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miércoles, 22 de abril de 2026

Leyendas de Oroel

                                                

                             El Eco de Oroel 


Una leyenda sobre el tiempo, los sueños y las promesas 

que el viento guarda entre las montañas de Jaca. 


Dicen que las montañas no tenemos alma ni voz, que solo observamos en silencio y dejamos que el viento hable por nosotras. 
Pero si te quedas conmigo un rato —aquí, entre mis pinos y mis senderos, o simplemente leyendo estas páginas— quizá descubras que no es del todo cierto. 
Porque yo, Oroel, montaña protectora y fiel guardiana de Jaca, guardo historias y secretos. 
He visto pasar siglos como quien ve pasar estaciones. 
He acompañado a pastores, viajeros, niños que soñaban despiertos y adultos que regresaban buscando algo que no sabían nombrar. 

He escuchado risas, recogido suspiros y albergado añoranzas, y he guardado confidencias que jamás repetí… hasta ahora. 


 

A veces, cuando cae la tarde y el sol se esconde detrás de mis rocas, me gusta recordar historias que nacieron espontáneas y a su modo, sublimes. 

Son relatos sencillos, humanos, de esos que caben en el corazón sin hacer ruido. 

Porque, al final, lo que importa casi siempre son esas pequeñas cosas. 

Hoy quiero contaros una de mis historias: la de un chaval que, desde niño, me miraba intrigado; que me hablaba como a una hermana mayor, convencido de que yo era una montaña mágica, capaz de escucharle y guardar sus secretos… 

y la de un deseo que dejó entre mis piedras antes de marcharse. 

Si te apetece escucharla, ponte cómodo. 

Prometo contártela despacio, sin prisa, como lo haría una abuela entrañable a su nieto en una tarde tranquila. 

Porque, aunque esté forjada de piedra, aún conservo memoria, paciencia… y un poco de poesía entre mis grietas. 


                                                            Ven. 

                                            Déjame que te cuente. 

Yo siempre he estado aquí, custodiando y protegiendo Jaca bajo mi sombra, como su propio himno recuerda. 

Quien pasea por sus calles o por mis alrededores, aunque sea solo un instante, levanta la vista y me ve allá arriba: quieta, fiel, como una vieja amiga inmóvil y vigilante. 

Para muchos soy solo una montaña; para otros, el símbolo que completa el paisaje cuando amanece o cuando el sol se esconde más allá de San Juan de la Peña. 

Pero para él… para aquel casi muchacho que creció bajo mi presencia, fui algo más: su confidente, su amiga, su protectora. 

Desde niño, desde cualquier lugar en el que estuviera, me buscaba con la mirada. 

A veces, después de jugar sin descanso, se tumbaba en la hierba y me hablaba. 

Lo hacía porque se sentía libre y feliz, y porque estaba seguro de que yo lo escuchaba de verdad. 

Y lo cierto es que sí lo hacía. 

Me confiaba sus ilusiones, sus sueños, sus pequeñas preocupaciones; ingenuidades de niño que ahora guardo como un tesoro. 

Cuando el viento se deslizaba por mis faldas y llegaba hasta él entre los pinos, siempre le sonreía: era mi manera de responderle en silencio. 

-------------------------------------------- 

Llegó el día en que tuvo que marcharse a otras tierras para escribir nuevas páginas de su vida. 

Sentí cómo la inquietud se le enroscaba en el pecho: dejar atrás su infancia, sus juegos, sus amigos y sus recuerdos le dolía más de lo que decía. 

Antes de irse, se detuvo unos instantes. 

Me miró despacio, como quien intenta abrazar con los ojos todo lo que quiere llevarse dentro para siempre. 

Y entonces, en silencio, me confió un deseo. 

Era pequeño y profundo, delicado como una verdad recién nacida. 

Lo acogí dentro de mí,  con la ternura de quien guarda algo frágil. 

Dejé que una brisa ligera rozara su mejilla como despedida. 

Una forma de decirle: 

“No temas. Yo cuidaré esto por ti.” 

