JACA: Otoño y setas
Hay recuerdos de la infancia que permanecen intactos con el paso del tiempo.
No se borran, no se desgastan. Permanecen ahí, como si hubieran ocurrido ayer.
Uno de los más entrañables comienza en el otoño de 1960, en Jaca, y todavía hoy huele a bosque húmedo, a pino y a setas recién recogidas.
El paisaje empezaba a adquirir sus característicos colores otoñales.
Las montañas se teñían de tonos dorados y pardos, y las últimas lluvias de septiembre y octubre habían empapado profundamente sus laderas, dejando los bosques con la humedad perfecta para que, entre la frondosidad del suelo, volvieran a brotar las setas y los hongos que permanecían ocultos durante el resto del año.
Era el momento ideal para salir a buscarlas.
Hasta entonces yo, con apenas ocho años, nunca había ido a coger setas. Mi padre y mi hermano Sergio eran quienes lo hacían cada otoño, y siempre regresaban a casa con enormes cestones llenos. Casi siempre, las recogían en la ladera norte de Repitan, cerca de Castiello de Jaca.
Después mi madre, las aliñaba y las cocinaba con su toque especial, en el viejo y achacoso fogón de leña de nuestras cocina de las casas militares.
Recuerdo que aquel día mi hermano Sergio me llamó:
—Tote, ¿quieres venir a buscar setas?
Yo estaba jugando con unas canicas de barro que había comprado el día anterior en “la Casita”, y ni me lo pensé.
—¿Dónde me llevas, Tate? ¿Vamos a la montaña?
Para mí aquello era toda una aventura, y también un orgullo salir con mi hermano mayor a buscar setas. Lo más lejos que había ido yo por entonces, era al río Aragón, cuando íbamos a bañarnos con mis padres y el resto de la familia.
Me puse las botas de agua, cogí una mochila y me subí de paquete en el asiento trasero de nuestra seminueva bicicleta azul, que por aquel entonces era casi un lujo.
Sergio pedaleaba con soltura entre las calles de Jaca.
Pasamos junto al Gran Hotel, seguimos por la carretera de Francia y luego hacia el Árbol de la Salud. El trayecto no se me hizo largo.
Enseguida comenzamos la subida hacia el puerto de Somport y empezamos a adentrarnos entre montañas.
Cerca ya de Castiello, mi hermano dejó la bicicleta apoyada en una pequeña caseta al lado de la carretera. Cruzamos hacia la montaña y, de pronto, nos vimos metidos en un oscuro túnel.

Apenas se distinguía la boca de salida al otro lado.
Yo iba temblando. Abría los ojos todo lo que podía, casi se me salían de las órbitas, mientras buscaba la mano de mi hermano a tientas.
Sergio caminaba tranquilo, seguro de sí mismo, hablándome de animalejos que vivían por allí, criaturas de las que yo nunca había oído hablar. Pero me aseguraba que, estando él a mi lado, ninguno se atrevería a atacarme.
Eso me tranquilizaba un poco.
A mi edad, sin embargo, la imaginación volaba. En mi cabeza aparecían los bichos más extraños y temibles revoloteando por aquella caverna. Yo solo quería atravesar cuanto antes ese túnel que no esperaba encontrarme.
Además, a nuestro lado discurría el cauce de un ríahuelo que no podíamos ver, pero sí escuchar. Su rumor constante hacía que todo resultara aún más misterioso.
Cuando por fin salimos por la otra boca, el paisaje me dejó sobrecogido.
Hoy sé, que aquel túnel no era especialmente largo ni peligroso, pero para un niño de ocho años parecía la entrada a otro mundo.
Nos adentramos en un frondoso bosque de pinos, cubierto de musgo y de hierba alta. Apenas veía dónde ponía los pies.
Caminábamos en una especie de semipenumbra. No había sendas ni pisadas. Yo seguía las huellas que Sergio iba aplastando en la hierba mientras subíamos la ladera en busca de la luz.
