Mis Amigos

viernes, 21 de octubre de 2011

LOS Grillos de la "P"

 El grillo de la "P"


   

 

Los veranos del grillo de la "P"

 

Hay recuerdos que no necesitan grandes gestas para quedarse.

Basta un sonido.

Un olor.

Un gesto repetido en las tardes interminables de la infancia.

Para nosotros, aquel verano tenía forma de grillo y sonido de "criii criii".

El grillo de la "P."

Otra de las “actividades” de aquellos veranos fantásticos, a la que nos apuntábamos casi toda la pandilla, era ir a la caza del "grillo de la P."

Así llamábamos al grillo que más y mejor cantaba. Decíamos que era “de la P” porque en la parte superior del cuerpo tenía un dibujo amarillo que recordaba vagamente a esa letra.

Sin duda, era una actividad tan silvestre y espontánea como la propia vida del grillo campestre.

Los impresionantes glacis verdes que rodean la Ciudadela —hábitat natural de nuestros queridos "grillos de la P"— eran nuestro campo de operaciones.

 Allí, cada uno de nosotros, armado únicamente con unas finas y largas pajitas de hierba, avanzaba con el mayor de los sigilos: medio agachados, con la oreja tiesa, los párpados entornados y la vista bien agudizada.

Paso a paso, nos dejábamos guiar por aquel incesante "criii criii" que nos conducía hasta su madriguera. Entre el múltiple canto había que elegir uno solo, descifrarlo, aislarlo del resto y seguir su pista.

 No era nada fácil hacerlo entre tanta cantinela de grillos y cigarras cantando a la vez.

Había que intentar avistarlo desde una distancia prudente, al menos un par de metros. De lo contrario, "el grillo de la P" —astuto como pocos— notaba nuestra torpe presencia, se mosqueaba y dejaba de cantar, ocultándose rápidamente en su guarida.

Eso nos creaba un serio problema añadido. Entonces tocaba comenzar a remover la hierba palmo a palmo y localizar el agujero.
 No importaba el tiempo: ese grillo ya era un objetivo asegurado. Después de varios minutos atentos a su canto, sabíamos por experiencia que no podía andar muy lejos, como mucho un par de metros a la redonda.

La zona era peinada con esmero hasta que, por fin, tras unos cuantos rodeos y movimientos de hierba, aparecía la oscura entrada de la grillera.

 A su alrededor, una pequeña terracilla de tierra aplanada, perfectamente nítida, donde el grillo tomaba el sol y cantaba para atraer a la hembra.

Comenzaba entonces la operación de hacerle salir de su madriguera.

Introducíamos la pajita poco a poco en el agujero, con cuidado y con tiento, hasta notar el contacto con el "grillo de la P"

Había que tener cierta pericia para zarandearla con cariño, hacerle cosquillas y lograr que saliera. A veces lo conseguíamos enseguida; otras costaban lo suyo. 

El grillo asomaba, veía el plan que se le venía encima y se metía de nuevo a una velocidad diabólica en su guarida, sin dejarnos reaccionar, y antes de que pudiéramos tapar el agujero con el pulgar, la forma más ortodoxa de cazarlo.

Otras veces no había manera. El grillo no se enteraba, o simplemente no tenía ganas de salir por las buenas.

 Fuera cual fuera el motivo, no estaba por la labor. Entonces no quedaba otra: era cuestión de dignidad, o el grillo o yo.

 Tocaba recurrir al último recurso, la técnica de orinar y atinar de lleno en su madriguera.

La cantidad justa para que el bicho se sintiera lo suficientemente furioso e indignado como para salir a pelear y morder al osado que le había provocado semejante ducha caliente, apestosa e indeseada en plena tarde estival. 

Era, sin duda, la forma menos escrupulosa… pero a veces inevitable.

Luego llegaba la compensación.

 

El grillo era resarcido y premiado con su nueva “casita”, hecha con alambres y maderita: una jaula pequeñita en la que viviría como un rey el resto del verano, en nuestra casa y a nuestra costa.

 Hojas de lechuga, hormiguitas, y de vez en cuando algún paseo por el patio de nuestras casas militares.

A cambio, por las noches nos regalaba su incesante "criii criii," hasta que nuestros padres, desesperados e incapaces de dormir, nos obligaban a sacarlo de la habitación y dejarlo en el balcón.


Siempre que vuelvo a Jaca y camino por los glacis de la Ciudadela, el paisaje me resulta familiar.

El verde sigue ahí, intacto, pero ya no hay sinfonías de grillos ni de cigarras. El verano suena distinto.

Me paro, cierro los ojos, y por un instante todo regresa:

la hierba alta, la pajita entre los dedos, la respiración contenida,

y ese "criii criii" obstinado marcando el rumbo de la tarde.

Ya no quedan "grillos de la P," ni pandilla, ni tiempo de sobra.

Pero el eco de aquel canto persiste,

como persisten las cosas verdaderas:

sin ruido,

sin prisa,

muy adentro.


