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jueves, 28 de febrero de 2013

Aquellas nevadas de Jaca


Aquellas nevadas de Jaca




Prólogo

Para mí, Jaca no es solo un lugar en el mapa; es un rincón entrañable y especial que permanece vivo en mi memoria, aunque los años y la distancia me hayan alejado de su entorno y de sus calles. 

Cada esquina, cada tejado cubierto de nieve y cada montaña que la rodea guarda la magia de los inviernos blancos de mi infancia. 

Este relato nace de ese amor profundo por la ciudad, y de aquellos inviernos en que la nieve no solo transformaba el paisaje, sino también nuestras inocentes aventuras, nuestras risas y algunas veces, aquellas ingenuas temeridades.

El recuerdo de esas nevadas

Al ver por la tele, y también las fotos que mis amigos jaqueses han colgado en las redes sobre las pasadas nevadas de este frío y borrascoso invierno en Jaca, acudieron a mi mente, casi como un flash, aquellos juegos que improvisábamos los críos sobre el blanco manto que cubría las calles y envolvía el paisaje de la ciudad. Una sonrisa pícara y una nostalgia cómplice me acompañaban.

Hace ya demasiado tiempo —años— que no veo nevar.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que mis ojos contemplaron una nevada como la de este singular invierno jaqués. Desde que me alejé de Jaca por las circunstancias de la vida —allá por 1966—, no he logrado coincidir ni compartir un invierno allí. Solo en mi memoria, y atesorados en los años de mi infancia, perduran aquellos recuerdos de nevadas formidables y sorprendentes.


Entrecierro los ojos, y los recuerdos me llevan a uno de esos días: salíamos del colegio y mirábamos hacia un cielo maquillado de un rosado blanquecino-plomizo. El aire permanecía inmóvil, y aunque el frío mordía, apenas lograba atravesar nuestra piel, acostumbrada a las temperaturas invernales de aquella latitud.


—¡Va a nevar… va a nevar! —era la sensación que bien conocíamos. La temperatura había caído por debajo de cero, y todo el día lloviznaba una aguanieve que anunciaba lo que estaba por venir.

La magia de la nieve

La nieve no tardó en aparecer. Primero, unos minúsculos copitos se agitaban en la brisa como preludio. Poco después, copos grandes y copiosos engalanaron los tejados y calles de Jaca, dibujando un manto inmaculado sobre el paisaje.

La gran Peña Oroel, las montañas de la Jacetania y la cadena pre-Pirenaica, con Collarada como capitana, se enfundaban en su inmaculado invierno, espléndidas y silenciosas.

Para nosotros, los niños de entonces —tan rudimentarios como valientes— una nevada así, medio metro y a veces hasta más, era un regalo sublime de la Naturaleza.

 


Nos encantaba perfilar surcos sobre el blanco nítido y suave de la nieve. Las calles y aceras desaparecían bajo el manto; en el patio, trazábamos laberintos de nieve sin sentido y vivíamos las más disparatadas aventuras, dignas de audaces cosacos sobre la estepa recién creada a nuestro alrededor.

Trineos improvisados y osadía sin límites

Con dos cañas de escoba, y un cajón de madera de embalaje de frutas, inventábamos y construíamos los trineos más veloces de la historia —tracción humana—. Con ignorancia del peligro, temeridad y osadía sin límites, éramos, sin saberlo, los primeros intrépidos “bobsleighs” de Jaca.

Nuestra especialidad consistía en deslizarnos por calles o laderas de montículos pendiente abajo, sin frenos ni paracaídas. Algunas veces —casi siempre— aterrizábamos como podíamos en los zarzales; otras, en charcos helados que crujían al romperse bajo nuestro peso; otras chocando con mojones de piedras que nos escupían al aire, dándonos varias vueltas de campana; y otras, cuando el trineo, al no estar diseñado por ningún ingeniero de Ferrari, simplemente se desintegraba con la velocidad y vibraciones descontroladas.



Frenar era otra dificultad añadida. Siempre mirábamos de reojo que no se cruzara un árbol en nuestro camino. La noción del peligro no existía en nuestro vocabulario.

Había otra opción: atarnos los anoraks o bolsas de plástico a la cintura y sentarnos sobre ellos. La velocidad era parecida, pero la “carrocería” —nuestro trasero— pagaba el precio si aparecía algún obstáculo inesperado. Carcajadas incontroladas acompañaban cada impacto sobre el “hueso de la risa” del sacro… (lo digo por experiencia).

Juegos, risas y muñecos de nieve

Lanzarnos rodando por la pendiente del Ferial, acumulando bolas de nieve humanas, o construir mini-iglús donde escondernos era parte de nuestra rutina. Tallábamos figuras, monigotes y muñecos de nieve, con su nariz de zanahoria, sombrero de paja y escoba de fusil. Las guerras de bolazos de nieve entre pandillas del colegio llenaban los glacis de risas y estrépito.


Hoy, viendo las fotos de mi querido pueblo, vuelvo a saborear esos recuerdos. Jaca, siempre añorada, amada y suspirada, conserva su hechizo intacto para quien la conoce y la disfruta. Fui un privilegiado de aquellas vivencias, y su magia permanece en mí.


Epílogo

Casi cincuenta años después,  al mirar las fotos de Jaca cubierta de nieve, siento de nuevo aquella emoción infantil: la expectación ante la primera nevada, el frío que apenas se notaba, las carreras, los trineos improvisados y las bolas de nieve que nos perseguían mientras reíamos sin control.

La ciudad ha cambiado, y algunas calles y rostros son distintos, pero Jaca sigue siendo la misma en esencia, con su magia intacta, la misma que me acompañó en aquellos inviernos de mi infancia.

Poder revivirlo, recordarlo y compartirlo es un regalo: la ciudad entrañable que amo, siempre blanca y acogedora, sigue latiendo en mi memoria, como si el tiempo respetara la nieve y conservara para mí aquel paisaje que me hizo tan feliz.

 

Jorge de Aragón

        Recuerdos de Jaca 

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