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jueves, 6 de diciembre de 2018

MI ADIOS A JACA : AGOSTO 1966

 

Mi adiós a Jaca


Verano de 1966. Memoria de una despedida



Marcharse también puede ser una forma de aprender a recordar.

Hay despedidas que no se anuncian como tales, pero se quedan a vivir en la memoria para siempre. 

En el verano de 1966 dejé Jaca con una vieja maleta, dieciséis años recién cumplidos y la sensación confusa de que algo muy importante quedaba atrás.

 Este no es solo el recuerdo de una partida, sino el relato de una ciudad y un lugar que me enseñó a mirar, a soñar y a no olvidar nunca de dónde vengo.

Tenía apenas casi dieciséis años cuando, aquel mes de agosto del verano de 1966, salí por última vez de mi casa y crucé el portal que daba al patio de las casas militares.

Casas Militares en los años 60

Solo llevaba conmigo una vieja maleta, gastada y saturada de recuerdos, secretos y cientos de kilómetros acumulados en sus peregrinajes. 

Era mi única amiga y compañera.

Ella y yo, de la mano de nuestra soledad y en mutuo silencio, comenzamos a caminar por las calles adyacentes a mi querido barrio.

Primero la Universidad de Verano, después mi Instituto Domingo Miral. 

Más adelante, el Paseo y, a la derecha, el Gran Hotel.

 Fueron los primeros testigos de mi partida.

 Caminaba con cierta apatía y con ese revoltijo indeseado en las tripas que provocan los nervios irrefrenables. 

Mis ojos, humedecidos, giraron inconscientemente hacia la derecha.

Aún no lo sabía, pero mientras caminaba por sus calles, la ciudad entera parecía despedirse de mí.


 

Allí estaba ella.

 Nítida, flamante, inmóvil y omnipresente.

 Mi fiel compañera de siempre.

La Peña Oroel dominaba y protegía la ciudad con su inmensa mole y su sombra singular.

 Ella, conocedora de mis secretos, aventuras y correrías, me había visto crecer, jugar y pasear por sus laderas día tras día.

 Siempre me regaló ese “segundo cariño maternal” que te da salir a la calle y verla ahí, vigilante y acogedora, transmitiéndote la certeza de que nada malo puede ocurrirte.

Casi me cuadré y le rendí mi saludo particular, castrense. En un silencio de complicidad mutua, le susurré con un guiño dirigido a su cruz:

—Volveremos a vernos, amiga mía. No te olvides de mí. Ya sabes que me debes una.

(Esa “una” es un secreto entre ella y yo, un deseo que algún día me gustaría ver cumplido).


Seguí mi camino. Giré a la izquierda y, desde el quiosco de” Manolita”, me despedí desde la escalinata del Paseo, escenario de tantas aventuras infantiles y juveniles.

 Cuántas tardes sentados en pandilla en aquellos bancos, compartiendo ocurrencias e ilusiones por cumplir; intentando emular a nuestros héroes de cine tras alguna película de indios y vaqueros en los Escolapios; rodando por los jardines, gastando inocentes bromas a las parejas que se refugiaban entre                                                                             abetos y farolas.






Y luego, horas y horas charlando, sentados pelando pipas o degustando los pepinillos avinagrados de la “Dulcinea”, hasta que tocaba regresar a casa.









La calle Mayor quedó a mi derecha, guardiana de tantos paseos y fragmentos de mi historia. 

A la izquierda, el bar “Equiza”, donde mi padre me animó por primera vez a probar una cerveza “San Miguel”. 

Jamás olvidaré aquel aroma a cebada y ese sutil amargor que, con el tiempo, se convertiría en uno de mis sabores preferidos.

 


Continué mi pequeño exilio en dirección a la Ciudadela. Al llegar a la altura de la tienda de los “Borau”, no pude contenerme.

 Me detuve, alcé la vista y, al contemplar la antena de “Radio Jaca”, un nudo me cerró la garganta. Los recuerdos se desbocaron como potros salvajes.

 


Mi infancia ante aquellos micrófonos y ondas se convirtió en un aquelarre de emociones. 

Las experiencias junto a mi padre y a mi hermano Sergio quedaron grabadas para siempre en mi alma.

 Aquella radio, generosa y altruista, dedicada a deleitar, informar pero también  a ayudar a los más necesitados, fue gran apoyo,  baluarte y complemento añadido a mis valores como persona.

