Oroel, mi DAMA
Con este post no intento describir
solo mis recuerdos ..
creo que más bien
es honrar una vida, una infancia,
un hogar y una montaña que me
abrazó como una madre de piedra y cielo.
La Máquina del
Tiempo
Si existiera la ocasión de meterse
en las aventuras de H.G. Wells y poder viajar en la máquina del tiempo, o de
montarme en un sueño mágico y conseguir que esa ilusión se hiciera realidad…
mi mejor sueño, no hay duda,
sería volver a revivir mi niñez en
estas tierras.
En aquellos años increíbles,
llenos de la más tierna ingenuidad
de mi infancia,
junto a mis seis hermanos y con
todos los amigos
que allí forjé, y que, después de
tanto tiempo,
nunca he olvidado.
AÑOS 60
Éramos siete hermanos …
Íbamos de la mano, como una cadena
humana
Sergio el mayor —“Tate”— me guiaba
a mí,
y yo, “Tote", guiaba a Pablo.
Después vinieron Gustavo,
"Queco”, Alberto, "Chiqui", Olga "Nana" y Roger
"Piko"
como notas nuevas en la melodía de
nuestro hogar.
Durante aquellos años vivimos una
infancia plena,
libre, salvaje y feliz.
Jaca aún era un pueblo grande,
envuelto en un paisaje en estado
puro,
y cada día
era una aventura dibujada por la
ilusión.
La vida en Jaca empezaba temprano.
Las mañanas olían a pan reciente, a
tierra húmeda, a leña de hogar.
Y los días eran tan largos que
cabía dentro de ellos
todo un mundo por inventar.
Mi madre, paciente y valiente,
sostenía el centro de nuestra
pequeña constelación familiar.
Mi padre, con su uniforme de
militar,
nos imponía respeto, pero también
seguridad.
Sabíamos que, aunque no lo dijera,
su amor estaba ahí, en las cosas
calladas:
en los paseos, en los silencios
compartidos,
en las veces que nos miraba sin
decir palabra.
Mis hermanos y yo éramos una tribu
salvaje.
Saltábamos acequias, trepábamos
árboles,
inventábamos guerras y reinos,
con palos por espadas y piedras por
castillos
A veces creíamos que éramos soldados como papá.
Otras, que éramos pastores
o exploradores en busca de tesoros,
y, sobre todo, siempre nos sentíamos libres,
Porque Jaca,
en aquellos años,
no tenía rejas.
Solo bosques, caminos, huertas
regadas
por el Rio Aragón y rodeada
de altas montañas.
Y la más bella de
todas… era "ella".
allí, destacando en el horizonte,
y en cada amanecer claro,
estaba su silueta.
Oroel, Mi Dama
Allí estás, serena y altiva,
Mi Dama de piedra y viento,
guardiana silente de mis juegos,
de mis pasos pequeños
sobre el mundo que apenas
comenzaba.
Tu falda, tendida de pinares,
campos y surcos
Se extendía como un manto verde y
me envolvía como un susurro antiguo
y acogedor,
y tu cima, tan alta,
parecía acariciar las nubes
mientras te admiraba,
absorto desde la estatura de
mi pequeñez
Fuiste muro y ala,
fuiste eco y promesa,
la silueta que me protegía y
abrazaba desde lejos
cuando el miedo asomaba en las
esquinas.
Hoy vuelvo a ti en mis
recuerdos,
desde la atalaya mágica de mis
sueños
Mi Dama,
con la certeza de que sigues ahí,
inmutable y sabia,
como un secreto que sólo la
infancia entiende.
Inmensa.
Firme como un juramento antiguo.
La montaña que velaba nuestros
juegos,
nuestros sueños,
nuestros pasos descalzos entre
hierba y charcos.
Mi Dama,
coronada de nieves o cubierta de
sol,
nos miraba cada mañana con ojos de
piedra y cielo.
Nunca hablaba,
pero yo le entendía.
Su silencio era el idioma
Solo con el susurro del
viento yo la comprendía.
y nos brindaba abrigo y protección
porque con ella cerca,
nunca estábamos solos.