Y así se fue, despacio, como se van las cosas que dejan huella: un chaval alejándose de su infancia y de todo lo que significaba tanto para él… y una promesa quedándose conmigo, respirando en silencio entre mi piedra y mi memoria.

 



El tiempo comenzó a desplegar sus páginas. 

Primero fueron los días veloces, luego los meses, los años… hasta que la vida se volvió un río incesante que lo arrastró sin permitirle mirar atrás. 

Ciudades nuevas, estudios, trabajos, proyectos. 

Todo parecía moverse con la prisa de quien teme detenerse. 

Y, sin embargo, en los rincones más quietos de su alma, algo permanecía inmóvil, intacto: 

la imagen de una cima familiar lejana, el rumor del viento entre los pinos, el perfil recortado de una montaña que lo había visto crecer. 

A veces, en medio del ruido de otras vidas, le bastaba cerrar los ojos para sentirme. 

Yo, desde la distancia, seguía reconociendo en él al niño que me 

hablaba. 

Había pasado tanto tiempo,  que él ya no sabía si aquel niño existió de verdad,  o si era solo un eco inventado por la nostalgia. 

Pero cuando regresaba a Jaca,  -en visitas breves, casi clandestinas- algo dentro de él se apaciguaba. 

Me miraba. 

Y en ese gesto sencillo encontraba la certeza de que yo aún lo recordaba. 

Tenía razón: yo nunca olvido a quienes me confían sus sueños. 

Él no lo sabía, pero yo también esperaba. 

En mis pinares, entre sombras que danzaban con el viento, tejía hilos invisibles como una araña paciente. 

Guardaba los sonidos del pasado: risas, pasos, silencios de la infancia. 

Y en mi corazón de roca, el eco de un nombre dormía, aguardando el momento de despertar. 


Pasaron los años, como nubes que se deshacen en cuanto uno intenta  detenerlas 

El muchacho se hizo hombre, y la vida lo llenó de distancias, responsabilidades y soledades. 

Pero en las noches más largas, cuando todo parecía detenerse, una brisa sutil cruzaba su memoria. 

Era yo, recordándole en sus sueños,  que toda promesa verdadera acaba encontrando su camino para cumplirse. 

Los años siguieron cayendo como hojas de un viejo libro. 

Y aunque su vida transcurrió lejos de Jaca, cada regreso tenía algo de ritual secreto, como si una parte de sí mismo lo reclamara sin pronunciar su nombre. 

Bastaba elevar la mirada hacia la línea del horizonte,  para sentir que algo —no sabía qué— permanecía despierto. 

Aquella sensación, volvió en un encuentro de antiguos amigos. 

La comida transcurrió entre risas tranquilas y anécdotas deshiladas por el tiempo. 

Cuando la sobremesa empezó a diluirse en pequeños grupos, él se apartó unos pasos, buscando un respiro. 

Había en el ambiente una calma extraña, una quietud casi expectante. 

Entonces la vio. 

Ella caminaba con esa naturalidad discreta que no busca nada,  y aun así, lo transforma y lo ilumina todo. 

Había cambiado, claro, pero en su mirada persistía una luz suave, íntima, que él reconoció sin pensarlo: un brillo que pertenecía otro tiempo. 

Sus ojos se cruzaron apenas un instante. 

Bastó para que una vibración antigua, se encendiera en algún lugar que él creía dormido 

Hablaron poco, como si ambos temieran despertar un recuerdo demasiado frágil para nombrarlo. 

Él se acercó al ventanal y dejó que su mirada volara alta, hacia mi silueta; en su rostro se  dibujó  una sonrisa leve, enigmática, y cómplice, como quien agradece en silencio algo que empieza a cumplirse. 

Y entonces ocurrió.  

Mientras las conversaciones ajenas seguían como un murmullo lejano, ella se le acercó improvisando una ligera excusa, casi un roce, y rodeándole por detrás lo envolvió con sus brazos con la naturalidad y calidez de quien no necesita permiso. 