 


 Haber participado en algunas de sus campañas fue un orgullo imborrable. Dolió verla desaparecer, sustituida por proyectos más mercantilistas. Eran otros tiempos.

Me despedí con la mirada clavada en la antena y una última ojeada al tercer ventanal.

 Estoy seguro de que entre esas paredes aún resuenan historias radiofónicas y ecos de una época irrepetible. 

Asentí con tristeza y agradecí haber formado parte, aunque mínimamente, de aquella pequeña leyenda.

Seguí caminando con mi maleta cargada de sueños.

 Frente a mí, “Collarada” me observaba con sus tonos pardos estivales.

 

 

Sin su invernal  manto blanco parecía más cercana, aunque en invierno, vestida de nieve, siempre fue una novia radiant

—A ti también te echaré de menos, mi querida “Dama Blanca” —le susurré.

Nunca pisé su cima, pero su silueta fue protagonista de mil aventuras soñadas de niño.

Llegué a la entrada de la Ciudadela.

 El castillo parecía distinto aquel día: más mustio, como si quisiera acompañarme en la despedida.





A la derecha, el portalón sombrío de la catedral guardaba secretos, nostalgias y miedos de mi historia religiosa.
Recuerdos de una educación rígida que, con el tiempo, logré superar.



En la carretera de la estación, justo en la entrada a la Escuela Militar de Montaña  me esperaban mis padres y mis hermanos junto al “coche de la estación”.




Mientras avanzábamos, mi padre y su espiritu castrense evocaba con ciertta nostalgia a su querida Escuela Militar, sus marchas por los Pirineos, Candanchú, Ordesa.

En la estación, mientras aguardábamos el tren, desfilaron ante mí como una película los cromos de mi vida jacetana. Creía ingenuamente que podía llevármelos intactos.

 

 Jaca fue, es y será siempre el santuario donde conviven mis sueños con la imaginación intacta de un niño que nunca creció del todo.

 Pensar en Jaca es entrar en un bucle mágico donde el tiempo se detiene.

A lo lejos se escuchó el silbato del tren procedente de Canfranc. 

La vieja locomotora de vapor refunfuñaba, esforzándose por llegar a la planicie jacetana.

Sentado en un banco, bajo el reloj de la estación, regresé -no se porque-  a uno de mis primeros recuerdos: mi primer día en los Escolapios, una mañana invernal cubierta de nieve.

El tren llegó. La locomotora de vapor nos inundó con una fumarada espesa, 

 No hubo tiempo para más despedidas. Subí al vagón de madera envuelto en vapor. Elegí una ventanilla.

 Poco a poco el tren se fue alejando y, con él, el paisaje familiar y mis pensamientos comenzaron a disolverse.

 No supe entonces poner nombre a aquella mezcla de tristeza, miedo y asombro. Solo entendí que algo esencial quedaba atrás.

 

 

Allí se quedaron mi infancia, mis secretos, mis amigos, mis rincones preferidos y esa manera de mirar el mundo que solo se aprende una vez.

 Creí que me marchaba de Jaca, pero con los años comprendí que fue Jaca la que se quedó a vivir en mí.

Hoy sé que nunca me fui del todo. 

Cada vez que regreso, el tiempo se pliega, el niño despierta y la memoria me devuelve intacto aquel verano.

 Porque hay lugares que no son un punto en el mapa, sino una forma de estar en la vida.

Y Jaca —mi Jaca— siempre será eso.


Jorge de Aragón

                 Recuerdos de Jaca 


lunes, 22 de julio de 2013

LA PLAYA DEL RIO ARAGON

  

 


La playa del Rio Aragón


Aquellos veranos en la playa del río Aragón

Hoy, mientras veo jugar a mis nietos en una piscina hinchable, un recuerdo se abre paso sin pedir permiso.

 Me lleva a los veranos de mi infancia en Jaca, a una playa sin mar, a las aguas frías y claras del río Aragón, y a mis padres enseñándonos a amar una tierra que nunca se olvida.

Hoy, muchos años después

Hoy, cincuenta y pico años después, en un pequeño pueblo de Tarragona donde resido, hojeo distraídamente un libro, mientras observo a mis nietos bañarse y juguetear en la piscina hinchable instalada en el pequeño jardín de mi casa.

 Sus risas, los chapoteos y esa alegría despreocupada propia de la infancia consiguen que, por unos instantes, el compartimento estanco de mi memoria —donde duermen tantos recuerdos— se abra sin previo aviso.

