Mis Amigos

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domingo, 9 de enero de 2022

PROLOGO DE MI BLOG

         

MIS  RECUERDOS DE JACA 


Mi época de estudiante (1963)
Este blog nace de la memoria. 

De los recuerdos que el tiempo no ha logrado borrar, aunque haya pasado demasiado deprisa.

 De escenas que regresan con una nitidez inesperada, de emociones  difíciles de explicar, de amistades que dejaron una huella silenciosa y duradera.

 No escribo para cerrar historias, sino para abrirlas y dejar que respiren.

Comienzo este blog quizá demasiado tarde en el tiempo. Ese tiempo que ha corrido veloz, pero que no ha conseguido borrar ni una sola huella de mi corazón ni de mi alma. 

Mis recuerdos, episodios y anécdotas de mi travesía por Jaca, entre los años 1954 y 1966, siguen vivos, activos, casi al alcance de la mano.

Lo que hoy empiezo, es un intento de repasar esa corta pero intensa etapa de mi vida: la mirada de un niño en Jaca, los días de colegio, los juegos, las aventuras, y sobre todo, los amigos que tuve la suerte de conocer, compartir y disfrutar en aquel paraíso que fue para mí —y entonces— la ciudad de Jaca.

Intentaré que estos relatos sean amenos. Estarán tejidos, sin duda, con el hilo de la nostalgia y la distancia. 

Seguramente algo se quedará en el tintero, aunque en mi memoria siguen vivos todos y cada uno de los momentos que disfruté.

Solo deseo que quien me lea sea capaz de entenderme y, quizá, de compartir estos recuerdos.

 Me gustaría también,  que este blog sirviera para reencontrar a alguno de aquellos amigos: compañeros de colegio, de juegos y de aventuras, que confío en que aparezcan en algún comentario.

Y, por supuesto, a todos los que se vean reflejados en esa época, y en esos mismos recuerdos, agradecerles su atención, sus aclaraciones, sus sugerencias, sus fotografías o los datos que ayuden a enriquecer y completar esta memoria compartida.

Si has llegado hasta aquí, quizá tú también guardes recuerdos que nunca se fueron del todo.

Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca 


jueves, 6 de diciembre de 2018

MI ADIOS A JACA : AGOSTO 1966

 

Mi adiós a Jaca


Verano de 1966. Memoria de una despedida



Marcharse también puede ser una forma de aprender a recordar.

Hay despedidas que no se anuncian como tales, pero se quedan a vivir en la memoria para siempre. 

En el verano de 1966 dejé Jaca con una vieja maleta, dieciséis años recién cumplidos y la sensación confusa de que algo muy importante quedaba atrás.

 Este no es solo el recuerdo de una partida, sino el relato de una ciudad y un lugar que me enseñó a mirar, a soñar y a no olvidar nunca de dónde vengo.

Tenía apenas casi dieciséis años cuando, aquel mes de agosto del verano de 1966, salí por última vez de mi casa y crucé el portal que daba al patio de las casas militares.

Casas Militares en los años 60

Solo llevaba conmigo una vieja maleta, gastada y saturada de recuerdos, secretos y cientos de kilómetros acumulados en sus peregrinajes. 

Era mi única amiga y compañera.

Ella y yo, de la mano de nuestra soledad y en mutuo silencio, comenzamos a caminar por las calles adyacentes a mi querido barrio.

Primero la Universidad de Verano, después mi Instituto Domingo Miral. 

Más adelante, el Paseo y, a la derecha, el Gran Hotel.

 Fueron los primeros testigos de mi partida.

 Caminaba con cierta apatía y con ese revoltijo indeseado en las tripas que provocan los nervios irrefrenables. 

Mis ojos, humedecidos, giraron inconscientemente hacia la derecha.

Aún no lo sabía, pero mientras caminaba por sus calles, la ciudad entera parecía despedirse de mí.


 

Allí estaba ella.

 Nítida, flamante, inmóvil y omnipresente.

 Mi fiel compañera de siempre.

La Peña Oroel dominaba y protegía la ciudad con su inmensa mole y su sombra singular.

 Ella, conocedora de mis secretos, aventuras y correrías, me había visto crecer, jugar y pasear por sus laderas día tras día.

