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lunes, 2 de febrero de 2026

LOS Grillos de la "P"

 El grillo de la P

   

 

Los veranos del grillo de la P

 

Hay recuerdos que no necesitan grandes gestas para quedarse.

Basta un sonido.

Un olor.

Un gesto repetido en las tardes interminables de la infancia.

Para nosotros, aquel verano tenía forma de grillo y sonido de "criii criii".

El grillo de la P.


Otra de las “actividades” de aquellos veranos fantásticos, a la que nos apuntábamos casi toda la pandilla, era ir a la caza del "grillo de la P."

Así llamábamos al grillo que más y mejor cantaba. Decíamos que era “de la P” porque en la parte superior del cuerpo tenía un dibujo amarillo que recordaba vagamente a esa letra.

Sin duda, era una actividad tan silvestre y espontánea como la propia vida del grillo campestre.

Los impresionantes glacis verdes que rodean la Ciudadela —hábitat natural de nuestros queridos "grillos de la P"— eran nuestro campo de operaciones.

 Allí, cada uno de nosotros, armado únicamente con unas finas y largas pajitas de hierba, avanzaba con el mayor de los sigilos: medio agachados, con la oreja tiesa, los párpados entornados y la vista bien agudizada.

Paso a paso, nos dejábamos guiar por aquel incesante "criii criii" que nos conducía hasta su madriguera. Entre el múltiple canto había que elegir uno solo, descifrarlo, aislarlo del resto y seguir su pista.

 No era nada fácil hacerlo entre tanta cantinela de grillos y cigarras cantando a la vez.

Había que intentar avistarlo desde una distancia prudente, al menos un par de metros. De lo contrario, "el grillo de la P" —astuto como pocos— notaba nuestra torpe presencia, se mosqueaba y dejaba de cantar, ocultándose rápidamente en su guarida.

Eso nos creaba un serio problema añadido. Entonces tocaba comenzar a remover la hierba palmo a palmo y localizar el agujero.
 No importaba el tiempo: ese grillo ya era un objetivo asegurado. Después de varios minutos atentos a su canto, sabíamos por experiencia que no podía andar muy lejos, como mucho un par de metros a la redonda.

La zona era peinada con esmero hasta que, por fin, tras unos cuantos rodeos y movimientos de hierba, aparecía la oscura entrada de la grillera.

 A su alrededor, una pequeña terracilla de tierra aplanada, perfectamente nítida, donde el grillo tomaba el sol y cantaba para atraer a la hembra.

Comenzaba entonces la operación de hacerle salir de su madriguera.

Introducíamos la pajita poco a poco en el agujero, con cuidado y con tiento, hasta notar el contacto con el "grillo de la P"

Había que tener cierta pericia para zarandearla con cariño, hacerle cosquillas y lograr que saliera. A veces lo conseguíamos enseguida; otras costaban lo suyo. 

El grillo asomaba, veía el plan que se le venía encima y se metía de nuevo a una velocidad diabólica en su guarida, sin dejarnos reaccionar, y antes de que pudiéramos tapar el agujero con el pulgar, la forma más ortodoxa de cazarlo.

Otras veces no había manera. El grillo no se enteraba, o simplemente no tenía ganas de salir por las buenas.

 Fuera cual fuera el motivo, no estaba por la labor. Entonces no quedaba otra: era cuestión de dignidad, o el grillo o yo.

 Tocaba recurrir al último recurso, la técnica de orinar y atinar de lleno en su madriguera.

La cantidad justa para que el bicho se sintiera lo suficientemente furioso e indignado como para salir a pelear y morder al osado que le había provocado semejante ducha caliente, apestosa e indeseada en plena tarde estival. 

Era, sin duda, la forma menos escrupulosa… pero a veces inevitable.

Luego llegaba la compensación.

El grillo era resarcido y premiado con su nueva “casita”, hecha con alambres y maderita: una jaula pequeñita en la que viviría como un rey el resto del verano, en nuestra casa y a nuestra costa.

 Hojas de lechuga, hormiguitas, y de vez en cuando algún paseo por el patio de nuestras casas militares.

A cambio, por las noches nos regalaba su incesante "criii criii," hasta que nuestros padres, desesperados e incapaces de dormir, nos obligaban a sacarlo de la habitación y dejarlo en el balcón.


Siempre que vuelvo a Jaca y camino por los glacis de la Ciudadela, el paisaje me resulta familiar.

El verde sigue ahí, intacto, pero ya no hay sinfonías de grillos ni de cigarras. El verano suena distinto.

Me paro, cierro los ojos, y por un instante todo regresa:

la hierba alta, la pajita entre los dedos, la respiración contenida,

y ese "criii criii" obstinado marcando el rumbo de la tarde.

Ya no quedan "grillos de la P," ni pandilla, ni tiempo de sobra.

Pero el eco de aquel canto persiste,

como persisten las cosas verdaderas:

sin ruido,

sin prisa,

muy adentro.


Jorge de Aragó


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