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viernes, 28 de noviembre de 2025

Leyendas de Oroel

                                                

                                     El Eco de Oroel 


Una leyenda sobre el tiempo, los sueños y las promesas que el viento guarda entre las montañas de Jaca. 


Dicen que las montañas no tenemos alma ni voz, que solo observamos en silencio y dejamos que el viento hable por nosotras. 

Pero si te quedas conmigo un rato —aquí, entre mis pinos y mis senderos, o simplemente leyendo estas páginas— quizá descubras que no es del todo cierto. 

Porque yo, Oroel, montaña protectora y fiel guardiana de Jaca, guardo historias y secretos. 

He visto pasar siglos como quien ve pasar estaciones. 

He acompañado a pastores, viajeros, niños que soñaban despiertos y adultos que regresaban buscando algo que no sabían nombrar. 

He escuchado risas, recogido suspiros y albergado añoranzas, y he guardado confidencias que jamás repetí… hasta ahora. 

A veces, cuando cae la tarde y el sol se esconde detrás de mis rocas, me gusta recordar historias que nacieron espontáneas y, a su modo, sublimes. 

Son relatos sencillos, humanos, de esos que caben en el corazón sin hacer ruido. 

Porque, al final, lo que importa casi siempre son esas pequeñas cosas. 

Hoy quiero contaros una de mis historias: 

la de un chaval que, desde niño, me miraba intrigado; que me hablaba como a una hermana mayor, convencido de que yo era una montaña mágica capaz de escucharle y guardar sus secretos… 

y la de un deseo que dejó entre mis piedras antes de marcharse. 

Si te apetece escucharla, ponte cómodo. 

Prometo contártela despacio, sin prisa, como lo haría una abuela entrañable a su nieto en una tarde tranquila. 

Porque, aunque esté forjada de piedra, aún conservo memoria, paciencia… y un poco de poesía entre mis grietas. 





Ven. 

Déjame que te cuente. 

Yo siempre he estado aquí, custodiando y protegiendo Jaca bajo mi sombra, como su propio himno recuerda. 

Quien pasea por sus calles o por mis alrededores, aunque sea solo un instante, levanta la vista y me ve allá arriba: quieta, fiel, como una vieja amiga inmóvil y vigilante. 

Para muchos soy solo una montaña; para otros, el símbolo que completa el paisaje cuando amanece o cuando el sol se esconde más allá de San Juan de la Peña. 

Pero para él… para aquel casi muchacho que creció bajo mi presencia, fui algo más: su confidente, su amiga, su protectora. 

Desde niño, desde cualquier lugar en el que estuviera, me buscaba con la mirada. 

A veces, después de jugar sin descanso, se tumbaba en la hierba y me hablaba. 

Lo hacía porque se sentía libre y feliz, y porque estaba seguro de que yo lo escuchaba de verdad. 

Y lo cierto es que sí lo hacía. 

Me confiaba sus ilusiones, sus sueños, sus pequeñas preocupaciones; ingenuidades de niño que ahora guardo como un tesoro. 

Cuando el viento se deslizaba por mis faldas y llegaba hasta él entre los pinos, siempre le sonreía: era mi manera de responderle en silencio. 

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Llegó el día en que tuvo que marcharse a otras tierras para escribir nuevas páginas de su vida. 

Sentí cómo la inquietud se le enroscaba en el pecho: dejar atrás su infancia, sus juegos, sus amigos y sus recuerdos le dolía más de lo que decía. 

Antes de irse, se detuvo unos instantes. 

Me miró despacio, como quien intenta abrazar con los ojos todo lo que quiere llevarse dentro para siempre. 

Y entonces, en silencio, me confió un deseo. 

Era pequeño y profundo, delicado como una verdad recién nacida. 

Lo acogí dentro de mí con la ternura de quien guarda algo frágil. 

Dejé que una brisa ligera rozara su mejilla como despedida. 

Una forma de decirle: 

“No temas. Yo cuidaré esto por ti.” 

Y así se fue, despacio, como se van las cosas que dejan huella: un chaval alejándose de su infancia y de todo lo que significaba tanto para él… y una promesa quedándose conmigo, respirando en silencio entre mi piedra y mi memoria.

 



El tiempo comenzó a desplegar sus páginas. 

Primero fueron los días veloces, luego los meses, los años… hasta que la vida se volvió un río incesante que lo arrastró sin permitirle mirar atrás. 

Ciudades nuevas, estudios, trabajos, proyectos. 

Todo parecía moverse con la prisa de quien teme detenerse. 

Y, sin embargo, en los rincones más quietos de su alma, algo permanecía inmóvil, intacto: 

la imagen de una cima familiar lejana, el rumor del viento entre los pinos, el perfil recortado de una montaña que lo había visto crecer. 

A veces, en medio del ruido de otras vidas, le bastaba cerrar los ojos para sentirme. 

Yo, desde la distancia, seguía reconociendo en él al niño que me 

hablaba. 

Había pasado tanto tiempo que él ya no sabía si aquel niño existió de verdad o si era solo un eco inventado por la nostalgia. 

Pero cuando regresaba a Jaca —en visitas breves, casi clandestinas- algo dentro de él se apaciguaba. 

Me miraba. 

Y en ese gesto sencillo encontraba la certeza de que yo aún lo recordaba. 

Tenía razón: yo nunca olvido a quienes me confían sus sueños. 

Él no lo sabía, pero yo también esperaba. 

En mis pinares, entre sombras que danzaban con el viento, tejía hilos invisibles como una araña paciente. 

Guardaba los sonidos del pasado: risas, pasos, silencios de la infancia. 

Y en mi corazón de roca, el eco de un nombre dormía, aguardando el momento de despertar. 