 Siempre me regaló ese “segundo cariño maternal” que te da salir a la calle y verla ahí, vigilante y acogedora, transmitiéndote la certeza de que nada malo puede ocurrirte.

Casi me cuadré y le rendí mi saludo particular, castrense. En un silencio de complicidad mutua, le susurré con un guiño dirigido a su cruz:

—Volveremos a vernos, amiga mía. No te olvides de mí. Ya sabes que me debes una.

(Esa “una” es un secreto entre ella y yo, un deseo que algún día me gustaría ver cumplido).


Seguí mi camino. Giré a la izquierda y, desde el quiosco de” Manolita”, me despedí desde la escalinata del Paseo, escenario de tantas aventuras infantiles y juveniles.

 Cuántas tardes sentados en pandilla en aquellos bancos, compartiendo ocurrencias e ilusiones por cumplir; intentando emular a nuestros héroes de cine tras alguna película de indios y vaqueros en los Escolapios; rodando por los jardines, gastando inocentes bromas a las parejas que se refugiaban entre                                                                             abetos y farolas.






Y luego, horas y horas charlando, sentados pelando pipas o degustando los pepinillos avinagrados de la “Dulcinea”, hasta que tocaba regresar a casa.









La calle Mayor quedó a mi derecha, guardiana de tantos paseos y fragmentos de mi historia. 

A la izquierda, el bar “Equiza”, donde mi padre me animó por primera vez a probar una cerveza “San Miguel”. 

Jamás olvidaré aquel aroma a cebada y ese sutil amargor que, con el tiempo, se convertiría en uno de mis sabores preferidos.

 


Continué mi pequeño exilio en dirección a la Ciudadela. Al llegar a la altura de la tienda de los “Borau”, no pude contenerme.

 Me detuve, alcé la vista y, al contemplar la antena de “Radio Jaca”, un nudo me cerró la garganta. Los recuerdos se desbocaron como potros salvajes.

 


Mi infancia ante aquellos micrófonos y ondas se convirtió en un aquelarre de emociones. 

Las experiencias junto a mi padre y a mi hermano Sergio quedaron grabadas para siempre en mi alma.

 Aquella radio, generosa y altruista, dedicada a deleitar, informar pero también  a ayudar a los más necesitados, fue gran apoyo,  baluarte y complemento añadido a mis valores como persona.

 


 Haber participado en algunas de sus campañas fue un orgullo imborrable. Dolió verla desaparecer, sustituida por proyectos más mercantilistas. Eran otros tiempos.

Me despedí con la mirada clavada en la antena y una última ojeada al tercer ventanal.

 Estoy seguro de que entre esas paredes aún resuenan historias radiofónicas y ecos de una época irrepetible. 

Asentí con tristeza y agradecí haber formado parte, aunque mínimamente, de aquella pequeña leyenda.

Seguí caminando con mi maleta cargada de sueños.

 Frente a mí, “Collarada” me observaba con sus tonos pardos estivales.

 

 

Sin su invernal  manto blanco parecía más cercana, aunque en invierno, vestida de nieve, siempre fue una novia radiant

—A ti también te echaré de menos, mi querida “Dama Blanca” —le susurré.

Nunca pisé su cima, pero su silueta fue protagonista de mil aventuras soñadas de niño.

Llegué a la entrada de la Ciudadela.

 El castillo parecía distinto aquel día: más mustio, como si quisiera acompañarme en la despedida.





A la derecha, el portalón sombrío de la catedral guardaba secretos, nostalgias y miedos de mi historia religiosa.
Recuerdos de una educación rígida que, con el tiempo, logré superar.



En la carretera de la estación, justo en la entrada a la Escuela Militar de Montaña  me esperaban mis padres y mis hermanos junto al “coche de la estación”.




Mientras avanzábamos, mi padre y su espiritu castrense evocaba con ciertta nostalgia a su querida Escuela Militar, sus marchas por los Pirineos, Candanchú, Ordesa.

En la estación, mientras aguardábamos el tren, desfilaron ante mí como una película los cromos de mi vida jacetana. Creía ingenuamente que podía llevármelos intactos.