Fue un gesto acogedor, inesperado, que lo envolvió con la magia de una paz extraña, como si el tiempo diera un vuelco silencioso. 

El mundo no se detuvo. No hizo falta. 

Solo hubo un silencio pequeño, íntimo, que no compartió nadie más. 

Él no lo esperaba, aunque una parte de sí mismo, lo había deseado siempre. 

A partir de ese abrazo, algo comenzó a despertarse —no con estruendo-, sino con la delicadeza de un viento que apenas roza la piel y, sin saber por qué, lo reconoces. 

Un movimiento leve, profundo, imposible de contener. 

No necesitó explicaciones. 

Ninguno de los dos las necesitó. 

Y allá arriba —o quizá dentro de él— el susurro del viento pareció hacerse un poco más consciente, como si supiera que acababa de cumplirse algo que llevaba mucho tiempo dormido. 



Tras aquel día, la vida siguió como si nada, aunque algo silencioso había empezado a moverse. 

Los primeros mensajes llegaron despacio, casi con pudor, evocando rincones compartidos: senderos, brisas, luces y sonidos que ambos recordaban sin preguntarse por qué volvían. 

Cada recuerdo era un leve eco que me alcanzaba desde sus vidas, como un latido que regresa sin anunciarse. 

Luego las palabras se hicieron más cálidas; las risas, más fáciles; los silencios, más hondos.

Sin pretenderlo, volvieron a abrir una puerta que nunca terminó de cerrarse. 

Entre frases sencillas se deslizaba una corriente antigua, algo que ni buscaban ni se atrevían a nombrar. 

Él comprendió entonces que aquella promesa no fue solo un impulso de infancia, sino una semilla que yo había custodiado durante décadas, esperando la estación adecuada. 

Desde lo alto, los observaba con la calma de quien conoce impasible los ciclos del tiempo. 

Cuando la duda rozaba sus voces, dejaba caer un soplo de viento: apenas un impulso, pero suficiente para que surgiera otra frase, otro “¿recuerdas?”, otra grieta por donde asomaba la complicidad guardada. 

Entre palabra y palabra, sus almas se reconocían. 

No necesitaban decir nada. 

Lo que había dormido durante años, despertaba como despiertan las cosas inevitables: sin ruido, pero con luz. 

Mi magia no se anuncia. 

Se desliza. Habita los surcos del día, el roce tenue de una brisa, la sombra que pasa sin dejar nombre. 

Desde mis laderas guardo historias que duermen durante años, a veces durante vidas enteras, esperando un gesto imperceptible que las despierte. 

Las promesas verdaderas no desaparecen: descienden a un lugar donde el tiempo no alcanza. 

Allí reposan, silenciosas, hasta que algo —una mirada, un abrazo, una palabra suspendida— las llama de vuelta. 

Y cuando llega ese instante, soplo. 

Muy despacio. 

Lo justo para abrir la puerta de lo que estaba dormido. 

Después, la vida se encarga. 

Dos almas que se rozaron en la infancia, regresan la una a la otra, no para recuperar lo perdido, sino para despertar lo que nunca dejó de latir. 

Y así, sin disonancias, lo inevitable toma forma. 

Porque hay historias que no terminan: se desvanecen en mis laderas y aguardan el momento exacto para volver a respirar. 

Y si alguna vez pasas por Jaca, mira hacia arriba cuando baje la tarde. 


Tal vez me encuentres susurrando, como ahora, y si te quedas a escuchar con el corazón abierto, puede que Oroel te cuente también la tuya 





                                        “Leyendas de Oroel”                                              
 


              Jorge de Aragón  
           Recuerdos de Jaca 
                                                                                                                            

domingo, 10 de agosto de 2025

OROEL MI DAMA


Oroel, mi DAMA 



Con este post no intento describir solo mis recuerdos .. 

 creo que más bien es honrar una vida, una infancia, 

un hogar y una montaña que me abrazó como una madre de piedra y cielo.

