado en la memoria del lugar.


Foto propia: Patio de suboficiales en 2014 

Allí, silenciosos, siguen nuestros juegos inocentes, los heredados y los inventados: las canicas, el escondite, la comba, las tabas, los cromos; las chapas de Mirinda, las carreras sin destino… junto a risas que no sabían de relojes ni de despedidas.

El patio, aunque ahora parezca quieto, todavía respira. Cada baldosa conserva la huella de un salto, cada esquina guarda un secreto compartido.

Y cuando el viento lo cruza, si uno se detiene lo suficiente, puede escuchar el eco de aquella infancia feliz, susurrándonos en voz baja, recordándonos que alguna vez fuimos invencibles. 

Quizá —solo quizá— seguimos siéndolo cada vez que regresamos a ese lugar, no con los pies, sino con el corazón.


Foto propia: mi visita a "mi patio" de suboficiales en 2014


Cuando vuelvo hoy a ese patio ya no entro corriendo.

Camino despacio, casi en silencio, como si temiera despertar algo que aún sigue latente en su memoria  

Las Casas Militares me observan con una calma antigua y familiar, pero algo es distinto.

 Sin embargo, al cruzar el umbral, algo reconoce el lugar antes incluso que mi memoria.

Aquí aprendí a inventar.

A transformar lo cotidiano en extraordinario, sin esfuerzo ni permiso.

Éramos exploradores, héroes improvisados, habitantes de mundos que nacían y morían en una sola tarde. 

No sabíamos que aquello era felicidad; simplemente ocurría.

Ahora el patio parece más pequeño, como si se hubiera recogido en sí mismo.

El cielo queda más lejos, los edificios más bajos.

Pero sé que no es el lugar el que ha cambiado.

Bajo este suelo —lo presiento— siguen enterrados mis primeros sueños.

Intactos.

Esperando no ser rescatados, sino recordados.

En el silencio del patio, nuestros juegos permanecen vivos.

Porque hay lugares que no desaparecen: solo se repliegan.

Y ese tiempo, sigue vivo cada vez que lo miramos con los ojos de entonces.


Foto Tere Castán: Mismo patio, actual, totalmente remodelado y modernizado, 2026

Este recuerdo no es solo mío.

Pertenece a todos los que crecimos en aquellos patios de las Casas Militares durante los años 50 y 70, compartiendo juegos, ilusiones y una forma sencilla de ser felices.

Fuimos parte de una generación que aprendió a imaginar sin pantallas y a convivir sin prisas.

Si estas líneas despiertan una sonrisa en alguno de vosotros, entonces el patio habrá vuelto a latir una vez más.

Porque en el fondo, nunca terminamos de irnos.

 


 



Jorge de Aragón

Recuerdos de Jaca 

 

                                artículo publicado también en "Jacetania Express" 

 Un paseo por los recuerdos de Jaca: los patios donde la infancia aún late. Por Jorge de Aragón


domingo, 9 de enero de 2022

PROLOGO DE MI BLOG

         

MIS  RECUERDOS DE JACA 


Mi época de estudiante (1963)
Este blog nace de la memoria. 

De los recuerdos que el tiempo no ha logrado borrar, aunque haya pasado demasiado deprisa.

 De escenas que regresan con una nitidez inesperada, de emociones  difíciles de explicar, de amistades que dejaron una huella silenciosa y duradera.

 No escribo para cerrar historias, sino para abrirlas y dejar que respiren.

Comienzo este blog quizá demasiado tarde en el tiempo. Ese tiempo que ha corrido veloz, pero que no ha conseguido borrar ni una sola huella de mi corazón ni de mi alma. 

Mis recuerdos, episodios y anécdotas de mi travesía por Jaca, entre los años 1954 y 1966, siguen vivos, activos, casi al alcance de la mano.

Lo que hoy empiezo, es un intento de repasar esa corta pero intensa etapa de mi vida: la mirada de un niño en Jaca, los días de colegio, los juegos, las aventuras, y sobre todo, los amigos que tuve la suerte de conocer, compartir y disfrutar en aquel paraíso que fue para mí —y entonces— la ciudad de Jaca.

Intentaré que estos relatos sean amenos. Estarán tejidos, sin duda, con el hilo de la nostalgia y la distancia. 

Seguramente algo se quedará en el tintero, aunque en mi memoria siguen vivos todos y cada uno de los momentos que disfruté.

Solo deseo que quien me lea sea capaz de entenderme y, quizá, de compartir estos recuerdos.

 Me gustaría también,  que este blog sirviera para reencontrar a alguno de aquellos amigos: compañeros de colegio, de juegos y de aventuras, que confío en que aparezcan en algún comentario.

Y, por supuesto, a todos los que se vean reflejados en esa época, y en esos mismos recuerdos, agradecerles su atención, sus aclaraciones, sus sugerencias, sus fotografías o los datos que ayuden a enriquecer y completar esta memoria compartida.