 

 Jaca fue, es y será siempre el santuario donde conviven mis sueños con la imaginación intacta de un niño que nunca creció del todo.

 Pensar en Jaca es entrar en un bucle mágico donde el tiempo se detiene.

A lo lejos se escuchó el silbato del tren procedente de Canfranc. 

La vieja locomotora de vapor refunfuñaba, esforzándose por llegar a la planicie jacetana.

Sentado en un banco, bajo el reloj de la estación, regresé -no se porque-  a uno de mis primeros recuerdos: mi primer día en los Escolapios, una mañana invernal cubierta de nieve.

El tren llegó. La locomotora de vapor nos inundó con una fumarada espesa, 

 No hubo tiempo para más despedidas. Subí al vagón de madera envuelto en vapor. Elegí una ventanilla.

 Poco a poco el tren se fue alejando y, con él, el paisaje familiar y mis pensamientos comenzaron a disolverse.

 No supe entonces poner nombre a aquella mezcla de tristeza, miedo y asombro. Solo entendí que algo esencial quedaba atrás.

 

 

Allí se quedaron mi infancia, mis secretos, mis amigos, mis rincones preferidos y esa manera de mirar el mundo que solo se aprende una vez.

 Creí que me marchaba de Jaca, pero con los años comprendí que fue Jaca la que se quedó a vivir en mí.

Hoy sé que nunca me fui del todo. 

Cada vez que regreso, el tiempo se pliega, el niño despierta y la memoria me devuelve intacto aquel verano.

 Porque hay lugares que no son un punto en el mapa, sino una forma de estar en la vida.

Y Jaca —mi Jaca— siempre será eso.


Jorge de Aragón

                 Recuerdos de Jaca 


jueves, 25 de abril de 2013

Mis recuerdos del Primer Viernes de Mayo en Jaca


 

Mis recuerdos del Primer Viernes de Mayo en Jaca: 

memoria y emoción


Tradición, infancia y emoción a la sombra del monte Oroel.

Una de las fiestas más bonitas, y de la que mejores recuerdos guardo en mi corazón, es sin duda la fiesta grande de Jaca: la conmemoración del Primer Viernes de Mayo.


El Conde Aznar,  haciendo su entrada triunfal en Jaca. Foto:(Pirineo Aragonés).

Pero, sobre todo, aquellos de los años cincuenta y sesenta, los de mi infancia.

Los de hoy son diferentes, incomparables: más vistosos, más coloridos y mejor simbolizados conforme a los tiempos modernos. 

Nada que ver con las imágenes que conviven en mi memoria.
Siempre esperaba ese día con inmensa ilusión. La ciudad y su gente —la que vive siempre allí y la que reside lejos y regresa expresamente para celebrarlo— le dan un aura única e incomparable.


Un momento del Desfile 

 Todo se mezcla: el ambiente, el colorido y la emoción tan propia de una fiesta profundamente jacetana.

El desfile marcial de labradores y artesanos, comandados por el Conde Aznar y secundados por las bellas labradoras y artesanas jacetanas.

La calle Mayor, abarrotada cantando el himno 


El himno, entonado con sentida emoción a las puertas del Ayuntamiento, con la multitud ocupando todo el ancho y largo de la calle Mayor; el saludo cruzado de banderas y el olor y sabor a pólvora de los disparos de los trabucos, en los lugares más emblemáticos del recorrido, consiguen que la sangre baturra fluya a borbotones y se desborde, incontroladamente, a la sombra del monte Oroel.


Días antes —en aquellos años— prácticamente todos los niños nos preocupábamos de tener nuestro particular bastón de hierro, al que llamábamos matamoros.


 

 Si no recuerdo mal, era una varilla de  hierro de casi un metro de largo; en un extremo le colocábamos un fulminante explosivo y en el otro, un aro circular a modo de empuñadura. 
Al accionarlo contra el suelo, el pistón estallaba e intentábamos sincronizar el sonido, con las descargas de los trabucos durante el desfile.

Hoy creo que esa tradición ha desaparecido, o al menos ha menguado lo suficiente como para pasar inadvertida. Supongo que a los que sois de mi generación os sonará de algo. En mis últimas visitas, durante esta celebración tan tradicional, no he podido observar ni cotejar esta lejana costumbre entre los chicos de hoy.



