Mis Amigos

lunes, 22 de julio de 2013

LA PLAYA DEL RIO ARAGON

  

 


La playa del Rio Aragón


Aquellos veranos en la playa del río Aragón

Hoy, mientras veo jugar a mis nietos en una piscina hinchable, un recuerdo se abre paso sin pedir permiso.

 Me lleva a los veranos de mi infancia en Jaca, a una playa sin mar, a las aguas frías y claras del río Aragón, y a mis padres enseñándonos a amar una tierra que nunca se olvida.

Hoy, muchos años después

Hoy, cincuenta y pico años después, en un pequeño pueblo de Tarragona donde resido, hojeo distraídamente un libro, mientras observo a mis nietos bañarse y juguetear en la piscina hinchable instalada en el pequeño jardín de mi casa.

 Sus risas, los chapoteos y esa alegría despreocupada propia de la infancia consiguen que, por unos instantes, el compartimento estanco de mi memoria —donde duermen tantos recuerdos— se abra sin previo aviso.

 Y de pronto rescata una época muy lejana, casi olvidada: la de mi infancia y aquellos veraneos en el río Aragón, en Jaca, con mis padres y mis hermanos.

 Julios y agostos de los años sesenta

Calor.

El sonido persistente y chillón de cigarras y grillos mezclándose en el aire.                                      

Los veranos de Jaca solían ser —y creo que lo siguen siendo— bastante cálidos, pero de un calor seco y soportable. Muy distinto de ese otro calor estival, húmedo y pegajoso, del litoral mediterráneo, al que nunca he terminado de acostumbrarme y que llevo años soportando desde que me fui de Jaca.

 La promesa de una playa especial

Recuerdo bastante bien, la primera vez que fuimos a bañarnos a “la playa” de Jaca.

 Papá nos había hablado muchas veces de ella. Decía que en verano nos llevaría a una playa especial, rodeada de montañas, prados de hierba y árboles, con aguas cristalinas y frescas.

 Una playa que no existía en ningún otro lugar.

Solo allí.

 A las siete y un minuto

Un sábado de julio de aquel verano, papá nos anunció que al día siguiente nos despertaría a las siete de la mañana para preparar, con tiempo, todos los trastos necesarios para pasar el día en la “playa”.

 A las siete y un minuto en punto, y al toque de diana de papá, saltamos como gatos de las literas al suelo para coger turno para el lavabo.

 Siendo tantos hermanos, (SIETE),  había que espabilarse para no ser el último; a veces incluso entrábamos al WC de dos en dos.

 Las tareas eran inmediatas: asearse, peinarse, colocarse el bañador.

Después, en fila hacia el comedor-cocina para un desayuno rápido y frugal.

 Mamá llevaba ya una hora en pie y lo tenía todo bajo control.

 

Un desayuno de otros tiempos

Una taza de café de puchero y una tostada de pan untada con aceite para cada uno.

Puedo decir, con cierta satisfacción, que aquel era el desayuno más rico que se podía tomar entonces. Eran otros tiempos —como solía decir papá mirando hacia atrás—:

 “Éramos muy pobres, sí, pero muy felices.”

 Y qué bueno estaba todo, Dios mío.

 Cestos, bártulos y camino al río

En la puerta de casa aguardaban apilados los cestos de mimbre y alguna mochila con la comida preparada por mamá, agua y todo lo necesario para sobrevivir en la “playa” durante el día entero.

 No podía faltar nada: gorras, flotadores, la colchoneta hinchable para navegar…

 Era la primera vez que íbamos. Mis hermanos y yo estábamos fascinados e ilusionados con aquella aventura.

 Hasta entonces, nuestros únicos chapuzones habían sido en el canal que pasaba junto a las casas militares. Y claro, si Jaca no tenía mar… ¿a qué playa nos llevaban papá y mamá?


"La familia Ulises"

Papá y mamá se repartieron los cestos más voluminosos.

Mis hermanos y yo cargábamos con el resto de bártulos.


Caminamos hacia el paseo, lo cruzamos y tomamos una pista forestal, en descenso hacia Asieso.

 Éramos un tropel, avanzando en masa. Imagino a quienes nos veían pasar,  preguntándose acaso, si no nos habíamos escapado de algún cuento, como aquella divertida familia "Ulises del TBO".

 

En Jaca apenas había coches por entonces. Quizá media docena. Grandes, negros y muy cuadrados. 

Desde luego, disponer de uno era un lujo impensable.


El primer encuentro con el río Aragón

Al final de la cuesta, en un recodo, apareció de pronto un puente.

 Y a sus pies, el enorme río Aragón.

 Mis hermanos y yo quedamos sobrecogidos. Nunca habíamos visto un río tan grande de cerca. La realidad superó cualquier idea que nos hubiéramos hecho.

 La corriente, en aquella época del año, era mansa y serena.

A la derecha, la presa retenía el agua y rugía suavemente, acompasando el murmullo del paisaje.


"La playa de Jaca"

—Aquí está la playa —dijo papá—.

Esta es la playa especial de la que os hablé.

 Fuimos bajando por el sendero escarpado que serpenteaba junto al río, entre maleza y zarzamoras, hasta llegar a un prado de hierba rodeado de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino.

 Allí, el río formaba una badina de aguas frías, claras y tranquilas, perfecta para nadar.

 Otras familias, vecinos de las casas militares, ya estaban allí. Habían quedado con papá y mamá para pasar el día juntos.

 Aprendiendo a nadar sin saber nadar

Una vez instalados, nos lanzamos al agua sin pensarlo.  Ninguno sabíamos nadar.




Con aquellos flotadores arcaicos ajustados al pecho, desafiamos una y otra vez las frías aguas del Aragón.

 Papá y mamá nos observaban sonriendo. Papá no tardó en unirse a nuestras travesuras: era el primero en tirarse, nadar y darnos los primeros consejos. 




Por turnos, nos subíamos a la única colchoneta hinchable y nos dejábamos llevar por la suave corriente, remando con las manos.

Con los ojos fijos en la superficie, intentábamos distinguir bajo el agua las siluetas de las truchas acompañándonos en la travesía.

 



El sabor irrepetible del verano

Entre baños, juegos y búsquedas de madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando.

 El rugido inequívoco del estómago nos avisó de que era la hora de comer.

Papá llamó y nos reunimos en la pradera, sentados en improvisadas sillas de piedra.

Mamá había preparado una ensaladilla de tomate con atún y un bocadillo de tortilla de patatas cocinado la noche anterior.

 Estaba de miedo.

 Nunca supe —ni aún sé— por qué aquellas ensaladillas y aquellos bocadillos, comidos en el campo, sabían infinitamente mejor que en casa, teniendo los mismos ingredientes.

 Todavía hoy sigo viendo, oliendo y saboreando aquellas comidas campestres de los domingos de verano junto al río.


La digestión, los juegos y las cartas

Después venían las horas de digestión. Tres si habías comido tomate. Dos si no.

Nunca entendí esa regla, y papá tampoco se molestó en explicarla: ¡era así,  y punto!.

 Mientras tanto, buscábamos renacuajos, o mirábamos como jugaban los mayores al remigio o al guiñote.

 Así aprendí yo a jugar. Me fijé tanto,  aprendí tan rápido, e insití aún más, que acabaron dejándome jugar "una partida".

 Una hora después,  los había dejado a todos pelados. Dijeron que fue suerte. Yo también lo he creído siempre…

 Aunque hoy mi nieto Albert, con seis años, también me gana al dominó, al parchís y a la oca.

¿Me pregunto si también será solo suerte?.

 

El último baño y la vuelta a casa

El día terminaba con el último baño, cuando el sol empezaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

 


Recogíamos los bártulos y emprendíamos el regreso, cruzando el puente y subiendo el sendero hasta la carretera.

La vuelta se hacía tranquila, comentando las peripecias del día, mientras el sol se despedía en tonos rojizos, dibujando mil colores en el cielo jaqués.

 



Lo que mi padre quiso enseñarnos

Por la noche, papá nos preguntó:

 —¿Os ha gustado la playa?

 —¡Claro! —respondimos al unísono.

 Entonces nos dijo que, aunque no fuera una playa de mar como las de las postales, sí éramos unos privilegiados, por bañarnos en aquellas aguas claras  y cristalinas que nacían en el corazón de los Pirineos.

 

Que siempre las recordaríamos, estuviéramos donde estuviésemos.

Su mirada decía más que sus palabras.

 Fue siempre un enamorado de Jaca, de sus montañas, de la Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de Ordesa, del esquí y de toda la naturaleza que se respira en ese entorno único .

 Y, sobre todo, fue un gran padre que nos inculcó ese amor y respeto por esos valores, que nos han acompañado toda la vida.

 Gracias

Hoy, al escribir uno de mis recuerdos más entrañables,  desde lo más íntimo de mi corazón y de mi memoria, solo puedo decir a mis padres: muchas gracias.

 Gracias por compartir con nosotros ese sentimiento tan vuestro.

Gracias por dejarnos en herencia esa forma de amar esta tierra.

 El río Aragón, sus aguas claras, su murmullo constante, los prados verdes y los árboles que nos cobijaron siguen conversando, a vuestro lado, en silenciosa complicidad, de todos los momentos felices compartidos juntos.

 Un beso, papá.

 Un beso, mamá.

 Gracias por aquellos inolvidables veranos en la playa de Jaca, disfrutados a vuestro lado.


 Jorge de Aragón 

Recuerdos de Jaca 

jueves, 25 de abril de 2013

Mis recuerdos del Primer Viernes de Mayo en Jaca


 

Mis recuerdos del Primer Viernes de Mayo en Jaca: 

memoria y emoción


Tradición, infancia y emoción a la sombra del monte Oroel.

Una de las fiestas más bonitas, y de la que mejores recuerdos guardo en mi corazón, es sin duda la fiesta grande de Jaca: la conmemoración del Primer Viernes de Mayo.


El Conde Aznar,  haciendo su entrada triunfal en Jaca. Foto:(Pirineo Aragonés).

Pero, sobre todo, aquellos de los años cincuenta y sesenta, los de mi infancia.

Los de hoy son diferentes, incomparables: más vistosos, más coloridos y mejor simbolizados conforme a los tiempos modernos. 

Nada que ver con las imágenes que conviven en mi memoria.
Siempre esperaba ese día con inmensa ilusión. La ciudad y su gente —la que vive siempre allí y la que reside lejos y regresa expresamente para celebrarlo— le dan un aura única e incomparable.


Un momento del Desfile 

 Todo se mezcla: el ambiente, el colorido y la emoción tan propia de una fiesta profundamente jacetana.

El desfile marcial de labradores y artesanos, comandados por el Conde Aznar y secundados por las bellas labradoras y artesanas jacetanas.

La calle Mayor, abarrotada cantando el himno 


El himno, entonado con sentida emoción a las puertas del Ayuntamiento, con la multitud ocupando todo el ancho y largo de la calle Mayor; el saludo cruzado de banderas y el olor y sabor a pólvora de los disparos de los trabucos, en los lugares más emblemáticos del recorrido, consiguen que la sangre baturra fluya a borbotones y se desborde, incontroladamente, a la sombra del monte Oroel.


Días antes —en aquellos años— prácticamente todos los niños nos preocupábamos de tener nuestro particular bastón de hierro, al que llamábamos matamoros.


 

 Si no recuerdo mal, era una varilla de  hierro de casi un metro de largo; en un extremo le colocábamos un fulminante explosivo y en el otro, un aro circular a modo de empuñadura. 
Al accionarlo contra el suelo, el pistón estallaba e intentábamos sincronizar el sonido, con las descargas de los trabucos durante el desfile.

Hoy creo que esa tradición ha desaparecido, o al menos ha menguado lo suficiente como para pasar inadvertida. Supongo que a los que sois de mi generación os sonará de algo. En mis últimas visitas, durante esta celebración tan tradicional, no he podido observar ni cotejar esta lejana costumbre entre los chicos de hoy.



Templete de Santa Orosia 

 También recuerdo con especial cariño el año 1964. En el ya desaparecido templete de Santa Orosia, nacía la primera avanzadilla de Danzantes infantiles de paloteau, de la que fui uno de sus pioneros. 


Un momento de nuestra actuacion 

Meses antes, la hermandad de danzantes“mayores” nos reclutó a una docena de chicos de primero de bachiller del instituto Domingo Miral, para entrenarnos y coordinar a aquella singular cuadrilla.

Con palos de fresno en ambas manos, zapatillas de cáñamo, traje típico,  ancha faja morada de baturro y el pañuelo rojo sobre los hombros, danzábamos con ardor e ilusión en los diversos números, al compás de la traca del paloteau por las calles de Jaca.

Lo innegable, es que llamó mucho la atención aquel estreno de la nueva pandilla, encuadrada en el desfile de ese año, e incrustada entre las hermandades de artesanos y labradores. 

 

Soy yo (el autor ) 


Mucha gente nos seguía exclusivamente para vernos cada vez que nos tocaba “palotear”. 


También actuamos, invitados, a participar en el Festival Folclórico de los Pirineos.


Recuerdo también, con mucho cariño y auténtico orgullo, una actuación memorable en el Teatro Olimpia de Huesca, además de otras intervenciones en fiestas mayores de pueblos cercanos.




PRIMER GRUPO INFANTIL DANZANTES DE PALOTEAU SANTA OROSIA:  (1962) 



De Izda. a Dcha.…(fila superior) Carlos De Arriba, José L. Hijós, José L. Zemborain, Jorge Ochando, José M.ª Tomás y Ernesto Ara.(fila inferior) Enrique Piedrafita, Cerezo y Rafael Puyuelo.


Mi evocación especial y cariñosa para algunos nombres que mantengo muy presentes de aquella primera hornada, compañeros también de instituto: Gracia Rumi, Juan José Ventureira, J. Luis Zamborain, R. Puyuelo, Ernesto Ara, Hijós, J. M.ª Tomás Gracia, A. Cerezo, Enrique Piedrafita, Carlos De Arriba y J. Ochando, entre otros.

Un abrazo muy fuerte si alguno de vosotros lee estas líneas.

De nuevo, este próximo Primer Viernes de Mayo estaré en Jaca, mezclado con mi gente.

Y cuando suene el himno, volveré a ser, por un instante, aquel niño que lo vivía todo por primera vez.


“Jaca libre sabe vivir, a la sombra del monte Oroel”.


Jorge de Aragón 

        Recuerdos de Jaca 





 


martes, 19 de marzo de 2013

Mis Semanas Santas en Jaca (principios de los 60)



 Mis Semanas Santas en Jaca


en procesión 


       Antes de nada, me gustaría aclarar que la vida religiosa en aquella época era intensa. 

        Muy intensa.

Las iglesias se llenaban. Los domingos, alumnos, padres, maestros e incluso soldados acudían a misa casi por obligación. Desde pequeños en el colegio, memorizábamos el catecismo, y quien faltaba a misa el domingo, era castigado. 

La religión católica era oficial y su influencia lo impregnaba todo; cualquier otra creencia quedaba relegada al ámbito privado.

 

Otros momentos de la Semana Santa  
La Iglesia era severa. No se podía entrar con manga corta; las mujeres llevaban falda larga y velo cubriendo la cabeza. Eran normas asumidas con naturalidad, aunque hoy puedan parecernos rígidas.

Un año más, nos preparábamos para recibir la Semana Santa en Jaca.

En el colegio, y especialmente en la clase de Religión, aquellos días adquirían un tono distinto. Se nos advertía con rotundidad del recogimiento que debíamos mostrar. Todo debía ser respeto, acatamiento, silencio.


 Como preludio, una semana antes comenzaban los llamados “Ejercicios Espirituales”.

 Durante tres interminables días nos enclaustraban, unas veces en la Catedral y otras en la capilla del Instituto. 

 El mosén de turno nos ofrecía largas y profundas charlas. Los temas eran siempre los mismos: lo que nos esperaba si no éramos buenos católicos, si no rezábamos a diario o si faltábamos a misa.

El castigo eterno.

El fuego infinito.

           La condena sin final.

Procesión en Jaca de los 60

Después llegaba, para mí, lo peor: el silencio.

Un silencio impuesto, denso, casi físico. Nos obligaban a meditar sobre la vida eterna, el diablo y todo aquello que nuestras mentes infantiles podían imaginar tras aquellos sermones.

Recuerdo que me causaban más miedo esas horas inmóviles en los bancos de la Catedral, que cualquier otra amenaza. La penumbra, la humedad antigua de las bóvedas, el eco lejano de algún carraspeo… todo contribuía a una congoja difícil de explicar.

 Durante esos días, tenía el estómago revuelto y soñaba con pesadillas extrañas. Rezaba, sí, pero para que terminaran pronto aquellos ejercicios. Aún hoy, cuando esos recuerdos regresan, siento algún leve escalofrío.

 Si alguna vez pensé en estudiar teología, aquellos días me lo quitaron de raíz. Lo más cerca que estuve, fue ayudar a misa como monaguillo… quizá más por probar, a escondidas del padre Damián, aquel vino dulce antes de ser bendecido, que por verdadera vocación.

La Semana Santa también se oía.

En todas las emisoras de las radios, desde el lunes hasta el domingo de Resurrección, solo sonaba música sacra y conciertos clásicos interminables. La ciudad entera, parecía envuelta en una misma melodía grave que invitaba a la melancolía y al recogimiento.

A los niños se nos prohibía jugar, reír o cantar en la calle. Incluso en el recreo debíamos contenernos. Los glacis, habitualmente llenos de carreras y pelotazos, quedaban extrañamente vacíos. La campiña verde y las almenas de la Ciudadela parecían también contagiadas de aquel espíritu solemne.

Las visitas a las iglesias eran obligadas. Caminábamos en fila, de dos en dos y cogidos de la mano. Los altares, cubiertos con telas moradas, apenas dejaban ver las imágenes. Rezábamos, besábamos el pie del Cristo descubierto en la cruz y regresábamos al colegio en silencio.

Y luego estaban las procesiones.

Las del jueves y Viernes Santo eran un ritual ineludible. Los penitentes encapuchados, los romanos desfilando con paso marcial, los pasos arrastrados por las cofradías y la banda de música componían —y siguen componiendo— un espectáculo admirable en Jaca.

 Para quien no conozca la Semana Santa jacetana, puedo decir que es una de las más bellas e interesantes de España y merece la pena vivirla al menos una vez.

Recuerdo la semioscuridad total del entorno, y el respetuoso silencio del público. 

Cuando pasaba el entierro de Cristo, todos nos arrodillábamos y nos santiguábamos. Los militares hincaban la rodilla o saludaban firmes. 

 

Viernes Santo.  La procesión del santo entierro años 60

 

 A su  paso, todas las farolas de las calles y luces de los bares se apagaban a la vez. 

 El respeto era algo que convivía naturalmente con nuestras tradiciones.

El tiempo ha cambiado muchas cosas. Aquella severidad hoy puede parecer lejana, incluso excesiva para quienes no la vivieron. Pero también forma parte de una época concreta y de una manera de entender la fe y la vida.

Cada época tiene su manera de creer, de celebrar y de educar. Aquella fue la nuestra. Y aunque estuvo llena de claroscuros, también fue auténtica.

Así guardo yo mis Semanas Santas jacetanas: no como un juicio, sino como el testimonio sincero de un tiempo que ya no volverá, pero que sigue formando parte de lo que soy.

Porque, al fin y al cabo, entre el silencio de los templos, el redoble grave de los tambores y la mirada asustada de aquel niño que fui se fue forjando una parte de mi memoria. Y esa memoria —con sus sombras y su luz— todavía hoy camina conmigo cuando llega la primavera a Jaca.


Jorge de Aragón

       Recuerdos de Jaca 


                               Artículo publicado también en "Jacetania Express" 

                                   Mis Semanas Santas en Jaca. Por Jorge Ochando










jueves, 28 de febrero de 2013

Aquellas nevadas de Jaca


Aquellas nevadas de Jaca




Prólogo

Para mí, Jaca no es solo un lugar en el mapa; es un rincón entrañable y especial que permanece vivo en mi memoria, aunque los años y la distancia me hayan alejado de su entorno y de sus calles. 

Cada esquina, cada tejado cubierto de nieve y cada montaña que la rodea guarda la magia de los inviernos blancos de mi infancia. 

Este relato nace de ese amor profundo por la ciudad, y de aquellos inviernos en que la nieve no solo transformaba el paisaje, sino también nuestras inocentes aventuras, nuestras risas y algunas veces, aquellas ingenuas temeridades.

El recuerdo de esas nevadas

Al ver por la tele, y también las fotos que mis amigos jaqueses han colgado en las redes sobre las pasadas nevadas de este frío y borrascoso invierno en Jaca, acudieron a mi mente, casi como un flash, aquellos juegos que improvisábamos los críos sobre el blanco manto que cubría las calles y envolvía el paisaje de la ciudad. Una sonrisa pícara y una nostalgia cómplice me acompañaban.

Hace ya demasiado tiempo —años— que no veo nevar.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que mis ojos contemplaron una nevada como la de este singular invierno jaqués. Desde que me alejé de Jaca por las circunstancias de la vida —allá por 1966—, no he logrado coincidir ni compartir un invierno allí. Solo en mi memoria, y atesorados en los años de mi infancia, perduran aquellos recuerdos de nevadas formidables y sorprendentes.


Entrecierro los ojos, y los recuerdos me llevan a uno de esos días: salíamos del colegio y mirábamos hacia un cielo maquillado de un rosado blanquecino-plomizo. El aire permanecía inmóvil, y aunque el frío mordía, apenas lograba atravesar nuestra piel, acostumbrada a las temperaturas invernales de aquella latitud.


—¡Va a nevar… va a nevar! —era la sensación que bien conocíamos. La temperatura había caído por debajo de cero, y todo el día lloviznaba una aguanieve que anunciaba lo que estaba por venir.

La magia de la nieve

La nieve no tardó en aparecer. Primero, unos minúsculos copitos se agitaban en la brisa como preludio. Poco después, copos grandes y copiosos engalanaron los tejados y calles de Jaca, dibujando un manto inmaculado sobre el paisaje.

La gran Peña Oroel, las montañas de la Jacetania y la cadena pre-Pirenaica, con Collarada como capitana, se enfundaban en su inmaculado invierno, espléndidas y silenciosas.

Para nosotros, los niños de entonces —tan rudimentarios como valientes— una nevada así, medio metro y a veces hasta más, era un regalo sublime de la Naturaleza.

 


Nos encantaba perfilar surcos sobre el blanco nítido y suave de la nieve. Las calles y aceras desaparecían bajo el manto; en el patio, trazábamos laberintos de nieve sin sentido y vivíamos las más disparatadas aventuras, dignas de audaces cosacos sobre la estepa recién creada a nuestro alrededor.

Trineos improvisados y osadía sin límites

Con dos cañas de escoba, y un cajón de madera de embalaje de frutas, inventábamos y construíamos los trineos más veloces de la historia —tracción humana—. Con ignorancia del peligro, temeridad y osadía sin límites, éramos, sin saberlo, los primeros intrépidos “bobsleighs” de Jaca.

Nuestra especialidad consistía en deslizarnos por calles o laderas de montículos pendiente abajo, sin frenos ni paracaídas. Algunas veces —casi siempre— aterrizábamos como podíamos en los zarzales; otras, en charcos helados que crujían al romperse bajo nuestro peso; otras chocando con mojones de piedras que nos escupían al aire, dándonos varias vueltas de campana; y otras, cuando el trineo, al no estar diseñado por ningún ingeniero de Ferrari, simplemente se desintegraba con la velocidad y vibraciones descontroladas.



Frenar era otra dificultad añadida. Siempre mirábamos de reojo que no se cruzara un árbol en nuestro camino. La noción del peligro no existía en nuestro vocabulario.

Había otra opción: atarnos los anoraks o bolsas de plástico a la cintura y sentarnos sobre ellos. La velocidad era parecida, pero la “carrocería” —nuestro trasero— pagaba el precio si aparecía algún obstáculo inesperado. Carcajadas incontroladas acompañaban cada impacto sobre el “hueso de la risa” del sacro… (lo digo por experiencia).

Juegos, risas y muñecos de nieve

Lanzarnos rodando por la pendiente del Ferial, acumulando bolas de nieve humanas, o construir mini-iglús donde escondernos era parte de nuestra rutina. Tallábamos figuras, monigotes y muñecos de nieve, con su nariz de zanahoria, sombrero de paja y escoba de fusil. Las guerras de bolazos de nieve entre pandillas del colegio llenaban los glacis de risas y estrépito.


Hoy, viendo las fotos de mi querido pueblo, vuelvo a saborear esos recuerdos. Jaca, siempre añorada, amada y suspirada, conserva su hechizo intacto para quien la conoce y la disfruta. Fui un privilegiado de aquellas vivencias, y su magia permanece en mí.


Epílogo

Casi cincuenta años después,  al mirar las fotos de Jaca cubierta de nieve, siento de nuevo aquella emoción infantil: la expectación ante la primera nevada, el frío que apenas se notaba, las carreras, los trineos improvisados y las bolas de nieve que nos perseguían mientras reíamos sin control.

La ciudad ha cambiado, y algunas calles y rostros son distintos, pero Jaca sigue siendo la misma en esencia, con su magia intacta, la misma que me acompañó en aquellos inviernos de mi infancia.

Poder revivirlo, recordarlo y compartirlo es un regalo: la ciudad entrañable que amo, siempre blanca y acogedora, sigue latiendo en mi memoria, como si el tiempo respetara la nieve y conservara para mí aquel paisaje que me hizo tan feliz.

 

Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca 

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