Si has llegado hasta aquí, quizá tú también guardes recuerdos que nunca se fueron del todo.

Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca 


lunes, 22 de julio de 2013

LA PLAYA DEL RIO ARAGON

  

 


La playa del Rio Aragón


Aquellos veranos en la playa del río Aragón

Hoy, mientras veo jugar a mis nietos en una piscina hinchable, un recuerdo se abre paso sin pedir permiso.

 Me lleva a los veranos de mi infancia en Jaca, a una playa sin mar, a las aguas frías y claras del río Aragón, y a mis padres enseñándonos a amar una tierra que nunca se olvida.

Hoy, muchos años después

Hoy, cincuenta y pico años después, en un pequeño pueblo de Tarragona donde resido, hojeo distraídamente un libro, mientras observo a mis nietos bañarse y juguetear en la piscina hinchable instalada en el pequeño jardín de mi casa.

 Sus risas, los chapoteos y esa alegría despreocupada propia de la infancia consiguen que, por unos instantes, el compartimento estanco de mi memoria —donde duermen tantos recuerdos— se abra sin previo aviso.

 Y de pronto rescata una época muy lejana, casi olvidada: la de mi infancia y aquellos veraneos en el río Aragón, en Jaca, con mis padres y mis hermanos.

 Julios y agostos de los años sesenta

Calor.

El sonido persistente y chillón de cigarras y grillos mezclándose en el aire.                                      

Los veranos de Jaca solían ser —y creo que lo siguen siendo— bastante cálidos, pero de un calor seco y soportable. Muy distinto de ese otro calor estival, húmedo y pegajoso, del litoral mediterráneo, al que nunca he terminado de acostumbrarme y que llevo años soportando desde que me fui de Jaca.

 La promesa de una playa especial

Recuerdo bastante bien, la primera vez que fuimos a bañarnos a “la playa” de Jaca.

 Papá nos había hablado muchas veces de ella. Decía que en verano nos llevaría a una playa especial, rodeada de montañas, prados de hierba y árboles, con aguas cristalinas y frescas.

 Una playa que no existía en ningún otro lugar.

Solo allí.

 A las siete y un minuto

Un sábado de julio de aquel verano, papá nos anunció que al día siguiente nos despertaría a las siete de la mañana para preparar, con tiempo, todos los trastos necesarios para pasar el día en la “playa”.

 A las siete y un minuto en punto, y al toque de diana de papá, saltamos como gatos de las literas al suelo para coger turno para el lavabo.

 Siendo tantos hermanos, (SIETE),  había que espabilarse para no ser el último; a veces incluso entrábamos al WC de dos en dos.

 Las tareas eran inmediatas: asearse, peinarse, colocarse el bañador.

Después, en fila hacia el comedor-cocina para un desayuno rápido y frugal.

 Mamá llevaba ya una hora en pie y lo tenía todo bajo control.

 

Un desayuno de otros tiempos

Una taza de café de puchero y una tostada de pan untada con aceite para cada uno.

Puedo decir, con cierta satisfacción, que aquel era el desayuno más rico que se podía tomar entonces. Eran otros tiempos —como solía decir papá mirando hacia atrás—:

 “Éramos muy pobres, sí, pero muy felices.”

 Y qué bueno estaba todo, Dios mío.

 Cestos, bártulos y camino al río

En la puerta de casa aguardaban apilados los cestos de mimbre y alguna mochila con la comida preparada por mamá, agua y todo lo necesario para sobrevivir en la “playa” durante el día entero.

 No podía faltar nada: gorras, flotadores, la colchoneta hinchable para navegar…

 Era la primera vez que íbamos. Mis hermanos y yo estábamos fascinados e ilusionados con aquella aventura.

 Hasta entonces, nuestros únicos chapuzones habían sido en el canal que pasaba junto a las casas militares. Y claro, si Jaca no tenía mar… ¿a qué playa nos llevaban papá y mamá?


"La familia Ulises"

Papá y mamá se repartieron los cestos más voluminosos.

Mis hermanos y yo cargábamos con el resto de bártulos.


Caminamos hacia el paseo, lo cruzamos y tomamos una pista forestal, en descenso hacia Asieso.

 Éramos un tropel, avanzando en masa. Imagino a quienes nos veían pasar,  preguntándose acaso, si no nos habíamos escapado de algún cuento, como aquella divertida familia "Ulises del TBO".

 

En Jaca apenas había coches por entonces. Quizá media docena. Grandes, negros y muy cuadrados. 

Desde luego, disponer de uno era un lujo impensable.


El primer encuentro con el río Aragón

Al final de la cuesta, en un recodo, apareció de pronto un puente.

 Y a sus pies, el enorme río Aragón.

 Mis hermanos y yo quedamos sobrecogidos. Nunca habíamos visto un río tan grande de cerca. La realidad superó cualquier idea que nos hubiéramos hecho.