 Y de pronto rescata una época muy lejana, casi olvidada: la de mi infancia y aquellos veraneos en el río Aragón, en Jaca, con mis padres y mis hermanos.

 Julios y agostos de los años sesenta

Calor.

El sonido persistente y chillón de cigarras y grillos mezclándose en el aire.                                      

Los veranos de Jaca solían ser —y creo que lo siguen siendo— bastante cálidos, pero de un calor seco y soportable. Muy distinto de ese otro calor estival, húmedo y pegajoso, del litoral mediterráneo, al que nunca he terminado de acostumbrarme y que llevo años soportando desde que me fui de Jaca.

 La promesa de una playa especial

Recuerdo bastante bien, la primera vez que fuimos a bañarnos a “la playa” de Jaca.

 Papá nos había hablado muchas veces de ella. Decía que en verano nos llevaría a una playa especial, rodeada de montañas, prados de hierba y árboles, con aguas cristalinas y frescas.

 Una playa que no existía en ningún otro lugar.

Solo allí.

 A las siete y un minuto

Un sábado de julio de aquel verano, papá nos anunció que al día siguiente nos despertaría a las siete de la mañana para preparar, con tiempo, todos los trastos necesarios para pasar el día en la “playa”.

 A las siete y un minuto en punto, y al toque de diana de papá, saltamos como gatos de las literas al suelo para coger turno para el lavabo.

 Siendo tantos hermanos, (SIETE),  había que espabilarse para no ser el último; a veces incluso entrábamos al WC de dos en dos.

 Las tareas eran inmediatas: asearse, peinarse, colocarse el bañador.

Después, en fila hacia el comedor-cocina para un desayuno rápido y frugal.

 Mamá llevaba ya una hora en pie y lo tenía todo bajo control.

 

Un desayuno de otros tiempos

Una taza de café de puchero y una tostada de pan untada con aceite para cada uno.

Puedo decir, con cierta satisfacción, que aquel era el desayuno más rico que se podía tomar entonces. Eran otros tiempos —como solía decir papá mirando hacia atrás—:

 “Éramos muy pobres, sí, pero muy felices.”

 Y qué bueno estaba todo, Dios mío.

 Cestos, bártulos y camino al río

En la puerta de casa aguardaban apilados los cestos de mimbre y alguna mochila con la comida preparada por mamá, agua y todo lo necesario para sobrevivir en la “playa” durante el día entero.

 No podía faltar nada: gorras, flotadores, la colchoneta hinchable para navegar…

 Era la primera vez que íbamos. Mis hermanos y yo estábamos fascinados e ilusionados con aquella aventura.

 Hasta entonces, nuestros únicos chapuzones habían sido en el canal que pasaba junto a las casas militares. Y claro, si Jaca no tenía mar… ¿a qué playa nos llevaban papá y mamá?


"La familia Ulises"

Papá y mamá se repartieron los cestos más voluminosos.

Mis hermanos y yo cargábamos con el resto de bártulos.


Caminamos hacia el paseo, lo cruzamos y tomamos una pista forestal, en descenso hacia Asieso.

 Éramos un tropel, avanzando en masa. Imagino a quienes nos veían pasar,  preguntándose acaso, si no nos habíamos escapado de algún cuento, como aquella divertida familia "Ulises del TBO".

 

En Jaca apenas había coches por entonces. Quizá media docena. Grandes, negros y muy cuadrados. 

Desde luego, disponer de uno era un lujo impensable.


El primer encuentro con el río Aragón

Al final de la cuesta, en un recodo, apareció de pronto un puente.

 Y a sus pies, el enorme río Aragón.

 Mis hermanos y yo quedamos sobrecogidos. Nunca habíamos visto un río tan grande de cerca. La realidad superó cualquier idea que nos hubiéramos hecho.

 La corriente, en aquella época del año, era mansa y serena.

A la derecha, la presa retenía el agua y rugía suavemente, acompasando el murmullo del paisaje.


"La playa de Jaca"

—Aquí está la playa —dijo papá—.

Esta es la playa especial de la que os hablé.

 Fuimos bajando por el sendero escarpado que serpenteaba junto al río, entre maleza y zarzamoras, hasta llegar a un prado de hierba rodeado de árboles y flores silvestres, cerca de un viejo molino.

 Allí, el río formaba una badina de aguas frías, claras y tranquilas, perfecta para nadar.