Jorge de Aragón

     Recuerdos de Jaca 

 

 

 

 


domingo, 2 de octubre de 2011

Arcos y flechas

                               Arcos y flechas



 Coincidiendo con el final  del  verano, no puedo evitar que  dentro de mi memoria revoloteen aun muy presentes, con especial cariño y no menos  añoranza, aquellos veranos en la Jaca de mi niñez. 

 Eran unos meses interminables;  a nuestra temprana e infantil edad, (éramos poco menos que unos críos), mis hermanos y yo disfrutábamos de  los meses de estío con especial intensidad.

Coincidían con los meses de vacaciones de las escuelas nacionales, y en plena edad escolar no teníamos excesivas cargas ni obligaciones especiales así que  era tiempo de inventar, de crear fantasías, de dejar  volar nuestra imaginación a cotas inverosímiles, tanto como el paisaje, la campiña, la vegetación y el horizonte jaqués  fuera capaz de estimular en nuestras mentes.

 (Entonces no existía ni la televisión, ni por supuesto, ningún   juego electrónico, los únicos juegos eran los que fuéramos capaces de crear o inventar desde nuestra imaginación)

Entre algunos de ellos, recuerdo los arcos y las flechas que improvisábamos, seguramente copiados de las películas de Robín Hood o de indios y vaqueros que veíamos en las salas de cine improvisadas en las aulas de los  Escolapios.

 Muchos momentos de aquellos largos  días jugábamos a ver quien hacia volar la flecha a mas altura (para ser válidas  las flechas tenían que sobrepasar como mínimo el tejado de nuestras casas militares), para ello como “truco” le poníamos enrollado un poco de alambre en la punta de la flecha, así hacia mas peso en la punta y el aire no se la llevaba.

 Además decorábamos los arcos y las flechas con la tinta china de colores del cole, en un alarde más de fantasía juvenil; Colocábamos latas de conservas o botellines de Zinzano vacíos (sustraídos del trastero de la cocina del  recién inaugurado Gran Hotel)  a una distancia de 30 pasos junto al canal, a ver quien era el más certero de los arqueros que  además tenia el privilegio de ser nombrado y ser reconocido  como jefe de la banda mientras su arco fuera el mejor.

Nos llevaba varias horas localizar una buena rama para fabricar el arco, generalmente los conseguíamos de las ramas de los álamos que lindaban con el canal que pasaba a escasos metros de las Casas Militares.

La cuerda  (liza) la comprábamos en los almacenes “El Siglo”, le pedíamos a nuestras madres dos reales para comprar regaliz en “La Casita”, y así obteníamos la liza (cuerda fina y muy fuerte) ,  y las flechas las íbamos a buscar cerca del Regimiento, en la linde de un trigal donde había unos matorrales de vergas, unas ramitas largas y finas, óptimas para la utilidad reseñada.

 Siempre era así, cada uno de nosotros se afanaba por conseguir el mejor arco para comandar la banda; como broche y como reconocimiento de su categoría, al jefe y sobre su cabeza se colocaba una cinta como la que llevaban las chicas para recoger el pelo, y  dos plumas de gallina sujetadas por la cinta.

Mientras fuese el Jefe todos teníamos que ir detrás en "fila india"  para las operaciones que hubiere menester… o las que inventase según su imaginación

Era una de las actividades de aquellos increíbles  veranos; había muchas más que seguiré recordando en próximos capítulos para los que como yo aun tengan fresco en su memoria y les regrese gratos momentos aquellos “recuerdos de Jaca”
 
  


Jorge de Aragón

     Recuerdos de Jaca 

 

 



jueves, 3 de marzo de 2011

CASAS MILITARES

CASAS MILITARES


Mis recuerdos comienzan aqui... con este paisaje y en estos bloques de casas militares, situadas en lo que eran entonces los fueros de Jaca.





Año 55 creo...  ojalá uno pudiera cerrar los ojos y trasladarse en el tiempo a esos años; entonces solo habia Naturaleza plena alrededor de ellas, los niños jugábamos en pleno campo, no habia calles ni casi coches todavia. 

 Recuerdo como al norte destacaba siempre la montaña blanca Collarada, por encima de Rapitan.

 Al sur, la imponte peña de Oroel con su sombra omnipresente.

 Al Oeste el rio Aragon, Abay y Asieso,  con el puente de San Miguel, y las preciosas puestas de sol estivales.

 Al Este, todo el valle de la Jacetania, una planicie preciosa desde el Serrablo hasta casi Puente la Reina...





Recuerdo el canal al lado de las casas,  atravesaba subterraneo el paseo, luego, salia a la luz, regaba las huertas adyacentes y canalizado se perdia mas allá del Cuartel del  Regimiento.

 Fué durante esos años  un amigo más  para nosostros, nuestro rio para jugar a carreras de barquitos hechos con juncos y nuestra piscina particular en verano.

 En una de sus orillas, habia unos gigantescos  chopos cuyas ramas nos servian para hacer arcos y flechas.

 En los dias de viento era un espectaculo verlos bailar e inclinarse al mismo son en un perfecto ballet, el zumbido de sus hojas era  musica en la noche; sus hojas verde y plata destelleaban al sol mientras componian una sinfonia de colores.

 


Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca