Hubo un tiempo, en que un patio era un mundo entero.
Una mirada adulta a los recintos donde la infancia dejó su huella, y a los tesoros invisibles que permanecen bajo sus baldosas.
Los patios no son solo espacios vacíos; algunos guardan memoria y fantasías que aún susurran.
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El de las Casas Militares fue, durante un tiempo, un territorio sin fronteras: un suelo de cemento abierto a la imaginación, con aceras que nacían desde los portales y huecos preparados para árboles que nunca llegaron a nacer.
Para los adultos, un lugar de paso más.
Para nosotros, los niños de los años cincuenta y sesenta que jugábamos allí, era un escenario inmenso de aventuras y experiencias diarias. Todo un mundo.
Hubo un tiempo en que el patio no tenía límites.
Era un lugar fascinante e indómito, un reino cambiante, donde cada día se reunía toda la chiquillada, como una gran familia, para inventar mundos nuevos a través de juegos tan variados como nuestra imaginación pudiera crear.
Bastaba cruzar la puerta, para que la realidad se transformara: una cuerda se convertía en una serpiente dormida, un balón era un planeta errante, y las sombras del atardecer se convertían en gigantes que solo obedecían nuestras reglas.
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Un día fue la última vez que bajamos a jugar, aunque entonces no lo supimos.
El espacio seguía allí, idéntico en apariencia, pero algo había empezado a cambiar: nosotros.
Las Casas Militares continuaban intactas, firmes y silenciosas, y parecía que ya no guardaban secretos.
Hoy las miro con ojos cansados y las encuentro distintas: más pequeñas, más grises, más reales. Ya no hablan, ya no esconden dragones bajo las escaleras, ni castillos en los portales. O eso parece.
Porque hay lugares que no se retiran del todo.
Hoy, bajo los suelos pulidos y las puertas cerradas, permanece intacto un tesoro invisible.
No está guardado para protegerlo del olvido, sino para que el olvido no pueda alcanzarlo jamás.
Está bajo llave y cien candados, sellado en la memoria del lugar.
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El patio, aunque ahora parezca quieto, todavía respira. Cada baldosa conserva la huella de un salto, cada esquina guarda un secreto compartido.
Y cuando el viento lo cruza, si uno se detiene lo suficiente, puede escuchar el eco de aquella infancia feliz, susurrándonos en voz baja, recordándonos que alguna vez fuimos invencibles.
Quizá —solo quizá— seguimos siéndolo cada vez que regresamos a ese lugar, no con los pies, sino con el corazón.
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Camino despacio, casi en silencio, como si temiera despertar algo que aún sigue latente en su memoria
Las Casas Militares me observan con una calma antigua y familiar, pero algo es distinto.
Sin embargo, al cruzar el umbral, algo reconoce el lugar antes incluso que mi memoria.
Aquí aprendí a inventar.
A transformar lo cotidiano en extraordinario, sin esfuerzo ni permiso.
Éramos exploradores, héroes improvisados, habitantes de mundos que nacían y morían en una sola tarde.
No sabíamos que aquello era felicidad; simplemente ocurría.
Ahora el patio parece más pequeño, como si se hubiera recogido en sí mismo.
El cielo queda más lejos, los edificios más bajos.
Pero sé que no es el lugar el que ha cambiado.
Bajo este suelo —lo presiento— siguen enterrados mis primeros sueños.
Intactos.
Esperando no ser rescatados, sino recordados.
En el silencio del patio, nuestros juegos permanecen vivos.
Porque hay lugares que no desaparecen: solo se repliegan.
Y ese tiempo, sigue vivo cada vez que lo miramos con los ojos de entonces.
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Jorge de Aragón






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