 Otras familias, vecinos de las casas militares, ya estaban allí. Habían quedado con papá y mamá para pasar el día juntos.

 Aprendiendo a nadar sin saber nadar

Una vez instalados, nos lanzamos al agua sin pensarlo.  Ninguno sabíamos nadar.




Con aquellos flotadores arcaicos ajustados al pecho, desafiamos una y otra vez las frías aguas del Aragón.

 Papá y mamá nos observaban sonriendo. Papá no tardó en unirse a nuestras travesuras: era el primero en tirarse, nadar y darnos los primeros consejos. 




Por turnos, nos subíamos a la única colchoneta hinchable y nos dejábamos llevar por la suave corriente, remando con las manos.

Con los ojos fijos en la superficie, intentábamos distinguir bajo el agua las siluetas de las truchas acompañándonos en la travesía.

 



El sabor irrepetible del verano

Entre baños, juegos y búsquedas de madrillas y renacuajos, las horas pasaron volando.

 El rugido inequívoco del estómago nos avisó de que era la hora de comer.

Papá llamó y nos reunimos en la pradera, sentados en improvisadas sillas de piedra.

Mamá había preparado una ensaladilla de tomate con atún y un bocadillo de tortilla de patatas cocinado la noche anterior.

 Estaba de miedo.

 Nunca supe —ni aún sé— por qué aquellas ensaladillas y aquellos bocadillos, comidos en el campo, sabían infinitamente mejor que en casa, teniendo los mismos ingredientes.

 Todavía hoy sigo viendo, oliendo y saboreando aquellas comidas campestres de los domingos de verano junto al río.


La digestión, los juegos y las cartas

Después venían las horas de digestión. Tres si habías comido tomate. Dos si no.

Nunca entendí esa regla, y papá tampoco se molestó en explicarla: ¡era así,  y punto!.

 Mientras tanto, buscábamos renacuajos, o mirábamos como jugaban los mayores al remigio o al guiñote.

 Así aprendí yo a jugar. Me fijé tanto,  aprendí tan rápido, e insití aún más, que acabaron dejándome jugar "una partida".

 Una hora después,  los había dejado a todos pelados. Dijeron que fue suerte. Yo también lo he creído siempre…

 Aunque hoy mi nieto Albert, con seis años, también me gana al dominó, al parchís y a la oca.

¿Me pregunto si también será solo suerte?.

 

El último baño y la vuelta a casa

El día terminaba con el último baño, cuando el sol empezaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

 


Recogíamos los bártulos y emprendíamos el regreso, cruzando el puente y subiendo el sendero hasta la carretera.

La vuelta se hacía tranquila, comentando las peripecias del día, mientras el sol se despedía en tonos rojizos, dibujando mil colores en el cielo jaqués.

 



Lo que mi padre quiso enseñarnos

Por la noche, papá nos preguntó:

 —¿Os ha gustado la playa?

 —¡Claro! —respondimos al unísono.

 Entonces nos dijo que, aunque no fuera una playa de mar como las de las postales, sí éramos unos privilegiados, por bañarnos en aquellas aguas claras  y cristalinas que nacían en el corazón de los Pirineos.

 

Que siempre las recordaríamos, estuviéramos donde estuviésemos.

Su mirada decía más que sus palabras.

 Fue siempre un enamorado de Jaca, de sus montañas, de la Escuela Militar de Montaña, de Candanchú, de Ordesa, del esquí y de toda la naturaleza que se respira en ese entorno único .

 Y, sobre todo, fue un gran padre que nos inculcó ese amor y respeto por esos valores, que nos han acompañado toda la vida.

 Gracias

Hoy, al escribir uno de mis recuerdos más entrañables,  desde lo más íntimo de mi corazón y de mi memoria, solo puedo decir a mis padres: muchas gracias.

 Gracias por compartir con nosotros ese sentimiento tan vuestro.

Gracias por dejarnos en herencia esa forma de amar esta tierra.

 El río Aragón, sus aguas claras, su murmullo constante, los prados verdes y los árboles que nos cobijaron siguen conversando, a vuestro lado, en silenciosa complicidad, de todos los momentos felices compartidos juntos.

 Un beso, papá.

 Un beso, mamá.

 Gracias por aquellos inolvidables veranos en la playa de Jaca, disfrutados a vuestro lado.


 Jorge de Aragón 

Recuerdos de Jaca