 

Imagen en blanco y negro de una montaña

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

 

La Máquina del Tiempo

Si existiera la ocasión de meterse en las aventuras de H.G. Wells y poder viajar en la máquina del tiempo, o de montarme en un sueño mágico y conseguir que esa ilusión se hiciera realidad…

mi mejor sueño, no hay duda,

sería volver a revivir mi niñez en estas tierras.

 

En aquellos años increíbles,

llenos de la más tierna ingenuidad de mi infancia,

junto a mis seis hermanos y con todos los amigos

que allí forjé, y que, después de tanto tiempo,

nunca he olvidado.

AÑOS 60

Éramos siete hermanos …

Íbamos de la mano, como una cadena humana

Sergio el mayor —“Tate”— me guiaba a mí,

y yo, “Tote", guiaba a Pablo.

 

Después vinieron Gustavo, "Queco”, Alberto, "Chiqui", Olga "Nana" y Roger "Piko"

como notas nuevas en la melodía de nuestro hogar.

Durante aquellos años vivimos una infancia plena,

libre, salvaje y feliz.

Jaca aún era un pueblo grande,

envuelto en un paisaje en estado puro,

y cada día

era una aventura dibujada por la ilusión.

 

 

La vida en Jaca empezaba temprano.

Las mañanas olían a pan reciente, a tierra húmeda, a leña de hogar.

Y los días eran tan largos que cabía dentro de ellos

todo un mundo por inventar.

Mi madre, paciente y valiente,

sostenía el centro de nuestra pequeña constelación familiar.

Mi padre, con su uniforme de militar,

nos imponía respeto, pero también seguridad.

Sabíamos que, aunque no lo dijera,

su amor estaba ahí, en las cosas calladas:

en los paseos, en los silencios compartidos,

en las veces que nos miraba sin decir palabra.

Mis hermanos y yo éramos una tribu salvaje.

Saltábamos acequias, trepábamos árboles,

inventábamos guerras y reinos,

con palos por espadas y piedras por castillos

A veces creíamos que éramos soldados como papá.

                                                           Otras, que éramos pastores

                                                      o exploradores en busca de tesoros,

                                                y, sobre todo, siempre nos sentíamos libres,

 

 

                                                            Porque Jaca, en aquellos años,

no tenía rejas.

Solo bosques, caminos, huertas regadas

 por el Rio Aragón y rodeada de altas montañas.

 Y la más bella de todas… era "ella".

 

  

allí, destacando en el horizonte,

y en cada amanecer claro,

estaba su silueta.

Oroel, Mi Dama

Allí estás, serena y altiva,

Mi Dama de piedra y viento,

guardiana silente de mis juegos,

de mis pasos pequeños

sobre el mundo que apenas comenzaba.

Tu falda, tendida de pinares, campos y surcos

Se extendía como un manto verde y

me envolvía como un susurro antiguo y acogedor,

y tu cima, tan alta,

parecía acariciar las nubes

mientras te admiraba,

 absorto desde la estatura de mi pequeñez

Fuiste muro y ala,

fuiste eco y promesa,

la silueta que me protegía y abrazaba desde lejos

cuando el miedo asomaba en las esquinas.

Hoy vuelvo a ti en mis recuerdos, 

desde la atalaya mágica de mis sueños 

Mi Dama,

con la certeza de que sigues ahí,

inmutable y sabia,

como un secreto que sólo la infancia entiende.

Inmensa.

Firme como un juramento antiguo.

La montaña que velaba nuestros juegos,

nuestros sueños,

nuestros pasos descalzos entre hierba y charcos.

 

 

Mi Dama,

coronada de nieves o cubierta de sol,

nos miraba cada mañana con ojos de piedra y cielo.

Nunca hablaba,

pero yo le entendía.

Su silencio era el idioma

 Solo con el susurro del viento yo la comprendía.

y nos brindaba abrigo y protección

porque con ella cerca,

nunca estábamos solos.

A veces, cuando cerraba los ojos,

sentía que ella me llamaba desde su cima calva,

como si me cuidara sin pedirle nada,

como una madre guardiana, callada y eterna.

 

Se alzaba sobre nosotros,

siempre firme, siempre omnipresente.

Oroel.

Oroel.

Mi Dama.

Vestida de estaciones,

envuelta en cielos cambiantes,

inmóvil y eterna.

sin hablar, 

su silencio, me susurraba.

 

 

Era una figura protectora,

como si con su sombra y su altura

quisiera asegurarse

de que nada malo nos sucediera

 a los niños que jugábamos a sus pies.

A veces creía que me conocía.

Que sabía mi nombre.

Que cuando el sol la tocaba en la cima,

 me saludaba y sonreía

con su abrazo cálido y maternal 

Y aún hoy,

cuando la nombro o la sueño,

mi pecho se llena de una paz que no sé explicar,

como si esa montaña supiera todos mis secretos

y los custodiara

en su pecho de piedra.

 

Oroel nos miraba desde lejos

Desde cualquier parte del pueblo podíamos verla, altiva, inmóvil,

como si el cielo mismo hubiera apoyado ahí su bastón.

 

 

Oroel. Mi Dama.

Para mí, ya desde niño,

no era solo una montaña gigante y dormida  

Era un refugio imaginario,

una promesa silenciosa,

una presencia materna que no necesitaba palabras.

Si algún día me sentía solo,

bastaba con buscarla en el horizonte.

Me gustaba ver como la niebla a veces

 se levantaba lentamente de su pecho de piedra, 

 como un velo que se descorre

 para mostrarla en todo su esplendor

 

 Allí estaba.

Inmutable.

Fiel.

Mía.

A veces pensé y creía que me entendía.

Que me protegía desde esa distancia majestuosa,

como un ángel de piedra que no necesitaba alas

para volar por mis sueños.

 

 Un día —aún lo veo claro— con Pablo y nuestros amigos

subimos a Oroel con la energía intacta de quienes no conocen el cansancio.

La caminata era larga,

pero a cada paso el mundo se hacía más nuestro:

el bosque murmuraba leyendas,

las piedras hablaban en voz baja,

y los pájaros parecían guiarnos sin darnos cuenta.

Llegamos a la cima justo antes de que el cielo se volviera gris.

De pronto,

una gran tormenta nos sorprendió,

como si el cielo se hubiese abierto de golpe

para reírse con nosotros.

Corrimos cuesta abajo,

empapados por la lluvia,

mojados hasta los huesos,

resbalando y riendo,

cantando como si el mundo se fuera a acabar…

y no nos importara.

—“Que llueva, que llueva…”

gritábamos a coro, desafinados y felices,

mientras el barro nos manchaba las rodillas

y el viento nos empujaba como un juego más.

Yo miré hacia atrás un instante.

Y allí estaba ella.

Oroel.

Mi Dama.

Rodeada y embardunada de nubes oscuras   

como si también se estuviera riendo,

como si la tormenta fuera su forma de jugar con nosotros.

Aquel día,

mi infancia se llenó de agua,

de barro,

de canciones…

y de eternidad.

 

“Es, uno de mis mejores recuerdos que guardo de Jaca,

porque Jaca para mí significa nobleza,

significa poesía, significa naturaleza,

significa niñez, significa inocencia,

y significa mantener intactos todos los valores

que un día unos padres muy especiales

inculcaron en esa singular y maravillosa tierra altoaragonesa

a siete hermanos vinculados para siempre a ella.”

.........................................................

                                  Quiero recordar y honrar este recuerdo tan especial  

 

 A mis padres, Luis y Antonia,

que nos dieron raíces firmes

y el amor que sostuvo nuestra infancia

bajo la mirada de Oroel.

A mis hermanos Sergio y Pablo,

compañeros de juegos, lluvia y canciones,

que partieron antes,

pero siguen vivos en cada recuerdo

y en cada soplo de viento

que baja desde la cima de mi Dama.

 

Jorge de Aragón

Recuerdos de Jaca 

 

 artículo publicado también en "Jacetania Express" 

 https://jacetaniaexpress.com/oroel-mi-dama-por-jorge-de-aragon/