Nuestro Belén de papel
Otro de los recuerdos que perduran en mi memoria, también imborrable y muy sentimental, es el Belén que mi hermano Sergio, el mayor, inventaba cada vez que se acercaba la Navidad. Con su imaginación desbordante —y también con un poco de nuestra ayuda— creaba un pequeño mundo lleno de fantasía.
Todo comenzaba con el decorado. Utilizábamos musgo húmedo, que olía a tierra y a bosque, cortezas de pino con las que improvisaba el pesebre y arenilla de distintos colores para formar los caminos y los campos de tierra.
Me encantaba la sensación del papel y del musgo entre los dedos, como si sostuviéramos un pedacito de la Navidad en nuestras manos.
Con una tira de papel de plata simulaba un riachuelo junto al portal, al que añadía un pequeño puente por donde debían pasar los Reyes Magos.
El firmamento era una gran lámina de papel celeste donde pegaba estrellitas de cinco y seis puntas recortadas en papel de plata. Justo encima del portal brillaba otra estrella, más grande, con una larga estela.
Al observarlas en la semipenumbra, daban la impresión —algo irreal pero maravillosa— de que Belén, en aquellos tiempos, ya tenía luz eléctrica.
Así era nuestra particular manera de montar el Belén, y duró bastantes años.
Aún no conocíamos las figurillas de barro, ni siquiera sabíamos que existían. Cada Navidad mi hermano mayor reunía a los otros seis pequeñajos, nos repartía las tareas y pasábamos tardes enteras recortando, pegando y preparando todo para nuestro Belén.
Alrededor de aquel pequeño decorado, junto a mis padres y mis hermanos, cantábamos villancicos.
La luz de las bombillitas iluminaba las casitas y el musgo, que parecía hierba real, brillaba en la penumbra, haciendo que cada nota de nuestras voces pareciera flotar sobre aquel pequeño mundo de papel y fantasía.
Fueron, sin duda, algunas de las mejores Navidades de nuestra vida. Cada día acercábamos un poquito los tres camellos con sus Reyes y pajes de papel, y la ilusión y nuestros sueños parecían cómplices de la sonrisa del Niño Jesús que esperaba la llegada de Sus Majestades de Oriente.
Los Reyes Magos improvisados
Recuerdo también otra divertida ocurrencia de mi hermano Sergio.
Le gustaba disfrazarnos de Reyes Magos a Pablo, a Queco y a mí.
A mí me tocaba hacer de Melchor, Pablo de Gaspar y al pobre Queco siempre le correspondía Baltasar, lo que significaba acabar con la cara completamente tiznada de carbón.
Un día se le ocurrió gastar una broma a nuestra vecina Elena.
Cogió a Queco en su hombros y lo levantó casi dos metros del suelo. Luego llamó a la puerta del rellano contiguo, escondiendo su cuerpo detrás del marco para que solo se le viera la cara.
Cuando Elena abrió, lo único que apareció por la puerta fue la cara negra del pequeño Baltasar suspendido en el aire.
El grito que pegó Elena aún me zumba en los oídos, y recuerdo la mezcla de susto y risa que me recorrió de pies a cabeza mientras Sergio me guiñaba un ojo cómplice.
Aquella escena se convirtió durante años en una de esas anécdotas familiares que siempre volvíamos a recordar con cariño.
Homenaje
Han pasado muchos años desde aquellas Navidades. El Belén de papel desapareció con el tiempo, como desaparecen tantas cosas de la infancia.
Pero cada vez que llega diciembre y veo un Belén, vuelvo a recordar aquel pequeño mundo de musgo, papel de plata y recortables que mi hermano Sergio imaginaba para todos nosotros.
Hoy él ya no está, pero en mi memoria sigue vivo aquel hermano mayor que, con paciencia, imaginación y cariño, fue capaz de regalarnos algunas de las Navidades más felices de nuestra vida.
“Mientras exista este recuerdo, mi hermano Sergio seguirá montando cada Navidad nuestro Belén de papel.”
En memoria de mi hermano Sergio Ochando Fernández.
Jorge de Aragón
Recuerdos de Jaca
J


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