Templete de Santa Orosia 

 También recuerdo con especial cariño el año 1964. En el ya desaparecido templete de Santa Orosia, nacía la primera avanzadilla de Danzantes infantiles de paloteau, de la que fui uno de sus pioneros. 


Un momento de nuestra actuacion 

Meses antes, la hermandad de danzantes“mayores” nos reclutó a una docena de chicos de primero de bachiller del instituto Domingo Miral, para entrenarnos y coordinar a aquella singular cuadrilla.

Con palos de fresno en ambas manos, zapatillas de cáñamo, traje típico,  ancha faja morada de baturro y el pañuelo rojo sobre los hombros, danzábamos con ardor e ilusión en los diversos números, al compás de la traca del paloteau por las calles de Jaca.

Lo innegable, es que llamó mucho la atención aquel estreno de la nueva pandilla, encuadrada en el desfile de ese año, e incrustada entre las hermandades de artesanos y labradores. 

 

Soy yo (el autor ) 


Mucha gente nos seguía exclusivamente para vernos cada vez que nos tocaba “palotear”. 


También actuamos, invitados, a participar en el Festival Folclórico de los Pirineos.


Recuerdo también, con mucho cariño y auténtico orgullo, una actuación memorable en el Teatro Olimpia de Huesca, además de otras intervenciones en fiestas mayores de pueblos cercanos.




PRIMER GRUPO INFANTIL DANZANTES DE PALOTEAU SANTA OROSIA:  (1962) 



De Izda. a Dcha.…(fila superior) Carlos De Arriba, José L. Hijós, José L. Zemborain, Jorge Ochando, José M.ª Tomás y Ernesto Ara.(fila inferior) Enrique Piedrafita, Cerezo y Rafael Puyuelo.


Mi evocación especial y cariñosa para algunos nombres que mantengo muy presentes de aquella primera hornada, compañeros también de instituto: Gracia Rumi, Juan José Ventureira, J. Luis Zamborain, R. Puyuelo, Ernesto Ara, Hijós, J. M.ª Tomás Gracia, A. Cerezo, Enrique Piedrafita, Carlos De Arriba y J. Ochando, entre otros.

Un abrazo muy fuerte si alguno de vosotros lee estas líneas.

De nuevo, este próximo Primer Viernes de Mayo estaré en Jaca, mezclado con mi gente.

Y cuando suene el himno, volveré a ser, por un instante, aquel niño que lo vivía todo por primera vez.


“Jaca libre sabe vivir, a la sombra del monte Oroel”.


Jorge de Aragón 

        Recuerdos de Jaca 





 


martes, 19 de marzo de 2013

Mis Semanas Santas en Jaca (principios de los 60)



 Mis Semanas Santas en Jaca


en procesión 


       Antes de nada, me gustaría aclarar que la vida religiosa en aquella época era intensa. 

        Muy intensa.

Las iglesias se llenaban. Los domingos, alumnos, padres, maestros e incluso soldados acudían a misa casi por obligación. Desde pequeños en el colegio, memorizábamos el catecismo, y quien faltaba a misa el domingo, era castigado. 

La religión católica era oficial y su influencia lo impregnaba todo; cualquier otra creencia quedaba relegada al ámbito privado.

 

Otros momentos de la Semana Santa  
La Iglesia era severa. No se podía entrar con manga corta; las mujeres llevaban falda larga y velo cubriendo la cabeza. Eran normas asumidas con naturalidad, aunque hoy puedan parecernos rígidas.

Un año más, nos preparábamos para recibir la Semana Santa en Jaca.

En el colegio, y especialmente en la clase de Religión, aquellos días adquirían un tono distinto. Se nos advertía con rotundidad del recogimiento que debíamos mostrar. Todo debía ser respeto, acatamiento, silencio.


 Como preludio, una semana antes comenzaban los llamados “Ejercicios Espirituales”.

 Durante tres interminables días nos enclaustraban, unas veces en la Catedral y otras en la capilla del Instituto. 

 El mosén de turno nos ofrecía largas y profundas charlas. Los temas eran siempre los mismos: lo que nos esperaba si no éramos buenos católicos, si no rezábamos a diario o si faltábamos a misa.

El castigo eterno.

El fuego infinito.

           La condena sin final.

Procesión en Jaca de los 60

Después llegaba, para mí, lo peor: el silencio.

Un silencio impuesto, denso, casi físico. Nos obligaban a meditar sobre la vida eterna, el diablo y todo aquello que nuestras mentes infantiles podían imaginar tras aquellos sermones.

Recuerdo que me causaban más miedo esas horas inmóviles en los bancos de la Catedral, que cualquier otra amenaza. La penumbra, la humedad antigua de las bóvedas, el eco lejano de algún carraspeo… todo contribuía a una congoja difícil de explicar.

 Durante esos días, tenía el estómago revuelto y soñaba con pesadillas extrañas. Rezaba, sí, pero para que terminaran pronto aquellos ejercicios. Aún hoy, cuando esos recuerdos regresan, siento algún leve escalofrío.

 Si alguna vez pensé en estudiar teología, aquellos días me lo quitaron de raíz. Lo más cerca que estuve, fue ayudar a misa como monaguillo… quizá más por probar, a escondidas del padre Damián, aquel vino dulce antes de ser bendecido, que por verdadera vocación.

La Semana Santa también se oía.

En todas las emisoras de las radios, desde el lunes hasta el domingo de Resurrección, solo sonaba música sacra y conciertos clásicos interminables. La ciudad entera, parecía envuelta en una misma melodía grave que invitaba a la melancolía y al recogimiento.

A los niños se nos prohibía jugar, reír o cantar en la calle. Incluso en el recreo debíamos contenernos. Los glacis, habitualmente llenos de carreras y pelotazos, quedaban extrañamente vacíos. La campiña verde y las almenas de la Ciudadela parecían también contagiadas de aquel espíritu solemne.

Las visitas a las iglesias eran obligadas. Caminábamos en fila, de dos en dos y cogidos de la mano. Los altares, cubiertos con telas moradas, apenas dejaban ver las imágenes. Rezábamos, besábamos el pie del Cristo descubierto en la cruz y regresábamos al colegio en silencio.

Y luego estaban las procesiones.

Las del jueves y Viernes Santo eran un ritual ineludible. Los penitentes encapuchados, los romanos desfilando con paso marcial, los pasos arrastrados por las cofradías y la banda de música componían —y siguen componiendo— un espectáculo admirable en Jaca.

 Para quien no conozca la Semana Santa jacetana, puedo decir que es una de las más bellas e interesantes de España y merece la pena vivirla al menos una vez.

Recuerdo la semioscuridad total del entorno, y el respetuoso silencio del público. 

Cuando pasaba el entierro de Cristo, todos nos arrodillábamos y nos santiguábamos. Los militares hincaban la rodilla o saludaban firmes. 

 

Viernes Santo.  La procesión del santo entierro años 60

 

 A su  paso, todas las farolas de las calles y luces de los bares se apagaban a la vez. 

 El respeto era algo que convivía naturalmente con nuestras tradiciones.

El tiempo ha cambiado muchas cosas. Aquella severidad hoy puede parecer lejana, incluso excesiva para quienes no la vivieron. Pero también forma parte de una época concreta y de una manera de entender la fe y la vida.

Cada época tiene su manera de creer, de celebrar y de educar. Aquella fue la nuestra. Y aunque estuvo llena de claroscuros, también fue auténtica.

Así guardo yo mis Semanas Santas jacetanas: no como un juicio, sino como el testimonio sincero de un tiempo que ya no volverá, pero que sigue formando parte de lo que soy.

Porque, al fin y al cabo, entre el silencio de los templos, el redoble grave de los tambores y la mirada asustada de aquel niño que fui se fue forjando una parte de mi memoria. Y esa memoria —con sus sombras y su luz— todavía hoy camina conmigo cuando llega la primavera a Jaca.


Jorge de Aragón

       Recuerdos de Jaca 


                               Artículo publicado también en "Jacetania Express" 

                                   Mis Semanas Santas en Jaca. Por Jorge Ochando