A veces, tenía que ayudarme a subir los repechos que yo no podía superar. Él avanzaba con decisión, como si supiera perfectamente a dónde iba.—Venga, Tote, que ya falta poco…
—Un poco más y ya verás…
Por la seguridad con la que caminaba, estaba claro que se dirigía a un lugar que conocía bien. Ni siquiera se detenía a mirar si nos dejábamos alguna seta atrás.
De pronto llegamos a una parte del monte más abierta y casi llana. Allí el sol entraba con más facilidad. Los pinos estaban más separados y la vegetación era menos densa.
Entre la hojarasca parduzca del suelo empecé a ver pequeñas manchas grises de distintos tamaños.
—¡Quieto! —me dijo de golpe—. No pises ahí.
Se agachó y apartó un poco las hojas.
—¿Ves? Todo eso son setas… y eso… y aquello también.
Me quedé boquiabierto.
Estábamos rodeados de un auténtico vergel de setas.
Decenas, quizá cientos. Formaban un manto gris oscuro sobre el suelo del bosque.
Yo nunca había visto ni imaginado algo parecido. El suelo estaba cubierto de agujas de pino húmedas que crujían suavemente bajo las botas.
Hasta entonces, pensaba que las setas se encontraban de una en una, junto a cada pino. Pero aquello parecía casi un pequeño bosque de setas dentro del bosque.
Sergio me enseñaba a recogerlas.
—Mira —me decía—. Levantas la hojarasca así, las cortas con cuidado por la base y luego las colocas con suavidad en la mochila.
Cada metro que avanzábamos aparecía otro grupo.
Era como una mina inagotable. Aquel debía de ser un lugar perfecto donde siempre crecían, y mi hermano y mi padre lo conocían bien.
Sin prisa, poco a poco, con paciencia y mucha satisfacción, fuimos llenando la mochila hasta que ya no cabía ni una más.
Si hubiéramos llevado más mochilas, habríamos llenado tres o cuatro sin dificultad. Las setas parecían brotar por todas partes en aquel rincón de la montaña.
Aquel día —y muchos de los siguientes— tuvimos setas en nuestro menú.
Y debo decir que, tal como las cocinaba mi madre, con su toque especial y el calor del viejo fogón de leña, aún hoy siento su sabor en la memoria, como si hubiera sido ayer.
Aquel día descubrí por primera vez, cómo son las setas en su verdadero hábitat: el aroma del bosque impregnado en las manos al recogerlas, el silencio del monte, y la emoción de explorar aquellos parajes de la mano de mi hermano.
Y con el paso de los años, he comprendido que no solo descubrí las setas.
También descubrí algo más importante:la magia de los bosques de Jaca, la aventura de la infancia, y el valor de esos pequeños momentos compartidos con la familia, que, sin saberlo entonces, se quedan grabados para siempre.
A veces todavía recuerdo aquella bicicleta azul adentrándose por la carretera de Francia, camino de la montaña, mientras yo descubría por primera vez el mundo de las setas.
Uno de los recuerdos más bonitos de mi vida.
En memoria y homenaje a mi hermano, Sergio Ochando Fernández.”




Otro artículo entrañable. Me he metido con vosotros, en el monte de Rapitán y con tu descripción, no me ha costado nada, pisar la hojarasca de los pinos, oler a tierra y monte, acariciar las setas, como tantas veces lo había hecho.
ResponderEliminarEstá narrado con una delicadeza absoluta. Te vuelvo a decir, que para mi, con tu forma exquisita de escribir, tienes ese don de "atrapar al lector" y hacer vivir la aventura, como algo personal. Sergio, fue un buen maestro y tú un excelente alumno, haciéndote participe de sus aventuras y trasmitiendo el amor por la naturaleza., igual que vuestro padre
Se sentirá muy orgulloso de ti, con este homenaje.
Gracias una vez más, por compartir esas vivencias tan entrañables. Un abrazo, Jorge de Aragón