Pasaron los años como nubes que se deshacen en cuanto uno intenta  detenerlas 

El muchacho se hizo hombre, y la vida lo llenó de distancias, responsabilidades y soledades. 

Pero en las noches más largas, cuando todo parecía detenerse, una brisa sutil cruzaba su memoria. 

Era yo, recordándole en sus sueños que toda promesa verdadera acaba encontrando su camino para cumplirse. 

Los años siguieron cayendo como hojas de un viejo libro. 

Y aunque su vida transcurrió lejos de Jaca, cada regreso tenía algo de ritual secreto, como si una parte de sí mismo lo reclamara sin pronunciar su nombre. 

Bastaba elevar la mirada hacia la línea del horizonte para sentir que algo —no sabía qué— permanecía despierto. 

Aquella sensación volvió en un encuentro de antiguos amigos. 

La comida transcurrió entre risas tranquilas y anécdotas deshiladas por el tiempo. 

Cuando la sobremesa empezó a diluirse en pequeños grupos, él se apartó unos pasos, buscando un respiro. 

Había en el ambiente una calma extraña, una quietud casi expectante. 

Entonces la vio. 

Ella caminaba con esa naturalidad discreta que no busca nada y, aun así, lo transforma y lo ilumina todo. 

Había cambiado, claro, pero en su mirada persistía una luz suave, íntima, que él reconoció sin pensarlo: un brillo que pertenecíaa otro tiempo. 

Sus ojos se cruzaron apenas un instante. 

Bastó para que una vibración antigua se encendiera en algún lugar que él creía dormido 

Hablaron poco, como si ambos temieran despertar un recuerdo demasiado frágil para nombrarlo. 

Él se acercó al ventanal y dejó que la mirada volara hacia Oroel; en su rostro apareció una sonrisa leve, enigmática, casi cómplice, como quien agradece en silencio algo que empieza a cumplirse. 

Y entonces ocurrió.  

Mientras las conversaciones ajenas seguían como un murmullo lejano, ella se le acercó improvisando una ligera excusa, casi un roce, y rodeándole por detrás lo envolvió con sus brazos con la naturalidad y calidez de quien no necesita permiso. 

Fue un gesto acogedor, inesperado, que lo envolvió con la magia de una paz extraña, como si el tiempo diera un vuelco silencioso. 

El mundo no se detuvo. No hizo falta. 

Solo hubo un silencio pequeño, íntimo, que no compartió nadie más. 

Él no lo esperaba, aunque una parte de sí lo había deseado siempre. 

A partir de ese abrazo, algo comenzó a despertarse —no con estruendo-, sino con la delicadeza de un viento que apenas roza la piel y, sin saber por qué, lo reconoces. 

Un movimiento leve, profundo, imposible de contener. 

No necesitó explicaciones. 

Ninguno de los dos las necesitó. 

Y allá arriba —o quizá dentro de él— el susurro del viento pareció hacerse un poco más consciente,como si supiera que acababa de cumplirse algo que llevaba mucho tiempo dormido. 


Tras aquel día, la vida siguió como si nada, aunque algo silencioso había empezado a moverse. 

Los primeros mensajes llegaron despacio, casi con pudor, evocando rincones compartidos: senderos, brisas, luces y sonidos que ambos recordaban sin preguntarse por qué volvían. 

Cada recuerdo era un leve eco que me alcanzaba desde sus vidas, como un latido que regresa sin anunciarse. 

Luego las palabras se hicieron más cálidas; las risas, más fáciles; los silencios, más hondos.

Sin pretenderlo, volvieron a abrir una puerta que nunca terminó de cerrarse. 

Entre frases sencillas se deslizaba una corriente antigua, algo que ni buscaban ni se atrevían a nombrar. 

Él comprendió entonces que aquella promesa no fue solo un impulso de infancia, sino una semilla que yo había custodiado durante décadas, esperando la estación adecuada. 

Desde lo alto, los observaba con la calma de quien conoce impasible los ciclos del tiempo. 

Cuando la duda rozaba sus voces, dejaba caer un soplo de viento: apenas un impulso, pero suficiente para que surgiera otra frase, otro “¿recuerdas?”, otra grieta por donde asomaba la complicidad guardada. 

Entre palabra y palabra, sus almas se reconocían. 

No necesitaban decir nada. 

Lo que había dormido durante años despertaba como despiertan las cosas inevitables: sin ruido, pero con luz. 

Mi magia no se anuncia. 

Se desliza. Habita los surcos del día, el roce tenue de una brisa, la sombra que pasa sin dejar nombre. 

Desde mis laderas guardo historias que duermen durante años, a veces durante vidas enteras, esperando un gesto imperceptible que las despierte. 

Las promesas verdaderas no desaparecen: descienden a un lugar donde el tiempo no alcanza. 

Allí reposan, silenciosas, hasta que algo —una mirada, un abrazo, una palabra suspendida— las llama de vuelta. 

Y cuando llega ese instante, soplo. 

Muy despacio. 

Lo justo para abrir la puerta de lo que estaba dormido. 

Después, la vida se encarga. 

Dos almas que se rozaron en la infancia regresan la una a la otra, no para recuperar lo perdido, sino para despertar lo que nunca dejó de latir. 

Y así, sin disonancias, lo inevitable toma forma. 

Porque hay historias que no terminan: se desvanecen en mis laderas y aguardan el momento exacto para volver a respirar. 

Y si alguna vez pasas por Jaca, mira hacia arriba cuando baje la tarde. 


Tal vez me encuentres susurrando, como ahora, y si te quedas a escuchar con el corazón abierto, puede que la montaña te cuente también la tuya 






“Leyendas de Oroel”                                                Jorge de Aragón