A veces, cuando cerraba los ojos,
sentía que ella me llamaba desde su
cima calva,
como si me cuidara sin pedirle
nada,
como una madre guardiana, callada y
eterna.
Se alzaba sobre nosotros,
siempre firme, siempre
omnipresente.
Oroel.
Oroel.
Mi Dama.
Vestida de estaciones,
envuelta en cielos cambiantes,
inmóvil y eterna.
sin hablar,
su silencio, me susurraba.
Era una figura protectora,
como si con su sombra y su altura
quisiera asegurarse
de que nada malo nos sucediera
a los niños que jugábamos a
sus pies.
A veces creía que me conocía.
Que sabía mi nombre.
Que cuando el sol la tocaba en la
cima,
me saludaba y sonreía
con su abrazo cálido y
maternal
Y aún hoy,
cuando la nombro o la sueño,
mi pecho se llena de una paz que no
sé explicar,
como si esa montaña supiera todos
mis secretos
y los custodiara
en su pecho de piedra.
Oroel nos miraba desde lejos
Desde cualquier parte del
pueblo podíamos verla, altiva, inmóvil,
como si el cielo mismo hubiera
apoyado ahí su bastón.
Oroel. Mi Dama.
Para mí, ya desde niño,
no era solo una montaña gigante y
dormida
Era un refugio imaginario,
una promesa silenciosa,
una presencia materna que no
necesitaba palabras.
Si algún día me sentía solo,
bastaba con buscarla en el
horizonte.
Me gustaba ver como la niebla a
veces
se levantaba lentamente de su
pecho de piedra,
como un velo que se descorre
para mostrarla en todo su
esplendor
Allí estaba.
Inmutable.
Fiel.
Mía.
A veces pensé y creía que me
entendía.
Que me protegía desde esa distancia
majestuosa,
como un ángel de piedra que no
necesitaba alas
para volar por mis sueños.
Un día —aún lo
veo claro— con Pablo y nuestros amigos
subimos a Oroel con la energía
intacta de quienes no conocen el cansancio.
La caminata era larga,
pero a cada paso el mundo se hacía
más nuestro:
el bosque murmuraba leyendas,
las piedras hablaban en voz baja,
y los pájaros parecían guiarnos sin
darnos cuenta.
Llegamos a la cima justo antes de
que el cielo se volviera gris.
De pronto,
una gran tormenta nos sorprendió,
como si el cielo se hubiese abierto
de golpe
para reírse con nosotros.
Corrimos cuesta abajo,
empapados por la lluvia,
mojados hasta los huesos,
resbalando y riendo,
cantando como si el mundo se fuera
a acabar…
y no nos importara.
—“Que llueva, que llueva…”
gritábamos a coro, desafinados y
felices,
mientras el barro nos manchaba las
rodillas
y el viento nos empujaba como un
juego más.
Yo miré hacia atrás un instante.
Y allí estaba ella.
Oroel.
Mi Dama.
Rodeada y embardunada de nubes
oscuras
como si también se estuviera
riendo,
como si la tormenta fuera su forma
de jugar con nosotros.
Aquel día,
mi infancia se llenó de agua,
de barro,
de canciones…
y de eternidad.
“Es, uno de mis mejores recuerdos
que guardo de Jaca,
porque Jaca para mí
significa nobleza,
significa poesía,
significa naturaleza,
significa niñez,
significa inocencia,
y significa mantener
intactos todos los valores
que un día unos padres muy
especiales
inculcaron en esa singular y
maravillosa tierra altoaragonesa
a siete hermanos vinculados para
siempre a ella.”
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Quiero
recordar y honrar este recuerdo tan especial
A mis padres, Luis y Antonia,
que nos dieron raíces firmes
y el amor que sostuvo nuestra
infancia
bajo la mirada de Oroel.
A mis hermanos Sergio y Pablo,
compañeros de juegos, lluvia y
canciones,
que partieron antes,
pero siguen vivos en cada recuerdo
y en cada soplo de viento
que baja desde la cima de mi Dama.
Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca
artículo publicado también en
"Jacetania Express"
https://jacetaniaexpress.com/oroel-mi-dama-por-jorge-de-aragon/