 La corriente, en aquella época del año, era mansa y serena.

A la derecha, la presa retenía el agua y rugía suavemente, acompasando el murmullo del paisaje.


"La playa de Jaca"

—Aquí está la playa —dijo papá—.

Esta es la playa especial de la que os hablé.

 Fuimos bajando por el sendero escarpado que serpenteaba junto al río, entre maleza y zarzamoras, hasta llegar a un prado de hierba rodeado de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino.

 Allí, el río formaba una badina de aguas frías, claras y tranquilas, perfecta para nadar.

 Otras familias, vecinos de las casas militares, ya estaban allí. Habían quedado con papá y mamá para pasar el día juntos.

 Aprendiendo a nadar sin saber nadar

Una vez instalados, nos lanzamos al agua sin pensarlo.  Ninguno sabíamos nadar.




Con aquellos flotadores arcaicos ajustados al pecho, desafiamos una y otra vez las frías aguas del Aragón.

 Papá y mamá nos observaban sonriendo. Papá no tardó en unirse a nuestras travesuras: era el primero en tirarse, nadar y darnos los primeros consejos. 




Por turnos, nos subíamos a la única colchoneta hinchable y nos dejábamos llevar por la suave corriente, remando con las manos.

Con los ojos fijos en la superficie, intentábamos distinguir bajo el agua las siluetas de las truchas acompañándonos en la travesía.

 



El sabor irrepetible del verano

Entre baños, juegos y búsquedas de madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando.

 El rugido inequívoco del estómago nos avisó de que era la hora de comer.

Papá llamó y nos reunimos en la pradera, sentados en improvisadas sillas de piedra.

Mamá había preparado una ensaladilla de tomate con atún y un bocadillo de tortilla de patatas cocinado la noche anterior.

 Estaba de miedo.

 Nunca supe —ni aún sé— por qué aquellas ensaladillas y aquellos bocadillos, comidos en el campo, sabían infinitamente mejor que en casa, teniendo los mismos ingredientes.

 Todavía hoy sigo viendo, oliendo y saboreando aquellas comidas campestres de los domingos de verano junto al río.


La digestión, los juegos y las cartas

Después venían las horas de digestión. Tres si habías comido tomate. Dos si no.

Nunca entendí esa regla, y papá tampoco se molestó en explicarla: ¡era así,  y punto!.

 Mientras tanto, buscábamos renacuajos, o mirábamos como jugaban los mayores al remigio o al guiñote.

 Así aprendí yo a jugar. Me fijé tanto,  aprendí tan rápido, e insití aún más, que acabaron dejándome jugar "una partida".

 Una hora después,  los había dejado a todos pelados. Dijeron que fue suerte. Yo también lo he creído siempre…

 Aunque hoy mi nieto Albert, con seis años, también me gana al dominó, al parchís y a la oca.

¿Me pregunto si también será solo suerte?.

 

El último baño y la vuelta a casa

El día terminaba con el último baño, cuando el sol empezaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

 


Recogíamos los bártulos y emprendíamos el regreso, cruzando el puente y subiendo el sendero hasta la carretera.

La vuelta se hacía tranquila, comentando las peripecias del día, mientras el sol se despedía en tonos rojizos, dibujando mil colores en el cielo jaqués.

 



Lo que mi padre quiso enseñarnos

Por la noche, papá nos preguntó:

 —¿Os ha gustado la playa?

 —¡Claro! —respondimos al unísono.

 Entonces nos dijo que, aunque no fuera una playa de mar como las de las postales, sí éramos unos privilegiados, por bañarnos en aquellas aguas claras  y cristalinas que nacían en el corazón de los Pirineos.

 

Que siempre las recordaríamos, estuviéramos donde estuviésemos.

Su mirada decía más que sus palabras.

 Fue siempre un enamorado de Jaca, de sus montañas, de la Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de Ordesa, del esquí y de toda la naturaleza que se respira en ese entorno único .

 Y, sobre todo, fue un gran padre que nos inculcó ese amor y respeto por esos valores, que nos han acompañado toda la vida.

 Gracias

Hoy, al escribir uno de mis recuerdos más entrañables,  desde lo más íntimo de mi corazón y de mi memoria, solo puedo decir a mis padres: muchas gracias.

 Gracias por compartir con nosotros ese sentimiento tan vuestro.

Gracias por dejarnos en herencia esa forma de amar esta tierra.

 El río Aragón, sus aguas claras, su murmullo constante, los prados verdes y los árboles que nos cobijaron siguen conversando, a vuestro lado, en silenciosa complicidad, de todos los momentos felices compartidos juntos.

 Un beso, papá.

 Un beso, mamá.

 Gracias por aquellos inolvidables veranos en la playa de Jaca, disfrutados a vuestro lado.


 Jorge de Aragón 

Recuerdos de Jaca